En la aldea
18 mayo 2024

Mis desencuentros con gente importante

En vísperas de las elecciones regionales del 21N, la autora reseña tres anécdotas cuyos relatos no parecen mostrar un símil con el ambiente político de Venezuela, ¿o sí? El primero da muestras de lo que pudo haber sido un estrechón de manos, pero por no saber abordar al contrario se despreció el encuentro. El segundo deja ver que por más que se intente conseguir una respuesta favorable, si no se busca el canal adecuado siempre el esfuerzo será infructuoso. Y el último, una oportunidad de oro frente a una voz conocedora de los horrores del comunismo interesada en qué pasaba con los venezolanos, pero las divagaciones en la respuesta hizo que aquella atención inicial se desvaneciera, como la oportunidad de ser escuchada.

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Ana Teresa Torres | 19 noviembre 2021

Cuando estas páginas circulen por La Gran Aldea estará muy próxima la fecha de las elecciones regionales, y esa cercanía de algún modo obliga al comentario político. El caso es que no tengo nada que me parezca que vale la pena comunicar sobre el asunto. Ni estoy demasiado a favor, ni demasiado en contra, ni tengo nombres o partidos a los que quiero apoyar, más allá, por supuesto, de respaldar las opciones democráticas. Dicho lo cual, dejo el tema de lado y paso a rescatar algunas anécdotas que se han enlazado en una temática similar, la de los esfuerzos inútiles, o si se prefiere, los desencuentros con la fama, y cuyo relato no tiene otra consecuencia que la de servir de breve entretenimiento al lector en estos días confusos.

Simposio de la novela de las Américas, Boulder, Colorado, 1992

La escena ocurre en el comedor de la universidad. Allí conocí a dos escritores de importancia, uno, el poeta cubano José Kozer. Mientras intercambiábamos los comentarios habituales se me ocurrió preguntarle si le sonaba el nombre de una amiga mía, también cubana, aunque advirtiéndole lo improbable de la coincidencia, pero Kozer dio un brinco al escuchar el nombre porque resultó que mi amiga había sido su compañera de colegio y luego, en Estados Unidos, continuaron viéndose de tanto en tanto. Hasta allí la casualidad. Seguimos en la conversación por derroteros que por supuesto no recuerdo hasta que el poeta dio el segundo brinco de la mañana. ¡Juan Goytisolo!, dijo, y señaló hacia el bufet del desayuno; en efecto, ahí estaba, un escritor muy admirado, y al que por aquella época continuaba leyendo, aunque mis gustos eran más cercanos a la narrativa de su hermano Luis (Los verdes de mayo hasta el mar, La cólera de Aquiles).

Voy a ir a saludarlo, dijo Kozer. Lo dijo como quien ha meditado una decisión, ponderado los riesgos, y, en fin, está dispuesto a todo. Yo, por un instante, pensé en acompañarlo, pero las mujeres tenemos un sexto sentido acerca de las amenazas porque nos sabemos más vulnerables (recomiendo tener esto en cuenta a las chicas desprevenidas), y decidí quedarme en la retaguardia. Wait and see. Regresó en minutos, quizá segundos. ¿Sabes lo que me dijo? Esperé en silencio. Me dijo, ¿sabe usted si hay agua caliente para el té? No creo que Goytisolo confundiera a Kozer con un camarero, pero probablemente no estaba muy acostumbrado a eso del autoservicio norteamericano. Continuamos conversando un rato más, hasta que nos retiramos a cumplir con nuestras obligaciones de buenos invitados.

“La escritora rumana Ana Blandiana quería saber si los venezolanos comprendían que su desgracia la había ocasionado el comunismo. Solo eso”

Por cierto, a mi admirado Goytisolo no lo volví a ver, me perdí de su presentación. La otra escritora importante que conocí fue la canadiense Nicole Broussard, key speaker del simposio, y destacada autora feminista. Conversamos en varias ocasiones y nunca me preguntó si había agua caliente para el té. La volví a ver años después en un festival de poesía en Portugal, pero no se acordaba de nuestro encuentro en Boulder. Entonces me hizo una pregunta incontestable: Porqué, quería saber, nos iban a llevar a la casa de los padres de la organizadora del festival. Porque nos quieren invitar a tomar un oporto, le dije con toda naturalidad. Quedó más desconcertada todavía. Era parte de la verdad, pero me dio flojera completarla con una larga explicación que no sería recordada y dejé a la québécoise en su estupor.

Feria Internacional del Libro de Guadalajara, 2009

Le Editorial Alfa editó La herencia de la tribu y me invito a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara para presentarlo allí. Ese año fue muy especial porque Rafael Cadenas había obtenido el Premio FIL, y también estaba invitado Manuel Caballero, por cierto, duramente abucheado por los estudiantes que seguramente lo consideraron de derecha. Manuel, impávido, soportó el abucheo y siguió adelante con su conferencia. Ulises Milla consiguió que Jorge Volpi fuese el presentador de mi libro, y ciertamente lo hizo magníficamente; una exposición detallada y respetuosa de alguien que se ha leído el libro a fondo.

