En la aldea
18 mayo 2024

“Los errores y los aciertos me han llevado a ser lo que soy”, palabras de Américo Martín a Milagros Socorro en una entrevista de 2013.

Américo Martín, una lección de honestidad y rectificación

“Hablar hoy de integridad, disposición a no fallar en lo que se espera de uno. Fallar no en el sentido de errar, sino de quebrarse moralmente, venderse por dinero, por miedo o por lo que sea. Eso es lo que más desprecio, pero no es un sentimiento particular mío, sino que ha estado presente en varias generaciones de venezolanos”, palabras de Américo Martín; un referente que hizo de nuestra historia contemporánea la aproximación más fidedigna a lo que debe ser y lo que no en política, todo desde la misma enseñanza de vida.

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Milagros Socorro | 18 febrero 2022

La salida triunfal de Américo Martín (1938-2022) ha puesto en evidencia una valoración más que positiva del político culto, afable, accesible, (hasta para desconocidos e incluso, para adversarios), demócrata, valiente, así como capaz de admitir errores y actuar en consecuencia.

Esto es una novedad en Venezuela, país con el fango al cuello por llevar al poder a un individuo que encarnaba todo lo contrario. De arrojo físico probado en muchas circunstancias, -jamás se le vio en trance de correlón-, Martín no se las dio de hombre fuerte ni dado a humillar al contrario. Al contrario, entre sus rasgos más resaltados a la hora de su muerte está sus modales sencillos, su buen humor y su disposición a conversar largamente con quienes se arrimaran a la sombra de su sabiduría, experiencia y don pedagógico.

Pocos decesos han provocado la ola de comentarios laudatorios en las redes sociales, como ha ocurrido con Américo. Y muy pocos, poquísimos, obituarios de políticos venezolanos han aludido, como en este caso, además de su probidad, a su sólida cultura. Alguien ha observado que Américo leyó más libros, vio más películas de calidad y exposiciones de pintura que Hugo Chávez, Nicolás Maduro, sus gabinetes, sus altos mandos y el PSUV en pleno. Antes de cumplir los 30 años, desde luego. «No es Américo Martín un espécimen de ese marxismo inculto, adocenado, dogmático que florece entre nosotros…», escribió Domingo Alberto Rangel, que los conocía a toditos, en su prólogo a “Los peces gordos” (Martín 1975).

Cautivo y cautivador

Américo Martín Estaba, nacido en Caracas el 1o de febrero de 1938, fue militante de Acción Democrática desde que era liceísta, cuando esa condición conllevaba riesgos reales de persecución, cárcel, tortura y muerte (que, con excepción de esta última, todas las enfrentó, con gran crudeza, por cierto). Formado como abogado, fue guerrillero, candidato a la Presidencia de la República, parlamentario, periodista, profesor universitario, escritor y memorialista.

“Américo Martín ha puesto en evidencia una valoración más que positiva del político culto, afable, accesible, demócrata, valiente, así como capaz de admitir errores y actuar en consecuencia”

En los años ‘60 estuvo varias veces en Cuba, donde fue atendido por Fidel Castro, quien extendía las conversaciones con Martin, insospechable de haberle soltado jamás  un dólar al ávido comandante. «El MIR», escribió Héctor Pérez Marcano, «decidió recurrir a una medida de excepción y envió a La Habana en misión especial a Américo Martín (…) con el fin exclusivo de lograr un encuentro con Fidel. Américo logra que, en efecto, Fidel tenga una primera reunión con nosotros. Esa gestión no solo fue exitosa en términos mayores de lo que habíamos imaginado, sino que provocó una enorme simpatía de Fidel por Américo. No sería exagerado decir que Fidel quedó verdaderamente cautivado por Américo».

Esta frecuentación aparece en las Memorias. Martí cuenta que, en su primer encuentro con Castro y para probar cuánto conocía este de Venezuela, dibujó un mapa y le pidió que le señalara dónde estaba Puerto Cabello. «Toma la tiza y la ubica con absoluta certeza. Cada sitio que le menciono lo marca casi con precisión. Eso ya me dice dos cosas: que lo obsesiona Venezuela y que no ha dejado de pensar en uno o más desembarcos sobre sus costas».

Grito de dolor

En sus Memorias, que ocupan tres tomos y que no abarcan toda su peripecia, están expuestas sus cuatro prisiones, los torneos de tortura a los que fue sometido en tiempos de Marcos Pérez Jiménez, cuando, como dirigente estudiantil adeco, contribuyó en jaque al régimen al organizar, con otros, la huelga estudiantil de 1957.

