En la aldea
15 junio 2024

“Una tercera hipótesis puede estar en la necesidad de Nicolás Maduro de liberarse de la herencia simbólica de Chávez”.

Los soviéticos tenían razón

El concepto de “culto a la personalidad” es un fenómeno recurrente del que la humanidad no ha logrado librarse, y es bueno recordar que la línea más nítida que ayuda a distinguirlo de una simple deriva narcisista de un funcionario, es la intolerancia a la crítica. ¿Maduro enfrenta dentro del PSUV un creciente cuestionamiento a su liderazgo y su rol de “heredero” político?, ¿a qué se debe el viraje en la política comunicacional del régimen respecto a Maduro y su “agobiante presencia en la red de medios públicos”?, ¿ya comenzó la campaña de cara a las presidenciales de 2024?

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No deja de ser una paradoja que muchos regímenes de orientación colectivista terminen endiosando a un líder, atribuyéndole infalibilidad y dejando su obra y figura fuera de toda discusión.

Cuando Nikita Jruschov ascendió al poder, tuvo que desmontar el culto construido alrededor de la figura de Stalin por razones de supervivencia política. La adoración al líder no era un fenómeno nuevo, pero en el caso soviético la contradicción con la “doctrina” era tan evidente que ofrecía un camino para desembarazarse del legado estalinista. El célebre Diccionario de Filosofía de Rosental y Iudin, en su entrada sobre el culto a la personalidad, se hizo eco de la nueva perspectiva: “Es profundamente adverso al marxismo-leninismo, que por su propia naturaleza, es la ideología de las inmensas masas trabajadoras, con cuyas manos se transforma la sociedad capitalista en comunista (…) la teoría y la práctica del culto a la personalidad obstaculizan la justa educación de las masas, frenan el crecimiento de su iniciativa, debilitan en cada individuo el sentido de responsabilidad por la causa común, influye negativamente en el desarrollo de la ideología comunista”. Fidel Castro tomó nota de la línea del PCUS y prohibió retratos suyos en oficinas públicas, pero ¡ay de quien no escuchara, con místico fervor, sus peroratas!

“Este embrionario culto a la personalidad podría estar en la necesidad de ir avanzando hacia nuevas formas ‘asamblearias’ de poder, donde las autoridades no sean electas con los mezquinos modales del (…) conteo de votos y el respeto a la voluntad de las mayorías”

Excede a los límites de este artículo entrar en un debate sobre el concepto de “culto a la personalidad”. Es un fenómeno recurrente del que la humanidad no ha logrado librarse, a pesar de los avances en materia de democracia y derechos humanos. De la adoración al líder, hay casos trágicos como Hitler y Mussolini, payasos sanguinarios como Idi Amin en Uganda y Bokassa en la República Centroafricana (declarada Imperio en su delirio); y esperpentos como Nyyazow, expresidente de Turkmenistán, quien tuvo la idea de poner el nombre de su mamá al pan que comían los turcomanos, lo cual terminaba siendo una rara eucaristía doméstica con la madre del líder supremo.

Hay características que pueden ayudar a diferenciar el “culto” de flaquezas personales del poderoso de turno; sin embargo la línea más nítida que ayuda a distinguirlo de una simple deriva narcisista de un funcionario, es la intolerancia a la crítica. Cuando el Gobierno, con sus instituciones y aparatos represivos, tiene como norte silenciar el cuestionamiento al líder, no estamos ante un poderoso con esteroides en su autoestima, sino frente a algo mucho más peligroso, porque la herejía tiene consecuencias.

¿Está naciendo un culto a la personalidad en Venezuela?

Recientemente hemos venido observando una estrategia de promoción de Nicolás Maduro a través de medios oficiales con formatos novedosos tales como la serie animada “Superbigote” y un tema musical (“Navidad con Nicolás”), donde el “líder” es presentado como el promotor de la paz en Venezuela, el “superhéroe” que lucha contra el sabotaje imperial a los servicios públicos, el estadista que está llevando a Venezuela a un ciclo de crecimiento económico y el promotor de los valores del socialismo, cristianismo, chavismo y antiimperialismo, un rosario de virtudes amalgamadas a martillazos doctrinarios

Quizá, bajo los estándares de los analistas, la política del régimen no pudiera ser calificada como “culto a la personalidad”. Más allá de una base de misiones llamada “La casita de Nicolás” y su agobiante presencia en la red de medios públicos, Venezuela no tiene calles con el nombre del caudillo rojo ni hay estatuas con su gruesa anatomía. Sin embargo, llama la atención que alguien que se ha mostrado indiferente a la voluntad de las mayorías, le preocupe la opinión que tengamos sobre sus cualidades personales y su desempeño en el cargo. ¿A qué responde este giro en las comunicaciones oficialistas?

