EN LA ALDEA

23 febrero 2024

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De tan pesimista que soy, soy optimista

En 1947 el célebre escritor argelino-francés Albert Camus publicó su obra La peste, una novela que, inscrita en la corriente existencialista, tan en boga en aquellos tiempos, en seguida se convirtió en uno de los textos más importantes de la posguerra; en un momento en que, contemporáneamente, otros grandes novelistas daban a conocer sus obras con el predominio de temas de orden reflexivo, intimistas y filosóficos.

En La peste, el autor, como si avizorara nuestro presente en una suerte de adivinación sobre lo que, en efecto, enfrentaría la humanidad algo más de setenta años después. Se relatan los pormenores de la vida colectiva en una ciudad aislada a causa de la repentina aparición de una enfermedad, una peste, como bien la titula su autor, en la cual, a medida que el contagio cobra fuerza, se impone el confinamiento de las personas, separándolas con fines profilácticos tratando de detener sus estragos. Es, entonces, cuando comienzan a manifestarse entre los habitantes de aquella ciudad, Orán, en este caso, todo el conjunto de sentimientos y emociones que los seres humanos somos capaces de experimentar en situaciones extremas, en realidades sobrevenidas, y en contextos amparados por el albur de la incertidumbre.

“La sociedad en la que vivimos nos exige tener muchos lazos, por ejemplo, por motivos profesionales, pero no son lazos verdaderos, tan importantes para construir un buen tejido social”

Claudine Haroch, en entrevista a BBS News Mundo (12/09/2023)

Así, pues, los residentes de aquella ciudad costera, a orillas del mar Mediterráneo, de pronto se encuentran subyugados por el miedo, la frustración, la impotencia y el individualismo, por una parte, mientras que otros, de acuerdo al vuelo ficcional de la trama, se sobreponen dejando aflorar sentimientos de solidaridad y compasión para superar el flagelo.

La plaga, asolando a la ciudad de Orán, en realidad, es una excusa para mostrarnos las vertientes del comportamiento humano, por ello la contraposición de emociones que caracterizan a los personajes.    

La recién culminada guerra había dejado en el mundo de las ideas una huella profunda, impactando todos los ámbitos del saber y la cultura en general, sobre todo en Europa, donde se debatía sobre la visión que se levantaba entonces en torno a la convivencia humana, dejando en algunos casos una impronta de pesimismo sobre el destino del hombre; así, las nuevas corrientes filosóficas, manifestaban su vena cuestionadora influenciando intensamente la literatura. Hemos de recordar que el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial quedó dividido en dos grandes bloques de poder. Y, autores como George Orwell, quien publica entre 1945 y 1949 Rebelión en la granja y 1984, expresa en sus obras ese aire pesimista, distópico con el que imagina el futuro.

De modo pues que, la literatura, como tantas veces se ha dicho, recoge, con su hechizo ficcional, las inquietudes de cada tiempo, las tribulaciones humanas no siempre advertidas por el común de las personas, y también las reflexiones, ya en el más puro sentido ontológico, que el autor despliega sobre la realidad que le circunda.

“Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros ciudadanos y por eso hay que comprender sus dudas. Por esto hay que comprender también que se callara, indeciso entre la inquietud y la confianza. Cuando estalla una guerra las gentes se dicen: “Esto no puede durar, es demasiado estúpido”. Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo”.

La peste. Albert Camus (1947).

La trama de la novela al parecer está basada en una epidemia de cólera ocurrida durante el siglo XIX en la ciudad de Orán (Argelia), durante la ocupación francesa, sin embargo, todo su contexto y reflexiones, tanto de los personajes como la voz del autor a través de quien narra los hechos, están situados cronológicamente en el siglo XX.

Si Albert Camus hubiera presenciado los acontecimientos relacionados con la pandemia de la COVID-19 que sacudió de modo reciente el planeta, su texto de 1947 habría sido el borrador, léase bien, el borrador perfecto para una obra similar en el presente siglo; con realmente muy pocas variaciones sobre el comportamiento humano y la dinámica que la enfermedad impuso en un mundo sorprendido por su masiva propagación.

