En la aldea
20 mayo 2024

La política no es lo que era

“Distinguir quiénes son los buenos y los malos es imprescindible para lograr cierta tranquilidad de espíritu (…) pero la emigración de los países pobres y multirraciales ha movido las bases de las posturas democráticas, humanitarias e integradoras (…) si los países democráticos ya no son los buenos, ¿qué queda para los no democráticos?”.

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Ana Teresa Torres | 27 septiembre 2022

Hubo un tiempo, lejano o cercano según se mire, en que la política era un terreno conocido. O eso pensábamos. Quiero decir que, de acuerdo al punto de mira, de las afinidades, ideologías y otras arbitrariedades, se sabía quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Es decir, se conocía de antemano dónde colocarse, con quién estar y a quién adversar. Todo derivaba, lo supiéramos o no, de la guerra fría y de la división del mundo en primero, segundo y tercero. El primero era el mundo del imperialismo democrático, el segundo el del imperialismo soviético, y el tercero, al que pertenecíamos los latinoamericanos y otros cuantos países del capitalismo periférico en vías de desarrollo, conformaba el terreno en disputa de los otros dos. También podría agregarse el cuarto mundo, el de los países fuera de toda esperanza. Como digo, aritmética sencilla.

Por supuesto, esto no es un análisis político, sino el bagaje que cualquier persona medianamente informada llevaba consigo, y la terminología que utilizo es un revival. Nada de esto tiene mucho sentido en el panorama actual, quizás por eso a las personas de mi generación, e incluso a las de algunas de las siguientes, todo se les hace más difícil, no solo de comprender sino de ordenar. Distinguir quiénes son los buenos y los malos es  imprescindible para lograr cierta tranquilidad de espíritu. Por ejemplo, los países democráticos son buenos; los países dictatoriales son malos. Con esa división nos hemos sentido más o menos conformes, aunque no seamos tan tontos o tan ingenuos como para ignorar que no hay seguridades ningunas ni bloques en los que confiar ni sistemas en los cuales creer ciegamente.

Todo esto viene a cuento de que las noticias, no las que ocurren en Venezuela, poco sorprendentes, sino en el resto del mundo, son un tanto desconcertantes. Veamos un primer ejemplo. Hace ya unos cuantos años empecé a considerar que la división capitalismo vs. socialismo tenía mejores soluciones que las que habían alcanzado el primer y segundo mundo, y me empeñé en conocer los países escandinavos. Hice un primer viaje a fines de los ochenta, y luego un segundo a principios de los dos mil con motivo del congreso internacional de escritores del PEN Internacional. Por un tiempo no me quedó la menor duda: aquella gente había dado con la clave para lograr el bienestar y la paridad social (no la felicidad, que es otra cosa).

“Algo tan sencillo como el pago de impuestos que sostengan la salud y educación públicas de alta calidad, así como la infraestructura y los servicios, sin olvidar el apoyo a las familias para que tengan hijos y la sociedad no envejezca”

Algo tan sencillo como el pago de impuestos que sostengan la salud y educación públicas de alta calidad, así como la infraestructura y los servicios, sin olvidar el apoyo a las familias para que tengan hijos y la sociedad no envejezca. Y por supuesto, un orden que respete los modos democráticos en política y en la convivencia, con un plus de ética luterana. Me sorprendió que nadie  vigilara el pago del transporte público, era un pago de ‘honor’ y todos los pasajeros lo hacían sin que apareciera un controlador. Un detalle, pero no insignificante. En fin, parecía el paraíso, que ahora muestra sus grietas. Y es que el asunto de la emigración de los países pobres y multirraciales ha movido las bases de las posturas democráticas, humanitarias e integradoras. Ahora Suecia, el país más poderoso y rico de los nórdicos, pasó a una altísima votación de la extrema derecha que llevó a la renuncia de la primera ministra, socialdemócrata, y deja el tema de la integración de los emigrantes interrogado. Malas noticias para los entusiastas de Borgen.

El otro caso es el de Estados Unidos. Una cosa es que los republicanos representen a la derecha antiinmigración (y anti una pila de cosas), y otra que el gobernador de Texas monte a un grupo de emigrantes (venezolanos, por cierto) en un par de autobuses y los descargue frente a la vivienda de la vicepresidenta de Estados Unidos (hija de emigrantes) como quien deja un paquete de delivery a la puerta y toca el timbre. O que el gobernador de Florida embarque en un avión a un segundo grupo de emigrantes (venezolanos y colombianos) con destino a Martha’s Vineyard, isla del estado de Massachusetts, conocida por sus lujosas residencias de recreo y particularmente visitada por las familias de la elite negra, los Obama incluidos. Sin duda son hechos inaceptables en una nación históricamente conformada por la emigración, que se dice respetuosa de los Derechos Humanos y ha venido dándole al mundo lecciones de democracia durante décadas. Si los países democráticos ya no son los buenos, ¿qué queda para los no democráticos?

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