En la aldea
18 junio 2024

Destrucción e incendio en la Biblioteca de la Universidad de Oriente en 2020. “Para mediados de los ‘90 las universidades figuraban ante la opinión general como instituciones de alta credibilidad y estima social”.

El lado oscuro de la autonomía universitaria

Una semblanza de los vicios en las universidades públicas de Venezuela que por años alimentaron a estructuras de “politización suicida”. Luego llegaría la revolución alentando al gremialismo del “Ancien Régime” enclavado en las casas de estudios superiores, pero la destrucción que sembraron no les facilita alcanzar tales fines. Sus aliados internos reclaman el retorno a la abundancia rentista, la vuelta a los orígenes. Frente a un régimen con vocación totalitaria, es claro que la suerte de la universidad libre y democrática no se resuelve luchando por las normas de homologación o “salarios dignos”. Se salva acompañando al país en la lucha por su liberación.

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Ezio Serrano Páez | 23 noviembre 2021

Del árbol caído es muy fácil aprovechar la leña. Esto se nos viene a la mente pensando en las universidades públicas de Venezuela, hoy en estertores. Pero ha de ser un vicio la motivación por la cual apelamos a la historia para tratar de entender lo que ocurre en nuestro entorno. Un vicio que abre las compuertas a una inclinación metodológica muy bien apuntalada por Lucien Goldmann1: En el pasado buscamos valores pues son estos los que nos motivan. De allí resulta algo irremisible, los valores conectan nuestro presente con el pasado.

Lo anterior plantea un reto a la honestidad intelectual. Buscar respuestas en el tiempo supone observar las dos caras de la moneda, lo bueno y lo malo, Eros y Thanatos simultáneamente. Luces y sombras, el principio del placer y el de realidad. Si hay una casa que vence las sombras, (eterno presente) es porque siempre se cohabitará con estas y no se les derrota de modo definitivo.

Quienes venimos de la oscuridad que produce la pobreza con rostro feroz y luego pudimos recibir la luz del mundo universitario, estamos obligados a mostrar nuestro agradecimiento. Y también estamos en condiciones privilegiadas para valorar la enorme importancia que tuvo la educación pública como  medio de movilidad social. Uno de los mayores logros de la democracia.

“¿Por qué hoy la oscuridad toma el control de la Universidad Pública y Autonómica?”

¿Por qué hoy la oscuridad toma el control de la Universidad Pública y Autonómica?  Conviene voltear la mirada hacia el pasado reciente, siguiendo la conseja de Goldmann. Nuestro agradecimiento y respeto por la universidad pública no puede llevarnos a negar sus taras internas:

a) La politización suicida

En las universidades latinoamericanas ha operado el trasunto de la Reforma Universitaria de Córdova (Argentina, 1918). Los reformistas al confrontar la educación elitista, dieron impulso a postulados aún vigentes: La autonomía, los concursos de oposición, el cogobierno, y otros aspectos. Se pretendió impulsar una institucionalidad basada en el mérito, regida por las jerarquías que define el conocimiento, con vocación de progreso y aporte al bienestar general.

En el caso específico de la Universidad Pública Venezolana, aquellos principios operaron de modo parcial. Al igual que ocurrió en otras universidades latinoamericanas, se hizo muy fuerte la influencia y dependencia ideológica del marxismo, limitando los aportes científicos, sobre todo en el ámbito de las llamadas Ciencias Sociales.

La poderosa influencia del marxismo le dio piso a la partidización de los movimientos estudiantiles protagonistas en procesos insurreccionales. Gremios y sindicatos universitarios también fueron captados por distintas expresiones del partidismo político, en algunos casos con marcada hegemonía de la izquierda subversiva.

Sobra recordar que muchas de las acciones insurreccionales ejecutadas en los años ‘60, fueron planeadas desde el interior de las universidades autónomas. Tras el movimiento de Renovación Universitaria de los años ‘68 – ‘69, resultó evidente que los partidos habían convertido las instituciones educativas en sus trincheras de lucha antisistema.

“La poderosa influencia del marxismo le dio piso a la partidización de los movimientos estudiantiles protagonistas en procesos insurreccionales”

Durante la década de los años ’70, ‘80 y ‘90 hubo que sufrir las acciones de los supuestos revolucionarios. Cuando el celebérrimo rector Edmundo Chirinos, (estrella del firmamento chavista) lanzó su tesis sobre la “generación boba”, no se refirió a los encapuchados que secuestraban e incendiaban unidades del transporte público en la Plaza Las tres Gracias (jóvenes, reserva patriótica). Se refiere a los que siendo indiferentes a la política, se dedicaban a estudiar, aunque a ratos se divertían al ritmo de Grease con John Travolta y Olivia Newton-John.

De los piromaníacos de Las tres Gracias y sus mentores académicos, surgió la pléyade irreverente de los buenos para nada, impulsores de una tal “alianza cívico-militar”. Queda para la historia la investigación profunda de la conexión de sectores del mundo universitario con los golpistas de 1992. Sin embargo, es público y notorio el papel desempeñado por los ‘mujiquitas’ del mundo académico, colocados rodilla en tierra ante el militarismo chavista.

