En la aldea
20 mayo 2024

Invitación a la guía de Caracas

“Caracas necesita un abad que la sacralice, un arcángel que la resguarde, un cardenal que la ordene, un monje que la limpie, un carpintero que la barnice, un conquistador que la descubra, un descubridor que la seduzca, un seductor que la enamore, una pasión que recupere sus heridas”.

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Federico Vegas | 02 abril 2023

Los invitamos una vez más a recorrer la Guía de Arquitectura Caracas del valle al mar (editada en el 2015), o, mejor todavía, a recorrer nuestra ciudad acompañados por ella.

Las palabras que inician e inspiran este proyecto son de William Niño Araque, quien tanto insistió en que Caracas merecía un mapa y una valoración de sus tesoros:

Caracas necesita un abad que la sacralice, un arcángel que la resguarde, un cardenal que la ordene, un monje que la limpie, un jardinero que la pode, un carpintero que la barnice, un conquistador que la descubra, un descubridor que la seduzca, un seductor que la enamore, una pasión que recupere sus heridas: nos la torne pulcra, sagrada, hermosa, transitable, virginal, posible y plena de arquitectura.

El libro que contiene esta guía puede acompañarnos en nuestras travesías urbanas, pero constituye un producto finito y la guía está llamada a ser un proceso imperecedero. Su propósito es desarrollarse con la ciudad mientras la abarca y la comprende. Caracas es un organismo con fragmentos que mueren por demolición o abandono, mientras otros nacen, o renacen, y tanto su pasado como su futuro forman parte de su historia. Lamentablemente el crecimiento de un libro, insisto, tiene sus límites.

En un texto titulado Del rigor en la ciencia, Jorge Luis Borges nos cuenta de un Imperio que llevó el arte de la cartografía a tal perfección que el mapa del Imperio coincidía “puntualmente” con su territorio. “Las generaciones siguientes entendieron que ese dilatado mapa era inútil y lo entregaron a las inclemencias del sol y los inviernos. En los desiertos perduran despedazadas ruinas del mapa, habitadas por animales y mendigos”. Algo así le ocurriría a la guía si continuara expandiéndose más allá de sus proporciones de ladrillo.

Ahora será posible consultar en la web los textos y las imágenes de la guía, y, al mismo tiempo, podremos continuar alimentando su vocación de estar presente, atenta, observante, e incluso incorporar el aporte de usuarios que encuentren en los archivos de sus familias u oficinas, en las memorias de su infancia o en el quehacer de su profesión, testimonios, planos, fotografías, que no merecen la oscura y mezquina soledad del olvido (dirigirse a [email protected]).

Muchas personas han participado y participarán en esta aventura. Cuento 27 colaboradores en la elaboración de los textos, 19 en la de dibujos, 17 investigadores, 46 curadores. Iván González Viso y María Isabel Peña se encargaron de iniciarla, conducirla y concluir una primera etapa. Abro el libro al azar y me encuentro “Al sureste del Guaire”, me conmueve la descripción de María Isabel, quien sobrevuela como la diosa Hestia los escenarios donde han transcurrido tres cuartas partes de mi vida.

Yo llegué cansado y rumiando mi pasión por la historia de los planos de Caracas hasta los inicios del siglo XX. Eso fue todo lo que pude ofrecer. Dicen que los latinos trabajamos hasta tener una buena idea y los sajones a partir de ella. Iván y María Isabel se han mantenido constantes en ambas tareas, y nunca abandonarán a la guía que ahora podrá renovarse mientras recorre este valle de descubrimientos y seducciones (volviendo a William), y de injusticias y locuras (para incluir el peso inevitable de estas décadas terribles).

Iván y María Isabel continuarán organizando esa incesante corriente de información que genera toda ciudad, reseñando las nuevas arquitecturas y aquellas que, inexplicablemente, fueron desapercibidas, e incluso los proyectos fantásticos e imposibles que se irán haciendo cuerdos e inevitables.

A continuación les ofrezco el capítulo de la guía sobre el primer plano de Caracas. Creo que ha sido el dibujo más auspicioso y generador:

*** ***

El primer plano de Caracas

Hace casi medio siglo escuché a mi padre decir: “Caracas es una ciudad atacada por sus habitantes y defendida por su topografía”. Esta frase acompaña siempre mis recorridos; puedo sentir a las colinas, valles, árboles y quebradas luchando por no desdibujarse y, más de una vez, prevaleciendo. Concibo a El Ávila como un valiente hermano mayor, una reserva colosal de belleza, un baluarte que nos defiende y anima desde el norte con el refuerzo de una cinta de colinas al sur.