“Hasta la pequeña satisfacción de escribir nos fue negada. Por una parte, la ciudad no estaba ligada al país por los medios de comunicación habituales, y, por otra parte, una nueva disposición prohibió toda correspondencia para evitar que todas las cartas pudieran ser vehículos de infección. […]

Las comunicaciones telefónicas interurbanas, autorizadas al principio, ocasionaron tales trastornos en las cabinas públicas y en las líneas, que fueron totalmente suspendidas durante unos días y, después severamente limitadas a lo que se llamaba casos de urgencia, tales como una muerte, un nacimiento o un matrimonio. Los telegramas llegaron a ser nuestro único recurso. Seres ligados por la inteligencia, por el corazón o por la carne, fueron reducidos a buscar los signos de esta antigua comunión en las mayúsculas de un despacho de diez palabras. Y como las fórmulas que se pueden emplear en un telegrama se agotan pronto, largas vidas en común o dolorosas pasiones se resumieron rápidamente en un intercambio periódico de fórmulas establecidas tales como: ‘Sigo bien. Cuídate. Cariños’”.

La peste. Albert Camus (1947).

El escritor José Saramago en su novela Ensayo sobre la ceguera (1995), aborda bajo una vertiente psicológica el comportamiento de unos personajes afectados por una pandemia que rápidamente fue extendiéndose en las calles.

Es un texto de ficción sin ninguna referencia a lugares conocidos ni basado en hechos reales. Seis personas fueron contagiándose por una rara enfermedad que fue dejándolas ciegas, esta ceguera a diferencia de las conocidas, descrita por los infectados como blanca, se les asemeja a un mar de leche.

En La peste, el Dr. Rieux es el protagonista y narrador. En el caso de la obra de Saramago, el protagonista es una mujer, suerte de heroína que conduce a los afectados, y quien además es la única que no está contagiada; asimismo, esta mujer, es la esposa de uno de los personajes (el médico) aquejado por la enfermedad.

En esta novela el escritor portugués trenza una estremecedora alegoría acerca del ser humano, cotejando lo más sublime y miserable de la condición humana. El escritor Juan José Millás define la obra en los siguientes términos:

“Hay novelas que después de leídas continuarán iluminando túneles en la conciencia, abriendo puertas de habitaciones a las que no nos habíamos asomado pese a estar dentro de nosotros”.

Entre ambas novelas, escritas en tiempos tan disímiles y con estilos tan claramente bien diferenciados, es posible advertir una identidad compartida a través de la parábola que se deriva del comportamiento de cada uno de los personajes. Es decir, una similar inquietud intelectual que une a los autores en torno a los trascendentes asuntos que conciernen a la condición humana; al significado de la vida, a la sociedad y a sus valores determinando el proceder de las personas. En ambos casos, las epidemias, únicamente son el vehículo para terciar sobre temas como la solidaridad, el egoísmo, el individualismo, y en especial, sentimientos como el amor, cuyo poder es capaz de vencer los obstáculos que separan a las personas, habilitándolas para sobreponerse a la conmoción del aislamiento.   

“Al día siguiente, acostados aún, la mujer del médico le dijo al marido, Tenemos poca comida en casa, va a ser necesario dar una vuelta por el almacén subterráneo del supermercado aquel donde estuve el primer día, si hasta ahora no ha dado nadie con él, podremos abastecernos para una o dos semanas. […]

Hasta cuándo aguantaras la carga de seis personas que no se pueden valer, Aguantaré mientras pueda, pero la verdad es que ya me flaquean las fuerzas, a veces me sorprendo deseando ser ciega también para ser igual que los otros, para no tener más obligaciones que los demás, Nos hemos habituado a depender de ti, si nos faltases sería como si una segunda ceguera nos hubiera alcanzado, gracias a los ojos que tienes conseguimos ser un poco menos ciegos, Llegaré hasta donde sea capaz, no puedo prometer más, Un día cuando comprendamos que nada bueno y útil podemos hacer por el mundo, deberíamos tener el valor de salir simplemente de la vida”.

Ensayo sobre la ceguera. José Saramago (1995).

El escritor Mario Vargas Llosa nos regala a propósito de lo comentado una extraordinaria reflexión en su discurso pronunciado durante el recibimiento del Premio Nobel de Literatura 2010:

“La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional”.

A comienzos del presente año, el director de la Organización Mundial de la Salud, el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, afirmó que existe en el mundo la amenaza de “otro patógeno emergente con un potencial aún más mortal”, por lo que pide a la comunidad internacional que se prepare ante la posibilidad de que aparezcan nuevas pandemias. En su opinión, “cuando llegue la próxima pandemia, que lo hará, debemos estar preparados para responder de manera decisiva, colectiva y equitativa”, por lo que instó a los líderes mundiales a diseñar una estrategia frente a estos desafíos.

“En los últimos tres años, la COVID-19 ha puesto nuestro mundo patas arriba. Se han notificado casi siete millones de muertes, aunque sabemos que el número de víctimas es mucho mayor: al menos 20 millones. La pandemia ha dejado una profunda mella en los sistemas de salud y ha causado graves trastornos económicos, sociales y políticos.