“El culto a un líder suele crecer en los sistemas políticos donde predominan, como modo de legitimación, (…) los procesos donde los líderes son ‘aclamados’ sin los rigores del debate de ideas y el secreto del voto”

La primera hipótesis es que Maduro quiere presentarse como la única autoridad con la que deben entenderse las naciones del mundo, dejando al margen a la presidencia interina del diputado Juan Guaidó al que muchos, y no sólo en el PSUV, tildan de “la nada”, aunque sigue siendo una piedra en el zapato en la política exterior de la revolución. Pero bien sabemos que esta realidad no se ataja con un cómic y la explicación es insuficiente.

Es posible que Nicolás Maduro quiera hacerle frente, ahora de manera definitiva, a los antiguos aliados del régimen y algunos “revisionistas” dentro del PSUV (exministros de Chávez, los caudillos del 4 de febrero, la familia Chávez, los socialdemócratas y comunistas) que han cuestionado su liderazgo y su rol de “heredero” político. Los tambores del 2024 comienzan a sonar a lo lejos y la cuestión candidatural inevitablemente comienza a generar murmuraciones. Recordemos que Hugo Chávez, un 8 de diciembre del 2012, pidió que votaran por “Nicolás” si le pasaba algo durante su operación y Maduro ha pretendido usar aquellos versos como un salvoconducto político para eternizarse en el cargo, forzando su nominación como candidato presidencial cada vez que lo exige la Constitución. Una interpretación bastante generosa de las últimas palabras del Teniente Coronel a los venezolanos, algo que no todos en el PSUV, ni mucho menos en la izquierda criolla, consideran como un dogma infranqueable.

Una tercera hipótesis puede estar en la necesidad de Nicolás Maduro de liberarse de la herencia simbólica de Chávez, una presencia agobiante a la que apelan sus críticos para atacarlo y el refugio emotivo de un electorado cada vez más reacio a movilizarse en defensa de su heredero. Si bien es cierto que Hugo Chávez nunca tuvo una doctrina socialista propia, más allá de un inventario de lugares comunes de diversos orígenes, su puesta en escena contó con los “méritos” políticos de provenir de una “épica militar” a tres  tiempos (4 de febrero, 27 de noviembre de 1992 y 13 de abril del 2002), mucho carisma y una ingente cantidad de dólares, que hizo de su paso por Miraflores un momento estelar para sus seguidores. A su lado, Maduro se presenta como un accidente histórico que desluce la estela de su predecesor. Urge reinventarlo y “adorarlo” para intentar lograr su permanencia en el poder siendo algo más que unos puntos suspensivos después de Chávez.

“Maduro ha pretendido usar aquellos versos [de Chávez en 2012] como un salvoconducto político para eternizarse en el cargo, forzando su nominación como candidato presidencial cada vez que lo exige la Constitución”

Otra razón que no podemos descartar, en este embrionario culto a la personalidad, podría estar en la necesidad de ir avanzando hacia nuevas formas “asamblearias” de poder donde las autoridades no sean electas con los mezquinos modales de la “democracia burguesa” tan adicta al conteo de votos y el respeto a la voluntad de las mayorías. Una iniciativa que podría debutar en la escogencia de los cuadros del partido (recordemos que ya fue intervenido por Maduro en el 2016) para garantizar su “proclamación” como candidato para el 2024 y que podría extenderse, gradualmente, hacia la escogencia de otras ramas del poder público creadas por las llamadas leyes del “poder popular” que serán aprobadas, entre gallos y media noche, antes de finalizar el año.

El culto a un líder suele crecer pues en los sistemas políticos donde predominan, como modo de legitimación, las movilizaciones de militantes, las formas asamblearias y los procesos donde los líderes son “aclamados” sin los rigores del debate de ideas y el secreto del voto. La ruta en ellos no es la electoral sino la palaciega, o mejor dicho, la de la ‘jaladera de bola’ al adorado líder.

Quizás no sea algo del todo nuevo en nuestro país, donde vivimos dictaduras como la de Antonio Guzmán Blanco y Juan Vicente Gómez, que regaron de bustos y estatuas suyas los pueblos y ciudades para hacerse adorar a veces por las buenas y casi siempre por las malas. Sin embargo, este culto a la personalidad en ciernes puede señalar una nueva etapa donde las libertades civiles estén aún más comprometidas.

Debemos darles la razón a los soviéticos en este punto. El culto a la personalidad obstaculiza la justa educación de las masas, ralentiza el crecimiento de su iniciativa y debilita, en cada uno, el sentido de responsabilidad por la causa común. Quizá sea hora de que algunos en el PSUV repasen sus viejos manuales. Un poco de ortodoxia no vendría mal.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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