En la aldea
13 abril 2024

«La consigna era ‘Renueva tu fe’. Se prepararon cien mil agentes evangelizadores en todo el país […]. Nunca en la historia del país un evento había despertado tal grado de expectativas y movilizado tanta gente en su preparación y desarrollo».

El Papa estuvo por primera vez en Venezuela en enero de 1985

Juan Pablo II había descendido del avión que lo trasladó desde Roma, en la tarde del 26 de enero de 1985. Besó el suelo de La Guaira. En la tarde del 27 ya estaba en Maracaibo. El lunes 28 despertó en el Palacio Arzobispal de Mérida. El 29 se trasladó a Ciudad Guayana. En la tarde del 29 se despidió en Maiquetía. Las multitudes acompañaron al Papa polaco en su primer viaje apostólico a Venezuela.

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Milagros Socorro | 31 enero 2023

Ese día bajé a la calle con un espíritu más reporteril que religioso. Era la primera vez que un Papa ponía los pies en Venezuela y la calle por la que pasaría quedaba muy cerca de mi casa.

Juan Pablo II había descendido del avión que lo trasladó desde Roma, en la tarde del 26 de enero de 1985. Besó el suelo de La Guaira y al incorporarse vio a sus anfitriones. Habían ido a recibirlo el entonces presidente, Jaime Lusinchi y su esposa, la doctora Gladys Castillo, quienes estaban residenciados en La Casona desde comienzos de 1984; varios ministros del Gabinete Ejecutivo; los expresidentes Rafael Caldera y Luis Herrera Campíns y sus esposas, Alicia Pietri y Betty Urdaneta, respectivamente; otras autoridades civiles y militares, así como representantes de la Iglesia, encabezados por el Arzobispo de Caracas, Cardenal José Alí Lebrún Moratinos y el Nuncio Apostólico, Luciano Storero.

Para ese momento, el país tenía un año recibiendo información acerca de la “Misión Especial” encargada de preparar la visita, que se produciría entre el 26 y el 29 de enero de 1985.

“Habría una misa, también multitudinaria, en Puerto Ordaz. Fue allí donde un muchachito llamado Adrián Guacarán, nacido en Caucagua, estado Miranda, el 31 de agosto 1973, le cantó al Papa la canción ‘El Peregrino’”

Según explica el historiador Agustín Moreno Molina, «desde las parroquias, comunidades religiosas, colegios y movimientos de apostolado, se organizaron cursos de formación, talleres, retiros espirituales, visitas a los hogares y demás actividades pastorales con el objeto de motivar a los fieles sobre el sentido espiritual de la presencia del Papa […] La consigna era ‘Renueva tu fe’. Se prepararon cien mil agentes evangelizadores en todo el país […]. Nunca en la historia del país un evento había despertado tal grado de expectativas y movilizado tanta gente en su preparación y desarrollo».

En su interesante tesis académica (disponible en Internet), Moreno Molina explica que: «Para conducir los preparativos de la visita papal, la Conferencia Episcopal Venezolana designó a su Secretario General, Monseñor José Joaquín Troconis, quien al poco tiempo se vio obligado a renunciar por circunstancias personales. Mientras fue obispo auxiliar de la diócesis de Valencia, se involucró sentimentalmente con una joven. Salió del país y solicitó a la Santa Sede su exoneración de sus deberes clericales, contrajo matrimonio y se radicó en los Estados Unidos. Le sustituyó Monseñor Baltazar Porras Cardozo, ex rector del Seminario San José de El Hatillo, recién elegido obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Mérida, como director de la Comisión».

Hicacos traslúcidos para Su Santidad

Los preliminares de la visita del emisario de Cristo no cayeron en saco roto. El mismo día que yo caminé dos cuadras para ver pasar el papamóvil, salió en la prensa de Maracaibo, donde entonces vivía, una crónica donde yo narraba los afanes de cierto grupo de monjas cuyo convento quedaba en la ruta papal. Las religiosas abrirían las ventanas de la fachada, gesto que no dispensaban jamás; y si esto fuera poco, desplegarían un mesón cubierto con un mantel de lino de infinita blancura, almidonado y planchado por mano habituada al Rosario, donde distribuirían la muestra de dulcería zuliana como quien ordena joyas sobre la nieve: delicada de hicacos, dulce de caujil (merey o marañón), gajos de limonsón… A mi pregunta de si sabían la velocidad a la que pasaría el Pontífice por las calles de Maracaibo, la monja vocera me miró con la displicencia que les destinan los santos a los necios.