-Tengo las manos atrás, -escribió Américo Martín en el primer tomo de sus Memorias-, las esposas no son las clásicas de cadena que permiten cierta movilidad. Son las llamadas esposas italianas, fijas, unidas por un tornillo que aprietan hasta casi quebrantarme las muñecas. De repente suspenden la tortura. Desnudo y esposado me trasladan a la oficina de al lado para iniciar el interrogatorio. […] entre todos me entran a patadas y golpes por todo el cuerpo. La sesión me parece interminable, pero no les confieso nada. Finalmente se van. Quedo solo y no me puedo sentar porque las italianas no me lo permiten. Permaneceré parado durante el resto del día y la noche. La luz siempre prendida me impide saber cuándo es uno o la otra. El calor es horrendo. Al cabo me oriento por el tenue ruido de una máquina de escribir. Cuando cesa, debe ser de noche; al reanudarse, de día.

“Fue militante de Acción Democrática desde que era liceísta (…) formado como abogado, fue guerrillero, candidato a la Presidencia de la República, parlamentario, periodista, profesor universitario, escritor y memorialista”

«Irrumpen otra vez y reinician la jornada. Golpes, patadas, gritos animales. En eso estamos un día más. Lo único es que no me dan por la cara, tal vez para no dejar marcas muy visibles en un muchacho de 18 años. Las manos no las siento ya. Las italianas están clavadas profundamente en la carne. Yo sigo sin poder sentarme y van, según el ruido de las máquinas, tres días. […] traen una silla plegable de metal, arrojan agua en la silla y el suelo; a la fuerza me sientan. Las italianas me enredan los movimientos. Los bellacos traen un generador con dos cables terminados en polos de metal. En su otro extremo los cables se unen a un pequeño aparato manual, cuyo detalle más llamativo es la manivela. Dándole vuelta provocarán el corrientazo. Como me han amarrado los polos a la ingle recibiré directamente el impacto».

«El sádico hace girar con ferocidad la manivela y siento el golpe más duro que haya recibido o recibiré en toda mi vida. Grito por el dolor, no recuerdo cuántas veces. El maldito sigue dándole vueltas a la manivela mientras una sonrisa salvaje se dibuja en su cara. Estar permanentemente parado y esposado durante días, incluso sobre un ring de automóvil, es insoportable, pero la electricidad supera con mucho cualquier otra forma de tormento. Lo que se siente es como si uno se estuviera desintegrando. O como si le estuvieran arrancando partes del cuerpo a carajazos».

La tontería de irnos a la lucha armada

Cuando apareció este libro (apasionante), en 2013, lo entrevisté. “¿Qué es lo más tonto que ha hecho hasta ahora?”, le pregunté.

-Antes calificaba así, de tonterías, la larga lista de los errores que he cometido. Pero ahora, tratando de entender las razones que me movieron a incurrir en ellos, decidí respetarlos más. Puedo decir que, en general, esos errores, disparates y rebeldías fueron manifestaciones de unos valores primarios de los que en lo esencial no me he apartado. El deseo de hacer algo importante para el servicio de mis semejantes, el rechazo a prácticas viles, el desprecio a humillar y humillarme, la cobardía personal, la codicia. Como puedes ver, es una lista de valores de los que creo no haberme apartado. Por ejemplo: la tontería de irnos a la lucha armada, la misma ruptura con AD, cuando esa institución estaba destinada a cedernos el lugar que la biología y la historia parecían reservarnos; la estupidez de sacrificar relaciones familiares muy íntimas y esenciales para mí al cumplimiento de cualquier compromiso político por muy trivial que fuera. Mi alejamiento de la pasión literaria por demasiado tiempo para dedicarme a adquirir conocimientos inútiles por demasiado tiempo. Los errores y los aciertos me han llevado a ser lo que soy. No puedo renegar, por eso, de nada de lo que hice, pero obviamente no debí haber sido fidelista, guerrillero, ni tan rígido en mis juicios morales sobre la conducta de los demás».

En aquella entrevista (atendía montones de periodistas por semana, no sé qué vamos a hacer ahora…) le pedí que explicara su reputación de hombre valiente.

-Yo preferiría -dijo- hablar hoy de integridad, disposición a no fallar en lo que se espera de uno. Fallar no en el sentido de errar, sino de quebrarse moralmente, venderse por dinero, por miedo o por lo que sea. Eso es lo que más desprecio, pero no es un sentimiento particular mío, sino que ha estado presente en varias generaciones de venezolanos.

Lo dicho: no sé a quién vamos a recurrir.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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