En la aldea
23 abril 2024

La elegancia de un despecho

“Antes, las obras donde existía la venganza solían valerse de la locura parcial o la pérdida absoluta del juicio de una persona para de algún modo intentar llegar a las razones profundas que llevan a un ser humano a causarle daño a otro con el objetivo de hacerle pagar por algo. Ya no: ya no hay venganzas con justificativos médicos. Hay solo venganzas. El chavismo no estaba loco, estaba hambriento”.

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Sonia Chocrón | 26 enero 2023

Por supuesto que esta quinta pata trata sobre la canción que la famosísima cantante colombiana le ha hecho a su ex, el conocido futbolista español, que dice cosas más o menos como lo que sigue. Cito:

«Perdón, ya cogí otro avión, aquí no vuelvo no quiero otra decepción.
Tanto que te las das de campeón
y cuando te necesitaba diste tu peor versión.
Sorry, baby, hace rato que yo debí botar ese gato.
Una loba como yo no está para novatos.
Una loba como yo no está pa tipos como tú. Pa tipos como tú.
A ti te quedé grande y por eso estás con una igualita que tú”
(…)
“Vas acelerado dale despacio.
Mucho gimnasio, pero trabaja el cerebro un poquito también”
» (…)

Porque el despecho es así: humano, antiguo, necesario, y a veces hermoso. A veces también se parece a la justicia, otras al humor. Otras al infierno. Y es que raro sería encontrar algún ser humano que no hubiera sufrido un despecho amoroso en su vida. Un desencanto, un desamor.

Todos estamos hechos de encuentros y partidas, de besos y adioses. Sin embargo, cada quien los acoge a su modo. Y luego los expone con su propio diccionario. La clave, a mi entender, está en la elegancia, que hasta para el olvido es imprescindible. De allí que mis remilgos suelen estar en la forma, más que en el fondo.

¿Pero cómo definir un despecho?

        1. s. m. Sentimiento de gran enfado o indignación, por haber sufrido un contratiempo o desengaño, que invita a la venganza.
        2. Del lat. despectus ‘desprecio’.
        3. Malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad.
        4. m. desesperación.

De toda esta colección de vocablos, el más práctico, el más tangible a la hora de un despecho, no es el llanto, la mera tristeza o la ira. Es la venganza:

        1. De vengar y –anza.
        2. 1. f. Satisfacción que se toma del agravio o daño recibidos.
        3. 2. f. desus. Castigo, pena.

Así pues, el despecho es una respuesta intensa y de valencia negativa que se experimenta a raíz de una traición, un desengaño, una decepción, una ofensa. Y su expresión más extrema es la venganza. En un trabajo publicado en el 2014 por la Universidad Estatal de Washington dicen incluso algunos autores que es uno de los comportamientos más oscuros del ser humano que han sido motivados por el despecho. El despecho es una emoción que navega entre dos aguas: el rencor que carcome y la tristeza no superada. Y de su misma semilla es el deseo de venganza. ¿Quién no ha sentido esa ansia sin nombre de herir a otro que nos ha herido?

En la cultura griega incluso tenían una diosa de la venganza llamada Némesis, cuya principal peculiaridad era que no se encontraba sometida a los dioses del Olimpo. Sancionaba la desmesura y no dejaba que los hombres fueran demasiado afortunados. En su intención de resguardar el equilibrio universal, la diosa podía provocar la ruina de aquellos que habían sido favorecidos por la fortuna. También se encargaba de vengar a los amantes infelices por el perjurio de su pareja. La necesidad de hacer daño a alguien, aun cuando esa figura tiene significado emocional para nosotros, es muy característico del ser humano. La literatura y el cine están llenos de historias de este tenor.

En las obras clásicas, pueden encontrarse numerosas historias donde está el protagonista.  Partiendo de las tragedias griegas, pasando por ciertas novelas de principios del novecientos e incluso presente en obras actuales. En «Hamlet» de William Shakespeare, por ejemplo, la trama de esta obra de teatro transcurre en Dinamarca y relata los acontecimientos posteriores al asesinato del rey Hamlet, por parte de su hermano Claudio. El espectro del muerto se revela a su hijo para pedirle que se vengue. A partir de ahí se desarrolla una intensa historia donde la venganza, la traición, el incesto y sobre todo, la corrupción moral son protagonistas.

“Procuro que ningún comportamiento del hombre, ningún sentimiento humano, me sea ajeno o me espante: ni el desprecio, ni el despecho, ni la venganza. Todos son parte de nuestra naturaleza. Sin duda todos somos únicos hasta para sufrir”

Otra historia que utiliza la venganza como eje de la trama es «El Conde de Montecristo» de Alexandre Dumas, llevada al cine en numerosas ocasiones y considerada una de las grandes obras de la literatura. (Y hasta distintas versiones para la televisión, como la de José Ignacio Cabrujas y Julio César Mármol para Venezolana de Televisión en el año 1984, “La Dueña”).

Antes, las obras donde existía la venganza solían valerse de la locura parcial o la pérdida absoluta del juicio de una persona para de algún modo intentar llegar a las razones profundas que llevan a un ser humano a causarle daño a otro con el objetivo de hacerle pagar por algo. Ya no: ya no hay venganzas con justificativos médicos. Hay solo venganzas. El chavismo no estaba loco, estaba hambriento.

El otro día, una de mis periodistas/escritoras favoritas –Leila Guerriero– citaba en un artículo -si mal no recuerdo para el diario El País-, a una poeta y a un poema que es emblema para mí. De hecho, suelo citar algún verso suyo como epígrafe en algunos de mis libros. Leila hablaba de la poeta Idea Vilariño y de su tormentosa e imposible relación con el también escritor Juan Carlos Onetti. A ese abandono de Onetti, Vilariño lo transformó en un poema inmenso -primero dedicado a él y luego de los años, pasado, supongo, el despecho, ya lo publicó sin la dedicatoria- que es, a mi juicio, uno de los desgarros de mujer más delicados, intensos, elegantes y significativos de la historia de un desamor.

El poema se llama “Ya no” y se los transcribo porque es inevitable que me regodee una vez más en unos versos que hubiera soñado con escribir yo, en alguna de las inútiles despedidas de la historia de mi vida.

Ya no
Idea Vilariño

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.

No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.

Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.

No volveré a tocarte.
No te veré morir
.

Procuro que ningún comportamiento del hombre, ningún sentimiento humano, me sea ajeno o me espante: ni el desprecio, ni el despecho, ni la venganza. Todos son parte de nuestra naturaleza. Sin duda todos somos únicos hasta para sufrir. Pero qué elegante son algunos en los momentos más oscuros, como lo fue Idea Vilariño. Aunque no facturara.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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