Nuestra geografía es la de una ciudad cóncava donde las pasiones se quedan rebotando con ondas imprevisibles y ángulos sorpresivos. He visto surgir chismes recónditos, secretos de rara geometría que fluyen junto a dramas colectivos dibujando una red sentimental superpuesta a la urbana. Si no percibimos estas relaciones entre la fisiología de nuestros sentimientos y la anatomía denuestraciudad, nada en Caracas se entiende.

La historia de nuestra ciudad tiene uno de sus múltiples comienzos a finales del siglo XVI, cuando una trama perfecta e idealizada fue implantada sobre una geografía inmensa y desconocida. Nos referimos a una región por conquistar, a un país que aún no tenía fronteras y a un continente del que entonces los libros y los mapas desconocían la forma, la constitución y el temperamento.

Nuestra primera semilla de cuadras y plazas, colocada al centro y al norte de lo que sería Venezuela, es uno de los miles de ejemplos del llamado “damero hispanoamericano”, basado en una receta antigua y universal que ya existía siglos antes del encuentro entre Europa y América. La fórmula de la retícula la utilizó Grecia al fundar sus colonias y Roma al concebir un imperio.

A partir de ese primer esquema de nuestro damero fundacional, una trama ordenada y dominante que prevaleció por más tres siglos,iría dando paso, a partir de la primera mitad del siglo XX,a una serie de redes con planteamientos cada vez más descoordinados y fragmentarios. Podemos hablar delcambio gradual, luego frenético, de un único concepto de urbanismo que sería sometido a la superposición de urbanizaciones aisladas y otras espontáneas ocupaciones del espacio. Una trama uniforme e integradora se transformaría en una red multiforme, ilegible y disgregada.

El sueño de un orden

Vayamos a los orígenes del urbanismo hispanoamericano. A mediados del siglo XVI un conquistador avanza por las selvas del Amazonas. Lleva en su mochila una simple hoja con el dibujo de una retícula y unas palabras escritas a mano que resumen el tipo de ciudad que España recreará en toda América. Este pequeño manuscrito está reseñado en el Archivo de Indias como “Traza de la ciudad o ciudades que se proponía fundar Jerónimo Aguayo en la Provincia de los Araucas”. Este conquistador es apenas un nómada que se acerca al Orinoco, pero porta consigo el sueño de un orden. Ante la incertidumbre de un territorio desconocido se utiliza una ancestral fórmula histórica para crear asentamientos.

¿Dónde se origina esta idea de superponer una retícula perfecta en una geografía inmensa y desconocida? El procedimiento nos recuerda una estrofa de William Wordsworth sobre un náufrago que dibuja retículas en la arena con una vara:

Inmenso es el hechizo

De estas abstracciones para una mente perseguida

Por imágenes y obsesionada consigo misma.

Ante un Nuevo Mundo que aún no logra comprender, el conquistador necesita abstraerse“en un mundo independiente creado sobre la inteligencia pura”.Son como náufragos cuyos dibujos solitarios son parte de una empresa imperial que intenta poblar todo un continente. España va a colonizar un territorio, al principio inmensurable, imponiendo una religión, un idioma y una misma idea de ciudad. Desde la Patagonia hasta la California se utiliza el mismo esquema urbano que llevaba en su mochila aquel Jerónimo de Aguayo. Se querían fundar poblaciones con una comprensible receta que les permitiera crecer y permanecer.

El rey quería saber

Diego de Losada funda Caracas unos 80 años después de la llegada de Cristóbal Colón a América y cuando en todo el continente no había más de 30.000 vecinos españoles. El emperador Felipe II, ansioso por tener una descripción de sus dominios de ultramar, elabora en 1577 un cuestionario y les ordena a todos los gobernadores de provincia que lo hagan llegar a los curas y alcaldes de las ciudades, pueblos y aldeas de América, para que les den pronta respuesta a unas cincuenta preguntas. El rey quería saber:

… si es tierra llana o áspera, rasa o montañosa, de muchos o pocos ríos, fértil o falta de pastos, abundosa o estéril de frutos y mantenimientos; también sobre volcanes y grutas, costas y arrecifes, salinas y canteras, hierbas y plantas aromáticas, si se da la cebada y el vino…

En fin, todas “las demás cosas notables en naturaleza y efectos del suelo, aire y cielo, que fueran dignas de ser sabidas”. Le interesaba especialmente la existencia y el devenir de los pueblos de españoles, tanto los poblados como los despoblados, incluyendo “lo que se supiere de las causas de haberse despoblado”.

