En la aldea
20 mayo 2024

Diez años con Francisco y con sus críticos

“El Papa Francisco no deja de parecer un pastor corriente que quiere tratar a las ovejas sin las viejas distancias ni las estiradas antesalas. Censuran su prudencia frente a las dictaduras izquierdistas de Cuba, Venezuela y Nicaragua, por ejemplo, que motejan de complicidad; como si Papas como el polaco y el alemán sentados antes en el mismo solio lo hubieran hecho distinto”.

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Elías Pino Iturrieta | 19 marzo 2023

Uno de los asuntos que llama la atención cuando se cumplen diez años del ascenso del Cardenal Bergoglio al trono del pontificado se refiere a las furias que ha desatado. Seguramente se deban esas furias a la existencia de las redes sociales, que permiten a cualquier idiota desembuchar lo que le parezca pese a carecer de informaciones sobre el tema que pretende manejar. Cuando hablé del asunto con un obispo amigo, me dio una explicación que pudiera tener sentido. El encono se debe a que el Papa es argentino y lo descalifican por su origen tercermundista. Si hubiera nacido en Polonia, o en Alemania, o en una de las comarcas italianas de costumbre, se acatarían sus disposiciones y se respetaría su palabra sin chistar, como en los casos de sus antecesores del siglo XX. Así respondió a mi inquietud.

No parece peregrina la observación, debido a que buena parte de los reproches mediante los cuales se pretende objetar la misión del Papa Francisco parten de acusarlo de comunista. Primero de partidario del general Juan Domingo Perón, como cualquier cura entusiasta y oportunista del pasado rioplatense, o como muchos jóvenes recién salidos del seminario jesuita que se inspiraron después en la Teología de la Liberación. Pero también, a la vez, juzgan con acrimonia el hecho de no involucrarse directamente en los problemas políticos de América Latina. Censuran su prudencia frente a las dictaduras izquierdistas de Cuba, Venezuela y Nicaragua, por ejemplo, que motejan de complicidad; como si Papas como el polaco y el alemán sentados antes en el mismo solio lo hubieran hecho distinto. Es evidente que ignoran la naturaleza y las limitaciones de un poder como el que ejercen los pontífices romanos desde finales del siglo XIX, para pedirle a un viejo cura proveniente del fin del mundo que actúe como un condotiero del Renacimiento.

“El protagonista estelar que llegó a Roma en hora oportuna hace diez años a escribir una historia auspiciosa. O su primer capítulo. Y lo más elocuente del asunto es que salió del seno de América Latina”

Tal vez la distorsión se deba a la modestia de sus hábitos. Si no son como los del santo de Asís, sin la tiara, sin el cuello de armiño ni las zapatillas rojas que en el pasado se lucían en la silla gestatoria, ahora confinada en el desván, Francisco no deja de parecer un pastor corriente que quiere tratar a las ovejas sin las viejas distancias ni las estiradas antesalas. La desaparición del boato puede provocar una sensación de falta de majestad que merece la respuesta de los acólitos de un poder infalible al cual han despojado sorpresivamente de sus vestiduras. O no saben cómo manejarlo, cómo aceptar una autoridad sin las señales que la han representado desde la Edad Media. Quizá ahora el cambio de hábitos por fin haga al monje, para que vuelen las flechas de la trivialidad y las pesadas piedras de quienes solo se sienten a gusto contemplando una función de ópera, o en el regazo de las costumbres petrificadas.

Pero, ya que hablamos de telas, no deja de producir desazón el empeño puesto por el argentinito -es decir, el advenedizo- en lavar los trapos sucios de la institución que gobierna. La atención del delito de la pederastia practicado por miles de sacerdotes en todo el mundo desde tiempos remotos, gracias a su intrepidez ha puesto en marcha una gigantesca lavandería de trapos sucios que se debe apreciar como un fenómeno de penitencia y como una necesidad urgente de rectificación que sus antecesores prefirieron dejar en la cuneta, en algunos casos con grosera complicidad. ¿No accede hasta cumbres dignas de la historia universal el hombre que se levanta frente a sus prelados y sus oficiantes con una áspera pastilla de jabón?, ¿no marca así diferencias tajantes entre el pasado y el futuro, en la conducta y en la administración de la Iglesia católica?

Cuando también Francisco se refiere de manera diversa a los homosexuales y a un trato diferente de los fieles divorciados que casan de nuevo, o cuando considera el celibato sacerdotal como una proscripción temporal, es decir, como una imposición susceptible de cambio o de desaparecer en el futuro; cuando aboga por los pobres y los visita en sus peregrinaciones, el religioso rojo y el sujeto timorato frente a las autocracias fraguado por el conservadurismo y por la estulticia, es reemplazado por el protagonista estelar que llegó a Roma en hora oportuna hace diez años a escribir una historia auspiciosa. O su primer capítulo. Y lo más elocuente del asunto es que salió del seno de América Latina, diría mi amigo el obispo.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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