Las multitudes acompañaron al Papa polaco desde el trayecto entre Maiquetía y Caracas. La primera parada, recuerda el doctor Moreno Molina, fue en el Palacio de Miraflores, donde se le tributaron honores correspondientes a los jefes de Estado. De allí lo llevaron a la sede de la Nunciatura Apostólica, donde se alojaría. Esa noche, pasadas las diez, el propio Pontífice salió al balcón para bendecir a la muchedumbre y los animó a marcharse a descansar.

La jornada del 27 de junio empezó con un encuentro con la comunidad polaca en Venezuela, a la que asistieron representantes de Europa del Este, lituanos, croatas, letones, húngaros y rumanos. Luego se dirigió a la explanada de Montalbán, (terrenos cercanos a la UCAB) «y celebró la Eucaristía ante una imponente concentración humana, que según los entendidos nunca se había producido antes en el país. Le acompañó el episcopado en pleno y centenas de sacerdotes procedentes de las diócesis nacionales y de algunos países vecinos».

Regresó a la Nunciatura, almorzó, hizo una breve siesta y se reunió con el Comité de Relaciones entre Iglesias y Sinagogas Establecidas en Venezuela (CRISEV) entonces presidido por el Rabino Pynchas Brener. A las seis de esa tarde, ya estaba en Maracaibo, donde lo esperaba una muchedumbre en los terrenos del antiguo Aeropuerto Grano de Oro. El altar de la misa que daría el Papa en terrenos que ya eran de la Universidad del Zulia estaba dominado por la imagen de La Chinita. El historiador precisa que lo acompañaban «como oficiantes el Cardenal Agostino Casaroli, Secretario de Estado de El Vaticano, el Cardenal José Alí Lebrún, Monseñor Miguel Ovando y Bravo, Arzobispo de Managua (Nicaragua) y Monseñor Arturo Rivera y Damas, Arzobispo de San Salvador (El Salvador), además de un grupo de obispos venezolanos y decenas de sacerdotes».

Allá viene, ¿pulieron las cucharillas?

Después de la misa, y antes de seguir viaje a Mérida, el papamóvil se lanzó por la ciudad. Sí, se lanzó. Cuando yo llegué a la acera había mucha gente congregada. Te asomabas para ver hasta dónde llegaba el torrente y no le veías comienzo ni final. La ciudad entera estaba allí. Cuando el papamóvil se hizo visible, se levantó un rumor de una intensidad y espesor inclasificable. Era algo como entre el sollozo contenido y el suspiro de asombro. Una extraña emoción me invadió. Se me erizó la piel y percibí una oleada de calor como cuando abres el horno para echar un vistazo. El papamóvil se acercaba y la multitud más se galvanizaba. Ni antes ni después he experimentado una electricidad semejante. Era como fundirse con la masa. Unirse con los demás en aquella sensación de trascendencia y bendición. La criatura prodigiosa pasó como una exhalación. Como un sueño, como una visión de cuya veracidad no podrías dar fe, pero ahí estaba el corazón desbocado y aquella atmósfera de irrealidad. Nunca lo he olvidado.

El lunes 28 de enero, el jefe de El Vaticano despertó en el Palacio Arzobispal de Mérida, le habrán dado un par de esas sublimes arepitas de trigo y a eso de las nueve compareció en La Hechicera, donde tenía pautada una misa. Pero antes sembró un pino junto al altar y bendijo los cimientos de la capilla que se construiría en conmemoración de ese día. Después del almuerzo (seguimos con las memorias del doctor Moreno Molina) recibió a las autoridades de la Universidad de Los Andes, encabezadas por su rector Pedro Rincón Gutiérrez y prodigó cruces a las nuevas instalaciones de la Televisión Andina de Mérida (TAM).