Entre los miles de manuscritos y dibujos con respuestas al cuestionario que fueron enviados a El Escorial desde todos los rincones de América, está el del gobernador Juan de Pimentel: Relación de la descripción de la Provincia de Caracas, de 1578. Pimentel comienza describiendo la geografía de la provincia, los intentos previos de fundación realizados por Francisco Fajardo, Rodríguez Suárez, y el definitivo de Diego de Losada, y la situación de los cuatro mil indios que han quedado después de “el desasosiego de sus guerras pasadas” ante la entrada de los españoles, a lo que contesta Pimentel sin muchas ganas: “esto se remedia lo mejor que se puede”.

Cuenta también que hay para comer unos aguacates que son como peras verdañales; jobos que parecen ciruelas amarillas; guayabas como manzanas llenas de granillos; mamones como nueces verdes y con menos carne que el jobo; guanábanas como melones pequeños con puntas como de diamante; totumos con los que hacen “escudillas, botijas, cucharas y coberturas para su miembro genital”. Todo parece ser una imitación defectuosa. Hasta las más fieras bestias no pasan de ser leones con el tamaño de un mastín y “poco bravos”, pues hasta “un perrillo pequeño los hace encaramar en un árbol”.

Un rasguño en un papel

Pero veamos cómo era entonces una ciudad que solo contaba con sesenta vecinos españoles, pues una de las preguntas del emperador exigía saber:

El sitio y asiento donde los dichos pueblos estuvieren, si es en alto o en bajo, o en llano, con la traza y diseño en pintura de las casas y plazas y otros lugares señalados de monasterios como quiera que se pueda rasguñar fácilmente un papel en que se declara que parte del pueblo mira al mediodía y al norte.

A lo que responden los encargados de la incipiente Caracas:

El edificio de las casas de esta ciudad ha sido y es de madera, palos hincados y cubiertos de pajas…  de tapia sin alto ninguno y cubiertas de cogollos de caña… de hace dos o tres años se ha comenzado a labrar tres o cuatro casas de piedra y ladrillo y cal y tapería con sus altos cubiertos de teja

Se habla también de una iglesia parroquial con dos curas y del monasterio de San Francisco, apenas de “tapias no durables”. El envío incluye un dibujo “rasguñado” a pluma de 43 x 60 centímetros. Es el primer plano que se conoce de Caracas. Estamos ante una incipiente ranchería de unos once años que no tiene más de tres casas con tejas, pero, al mismo tiempo, se trata de una ciudad prefigurada e idealizada en un damero de 25 cuadras precisas e idénticas. Ya están presentes el tablero y sus piezas: la calle y la cuadra, la iglesia y las casas, la plaza y los patios.

Al este de la trama leemos una norma auspiciosa: “De esta suerte va todo el pueblo edificándose”, una de las reglas de un juego que, tal como el ajedrez, con principios simples y finitos puede generar infinitas combinaciones y reordenamientos.

La biproporcionalidad

Una de las características más sorprendentes de este dibujo me la señaló Graziano Gasparini a través de un ensayo de Erwin Walter Palm. Palm nos demuestra la relación entre los planos realizados en América a finales del siglo XVI y los dibujados durante el Imperio romano reseñados en el manual de topografía Corpus Agrimensorum.

Hay una característica que es común a ambas tradiciones. Palm la llama «biproporcionalismo», o la superposición de dos escalas: una geográfica y una urbana. El plano de Caracas es, según Palm, el mejor ejemplo de la relación entre la cartografía hispanoamericana del siglo XVI y los sistemas romanos de agrimensión. En efecto, vemos en este primer dibujo de Caracas una evidente desproporción entre la escala de la trama urbana y la escala de la geografía que la rodea. Un plano con el damero de una ciudad se ha colocado sobre el mapa de un inmenso territorio. En esta suerte de mapa y plano se propone una relación entre una ciudad y una geografía, entre un concepto de orden espacial y un espacio profano aún sin colonizar ni conocer plenamente.