Por mi parte, me empeñé en una empresa imposible pero hasta cierto punto divertida, y era el propósito de que le llegara un ejemplar del libro a voces autorizadas como Julio Ortega, Enrique Krauze, Christopher Domínguez, Rafael Rojas, y Mario Vargas Llosa. Los cuatro primeros fueron fáciles de localizar y de entregarles el libro, aunque de ninguno tuve nunca la menor noticia. El caso Vargas Llosa era más conspicuo. Estuve observando la escena en que los lectores hacían cola para recibir su firma, y comprobé que estaba muy bien custodiado, de modo que suponer que yo podía entregarle un libro era impensable; sin embargo, estaba decidida a que la herencia de mi tribu llegara a sus manos y el asunto terminó como una aventura propia para una escritora de veinte años.

“En vez de contestarle que el 99% de los venezolanos sabía que su desgracia la había ocasionado el comunismo, me di el lujo de contestar que no estaba segura de que Venezuela hubiese sido un país comunista”

Finalmente logré, con la complicidad de Katyna Henríquez, colarme en el estacionamiento y entregarle el libro al maestro que de allí salía embolatado, como dicen los colombianos, hacia otro compromiso. El chofer abrió la puerta, el peruano se sentó en el asiento de atrás, y yo prácticamente arrojé el libro en manos de su acompañante. Creo recordar que el maestro lo apartó para poder acomodarse. Como dije, ninguno de los interlocutores acusó recibo, pero sí que fue un libro muy leído, el más leído de los que he escrito, llegando a la cifra de nueve mil ejemplares, cantidad astronómica en mis publicaciones, y que enseguida tuvo muy buena recepción, y generó múltiples invitaciones a charlas, diálogos, encuentros en los más diversos ámbitos.

Festival Internacional de Poesía de Granada, 2021

Uno de los atractivos de asistir a este festival era la presencia de la escritora rumana Ana Blandiana, fuerte candidata al Nobel aunque la suerte no le ha sonreído hasta el momento. No puedo decir que he leído su obra, pero su nombre retumba como un bastión de la resistencia a la dictadura de Nicolae Ceauşescu. Después de su derrocamiento la poeta fundó el Memorial de las víctimas del comunismo y de la resistencia, lo que me emocionaba mucho porque uno de mis esfuerzos inútiles es cultivar la obsesión de que deben conservarse huellas físicas de lo ocurrido, no solo libros, reportajes, etcétera. Esta intuición la vi corroborada en Memorias urbanas en diálogo: Berlín y Buenos Aires, un libro de varios autores publicado por Heinrich Böll Stiftung Cono Sur en 2010.

En sus páginas se insiste en la importancia de mantener la materialidad histórica, los lugares de la memoria. Y que una escritora de mi edad, además de haber sobrevivido a una dictadura particularmente cruel, fuese capaz de poner en marcha un memorial de esa naturaleza, con el monto de energía y convicción que una empresa así requiere, la convertía en una figura de admiración, además de la que le confieran sus méritos literarios.

Sufrí una primera decepción cuando la escuché recitar sus versos, en un estilo teatral, hiper-dramático, susurrante, que al parecer es su marca de fábrica, y que me resultó insufrible, no así el contenido de los mismos que podíamos seguir en la versión de su traductora y compañera de viaje. Total, me olvide de la Blandiana hasta que alguien vino a preguntarme si quería conocerla y por supuesto dije que sí. La rumana, por su parte, había aceptado concederle unos minutos a una escritora venezolana que supongo le dijeron tenía interesantes trabajos sobre la situación de su país, o algo así. En fin, sostuvimos un brevísimo diálogo traducido del español al rumano y viceversa, en el que la Ana rumana quería saber si los venezolanos comprendían que su desgracia la había ocasionado el comunismo. Solo eso.

Tengo la mala costumbre de decir lo que pienso y no lo que mi interlocutor quiere que diga, así que en vez de contestarle que el 99% de los venezolanos sabía que su desgracia la había ocasionado el comunismo, me di el lujo de contestar que no estaba segura de que Venezuela hubiese sido un país comunista, que más bien por ahora me parecía mostrar las señales del poscomunismo. No entiendo el rumano, pero el desagrado se mostraba claramente en el rostro de la Ana rumana, a medida que la Ana venezolana continuaba por el mismo camino ante la misma pregunta. Acerca de si la gente sabía que era el comunismo la causa de sus males, no estaba segura, me parecía que no era esa interpretación tan común o, en todo caso, tan general en la sociedad venezolana. En resumidas cuentas, el diálogo se vio interrumpido, la Ana rumana intercambió con su traductora miradas de desconsuelo. Nada interesante para hablar con esta señora, me parece que querían decirse, y así por las buenas se despidió de los presentes a excepción de la Ana venezolana, que no mereció ni un vulgar adiós, chao, au revoir, bye.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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