Peregrinar… en busca de ayuda

De regreso a Caracas, esa tarde lo esperaba un evento monumental en el Teatro Teresa Carreño, donde la Orquesta Nacional Juvenil de Venezuela interpretó el Himno Pontificio al inicio y el Aleluya de Haendel, en la clausura. De ahí tendría que ir a la Catedral de Caracas, donde lo aguardaban los dirigentes seglares adscritos a movimientos apostólicos, así como a la Misión Nacional, y algunas personalidades de la cultura y la política, como Pompeyo Márquez y Freddy Muñoz, dirigentes del partido Movimiento por el Socialismo (MAS).

De la Catedral venga a correr al Estadio Olímpico Universitario de Caracas, repleto con casi cuarenta mil jóvenes de los grupos apostólicos de todas las diócesis del país. Cuenta el historiador que José Visconti, «periodista deportivo -además de católico practicante- quien fungió de “maestro de ceremonias”, fue criticado por el desmesurado entusiasmo de su actuación, especialmente al levantar el brazo del Papa, como si fuera un púgil victorioso.

El 29 de enero empezó con el traslado a Ciudad Guayana. Habría una misa, también multitudinaria, en Puerto Ordaz. Fue allí donde un muchachito llamado Adrián Guacarán, nacido en Caucagua, estado Miranda, el 31 de agosto 1973, le cantó al Papa la canción “El Peregrino”, del compositor español Ricardo Cantalapiedra. Con un país volcado a la mínima incidencia de aquel acontecimiento, no es de extrañar que el niño cantante se hiciera famoso y fue contratado de inmediato por un canal de televisión. Al principio estaba hasta en la sopa, pero luego fue recorriendo los anillos concéntricos que van del núcleo de la celebridad a la periferia del patetismo. Hasta que murió de mengua, en noviembre de 2017, de una insuficiencia renal para la que no había medicamentos en el Hospital Domingo Luciani. El mismo Guacarán hizo una de esas desesperadas solicitudes en Twitter, pero ni así se logró recabar la albúmina y el diurético que quizá lo hubieran salvado. Murió una noche, casi deforme de la hinchazón. Tenía 44 años.

En la tarde del 29 de enero, el Papa Juan Pablo II se despidió en Maiquetía.

Ya van a ver esos curas

El profesor Agustín Moreno Molina apunta que, durante los cinco años de la administración del presidente Lusinchi, la jerarquía católica se mostró, por lo general, muy «complaciente con el Gobierno».

-El mismo Presidente, -evoca Moreno Molina- hombre bonachón, simpático y de buen humor supo captarse la buena voluntad de los obispos al tomar en sus manos la construcción de la Sede Permanente del Episcopado, en terrenos aledaños a la casa de la antigua Hacienda Montalbán, donados por la familia Vollmer. En alguna oportunidad recibió la visita de algunos obispos preocupados por los efectos negativos de las informaciones de prensa sobre su vida íntima. Este les mostró su mejor rostro y los convenció de la existencia casi franciscana que llevaba en su residencia oficial. Más de un prelado apareció retratado en la prensa recibiendo donaciones a través de la omnipresente secretaria privada Blanca Ibáñez.

Pero cuando ya el escándalo era inocultable y, sobre todo, cuando la sentencia de divorcio de la pareja presidencial era un hecho, los obispos pusieron el grito en el cielo y denunciaron el mal ejemplo que emanaba de Miraflores, así como el desmedro a la institución familiar y no faltó quien calificara la expedita sentencia de “demostración de la corrupción del Poder Judicial, en manos de un grupo que favorecía a los poderosos”. El rapapolvo le llegaba desde las ciudades más prominentes del país cuando, oh casualidad, «el párroco de San Mateo (estado Aragua), Padre José Luis Gil Fernández, fue detenido en el Aeropuerto de Maiquetía con 21 kilos de cocaína, cuando se disponía a abordar un vuelo a Madrid. Los cuerpos policiales estaban desde hacía tiempo al tanto de las andanzas del sacerdote, pero la coincidencia de su detención con las críticas de la Iglesia por el divorcio de Jaime Lusinchi, hizo pensar en los hilos del poder manejados por la secretaria privada…». Desde luego, era capaz.

La segunda visita del Papa a Venezuela, el mismo Juan Pablo II, se produciría once años después, en febrero de 1996. En esta ocasión no estuvo en Maracaibo, pero aún si hubiera ido es posible que las monjitas no hubieran pasado de un displicente batir de ventanas. Cuentan que algunas lloraban mientras recogían las golosinas intocadas, como joyas en las que se derretía la nieve.

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