Nótese en el dibujo la precisa expresión formal de nuestra primera trama, su uniformidad, su simetría y, también, véanse las diferentes tipologías que ya se esbozan: iglesia, plaza, casa, calle. Reflexionemos también sobre su permanencia, pues esas mismas cuadras están aún en su sitio y con similares propósitos.

Podemos observar en este dibujo la convivencia entre geografía y urbanismo, entre la red de río, quebradas y montañas y la trama idealizada impuesta por España. La retícula tiene en el dibujo tanta importancia como los trazos del Guaire, las quebradas de Caroata, Catuche, Anauco y Caurimare, y las montañas al norte y al sur. De allí en adelante estos cursos de agua serán otra de las constantes en las crónicas de los visitantes, mientras, lentamente, van desapareciendo bajo la trama.

Hoy permanece, como planteaba mi padre, la original y protectora topografía. En ese plano-mapa de 1573 aparece una pequeña colina cercana a donde la quebrada Caurimare desemboca en el Guaire. En ese promontorio habría de ubicarse el edificio donde ahora escribo este texto y puedo contemplar buena parte de la Caracas que sería indiferente a su dibujo original.

En esas montañas y colinas crecía una hierba que floreaba y llamaban «Caraca». A Pimentel le parece semejante a un bledo, una planta tan nutritiva y abundante como poco valorada por lo áspera; supongo que de aquí viene la expresión «Me importa un bledo». Tenemos entonces que, así como la palabra Venezuela es el diminutivo de Venecia, el origen de Caracas está ligado a una hierba despreciada por profusa, como si se tratara de una metáfora y una premonición de nuestra inconsciente relación con la naturaleza.

El gobernador Juan de Pimentel se propone consolidar a esta nueva ranchería en la capital de una provincia, por eso quizás ha encargado que el plano del damero se superponga al mapa de un territorio cuyas costas van desde la punta de Tucacas por el occidente hasta las islas de Píritu por el oriente. Aún más al norte están las islas de Bonaire, Las Aves, Los Roques, La Orchila y La Tortuga.

El primer urbanista

Diego de Henares fue el encargado de realizar esta primera “traza y diseño en pintura” de casas y plazas “rasguñado en un papel”. Los principios urbanos aquí plasmados los podemos encontrar en Las ordenanzas de descubrimiento y población presentadas en Segovia por Felipe II en 1573, las cuales recogen las reglas e instrucciones que la Corona de España había venido dictando sobre cómo ubicar las poblaciones y repartir las tierras públicas y privadas, sobre “la trama ortogonal trazada a cordel y regla que ha de hacerse partiendo de la plaza mayor”. A esta plaza mayor, el espacio público principal, se le daba una enorme importancia y la normativa se extiende sobre su ubicación, forma y dimensión en los pueblos costeños o en los de tierra adentro.

Allan Brewer Carías ha analizado el origen y las consecuencias de estas ordenanzas que un siglo más tarde se consolidarían en las célebres “Leyes de Indias”. Brewer insiste en que el principio del poblamiento se ratifica como un derecho de la Corona, pues solo con licencia real se podían realizar nuevas poblaciones y siempre “guardando el orden que en el hacerlas se manda guardar por las leyes de este libro”. Quien fundaba un pueblo sin autorización se hacía merecedor de la pena de muerte.

El historiador Nectario María recoge las palabras del hijo de Diego de Henares sobre su padre:

Fue designado alcalde de Caracas y por ser persona de capacidad e ingenio, el capitán Diego de Losada le encomendó trazase y nivelase para su fundación, y señaló la plaza, calles y solares de la forma que permanece a su cuidado.

Sin duda alguna podemos considerar a Diego de Henares el primer arquitecto y urbanista en esta Guía de Caracas, y quizás también el mejor alcalde que ha tenido nuestra ciudad, o quien, proporcionalmente, más ha realizado por ella y con resultados más duraderos. Me atrevo a decir que imborrables.

Ahora retornemos a los planos que los satélites pueden abarcar y dibujar en segundos, con la ayuda del sol, tras el paso de las nubes y con tanta fidelidad como ausencia de pasión y de propósito:   


*Las fotografías fueron facilitadas por el autor, Federico Vegas, al editor de La Gran Aldea.

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