El resumen del ambiente ideológico dominante en el mundillo intelectual y académico de los ‘90 lo aportan tres hechos en apariencia fútiles: 1) La larga lista de “los abajo firmantes” dando la bienvenida a Fidel Castro, invitado de postín a la “coronación” de CAP II. 2) La formulación del denostado paquete de Pérez debió apelar a los repelentes “IESA Boys”. Es decir, se produjo un deslinde entre los especialistas de la economía y planificación de políticas públicas. Cuando el país requirió de las luces existentes en la universidad pública y democrática, los requeridos se desmarcaron del odioso neoliberalismo salvaje; y 3) La formación del llamado “grupo de notables” provenientes del mundo académico y universitario, empeñados en tirar de la cuerda sin calcular las consecuencias. 

b) La tenaza burocrática y el financiamiento de las universidades

Fue un tema persistente. Las Normas de Homologación promulgadas en tiempos de abundancia rentista, se convirtieron en la fortaleza inexpugnable de las burocracias que “ni lavan ni prestan la batea”. Hasta un padre con mediana autoridad, puede entender que sus hijos no pueden ser autónomos si no son capaces, al menos, de producir lo que se comen. Para nuestras universidades sin embargo, el tema resultó un arcano. Tras el crack económico de 1983 se hizo notable la imposibilidad real y manifiesta de cumplir con la indexación salarial, pero esto alimentó décadas de conflictividad no resuelta hasta nuestros días.

La burocracia universitaria y sus derechos adquiridos, siempre fue reticente ante la necesidad imperiosa de revisar los costos y las fuentes de financiamiento del sector. Cualquier intento encaminado a diversificar el ingreso fue satanizado con auspicio de la bestia privatizadora. Hubo un tiempo en el cual los ministros de educación imploraban a los universitarios un diálogo constructivo para buscar alternativas de financiamiento. Pero estos intentos fueron repelidos por quienes blandían las Normas de Homologación como verdad revelada. Con la llegada del chavismo serían los universitarios los que rogarían por el diálogo constructivo, ante los engreídos bachilleres bolivarianos.

Para mediado de los ‘90 las universidades figuraban ante la opinión general  como instituciones de alta credibilidad y estima social. Pero esto estuvo aparejado con severas críticas a su funcionamiento. Las normas de homologación y el sistema de jubilaciones tempranas, aparte de sumarle deudas al presupuesto general de un Estado casi quebrado, estimuló la fuga de capital humano y la frustración de las generaciones de relevo.

“Gremios y sindicatos universitarios también fueron captados por distintas expresiones del partidismo político, en algunos casos con marcada hegemonía de la izquierda subversiva”

Sin duda ya estábamos maduros para el advenimiento del chavismo, pues las taras eran inocultables: La existencia de estudiantes crónicos, futuros cuadros políticos con índices de permanencia que sumaban 10, 15 y hasta 20 años calentando cupos o ¡luchando por el pasaje preferencial estudiantil! La profusión de la burocracia universitaria abultaba desmesuradamente los presupuestos, los comedores se habían convertido en grandes comederos populares sin ningún costo aparente.

Los concursos de oposición y credenciales muestran fisuras que percolaron  las filiaciones políticas, amiguismo o compadrazgo. En algunos casos se conformó un sistema de castas que exigía como “legítima reivindicación” el derecho al cupo para familiares y allegados, como si la vocación pudiera verificarse con muestras de sangre. Algunos gremios y sindicatos registran el influjo de los nexos filiales en su configuración, como si se tratara de asociaciones del Ancien Régime. El chavismo anterior a Hugo Chávez ya tenía sus colonias al amparo de la autonomía.

La ruina del bachillerato público causó la merma en el ingreso a las universidades de bachilleres provenientes de las capas populares. Esto alimentó resentimientos capitalizados por la propaganda chavista. Para finales del siglo XX, la Universidad Pública Venezolana podía ser tachada de elitista, capturada por las burocracias internas y al servicio de las burguesías nacionales y extranjeras. Al menos así lo promovió la propaganda revolucionaria inspirada en las Reformas de Córdoba. Todo lo cual nos preparó para la elección de autoridades “con base en la democracia participativa y protagónica”. (Ley Orgánica de Educación, 2007), es la baratija igualitaria que promovió el comandante de la chequera viajera.

Para lograr sus propósitos la revolución cuenta con el gremialismo del Ancien Régime enclavado en las universidades. Pero la ruina y destrucción que sembraron no les facilita el logro de sus fines. Sus aliados internos reclaman el retorno a la abundancia rentista, o sea, la vuelta a los orígenes. Frente a un régimen con vocación totalitaria, es claro que la suerte de la universidad libre y democrática no se resuelve luchando por las normas de homologación o los “salarios dignos”. Se salva acompañando al país en la lucha por su liberación.

(1)Lucien Goldmann: Las Ciencias humanas y la Filosofía. Buenos Aires, 1984.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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