La COVID-19 ha cambiado nuestro mundo, y no puede ser de otro modo. En 2020, describí la COVID-19 como un túnel largo y oscuro. Ahora hemos llegado al final de ese túnel. No nos confundamos, la COVID-19 sigue entre nosotros, sigue matando, sigue mutando y sigue reclamando nuestra atención”.

Alocución del Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus durante la 76ª Asamblea Mundial de la Salud, 21 de mayo de 2023.

Esta peste del presente siglo no sólo ha puesto a prueba los sistemas de salud del mundo entero, igualmente ha conseguido dejar en evidencia sus inequidades, la vulnerabilidad crónica de extensas regiones del planeta, cuando el hombre, en prodigioso avance tecnológico de la civilización, es capaz de instalar a varios cientos de kilómetros de la tierra un telescopio para mirar los confines del universo, y, sin embargo, no puede impedir que el hambre mate en apartadas regiones del planeta a más personas que todas las enfermedades.

También nos ha mostrado, a despecho de nuestra vanidad, cómo un bicho invisible puede fulminarnos con insólita rapidez, haciéndonos saber con ello, o mejor recordándonos, la fragilidad de la que estamos hechos; a contrapelo, por otra parte, de la frivolidad que gobierna nuestra contemporaneidad, en cuya tabla de valores se erige, eso que llama Mario Vargas Llosa, la civilización del espectáculo.

Nos ha tocado un tiempo curioso, un siglo XXI problemático y febril, como dijera a propósito del anterior, Enrique Santos Discépolo al escribir la letra de Cambalache por allá por 1934.

Nuestro presente, como todos los periodos históricos, tiene aspectos que marcan distancia con relación a los otros, una singularidad, acaso sobrevenida en la última década que no pudo ser advertida por los autores comentados. A ver, en el centro de sus preocupaciones estuvo muy presente el tema del aislamiento y la separación del hombre respecto a sus semejantes.

Para ellos, era una premisa básica la necesidad humana de la cercanía entre las personas; el aislamiento por cualquier causa, en tal sentido, es una condena para la realización plena del hombre.

La socióloga y antropóloga francesa Claudine Haroche nos da luces sobre el cambio en la perspectiva que el hombre tiene de sí mismo en esta etapa de la civilización, un mundo mediado por revolucionarias tecnologías de la comunicación que lo han alterado todo. Así señala:

“Si antes había una sensación de pertenencia que hacían nuestros vínculos cercanos y cálidos, ahora nos enfrentamos a un vínculo social que se caracteriza por el frío anonimato, por el aislamiento, algo que se intensifica cada vez más en las sociedades individualistas”.

Según la investigadora los comportamientos, los sentimientos y la personalidad podrían haber cambiado en las sociedades contemporáneas. Así, aquello que nos era tan preciado a los humanos, como el vínculo social, comienza a sustituirse por virtud de la tecnología. Es decir que, la alegórica preocupación humanista de Camus y Saramago, a vuelta de muy pocos años, quizás sea una reflexión jurásica.   

“Efectivamente. Estamos en mucho menos contacto con las personas, pero a la vez, estamos en contacto con, por ejemplo, el teléfono móvil, que es táctil. Y eso nos da una falsa sensación de realidad y tacto.

Es una época compleja porque hemos perdido el contacto directo con la gente, la comunicación cercana, el tacto entre personas. Y al mismo tiempo que aumentó la distancia entre todos, cada vez nos exponemos y mostramos más en sociedad, aunque de modo superficial.

Esto nos afecta mucho psicológicamente. Porque no solo se pierde el contacto, también la profundidad de las relaciones con los demás y con nosotros mismos. […]. La sociedad en la que vivimos nos exige tener muchos lazos, por ejemplo, por motivos profesionales, pero no son lazos verdaderos, tan importantes para construir un buen tejido social”.

Entrevista a Claudine Haroch, publicada en BBS News Mundo (12/09/2023).

Así pues, pareciera que vamos camino a un ostracismo deliberado, sin que, por otra parte, lo percibamos como una amenaza y se asuma, en consecuencia, con absoluta naturalidad, generando de este modo una nueva versión del individualismo. Este tema, para los autores que perciben la literatura más allá del entretenimiento, probablemente sea el magma creativo de su producción literaria.

Culmino estas notas citando, y suscribiendo, además, una breve y satírica reflexión, exagerada, rocambolesca, quizás, sobre nuestro tiempo, dramática como la letra de un tango que, Renzo Nervi, un irreverente artista plástico, personaje de ficción del film argentino dirigido por Gastón Duprat, Mi obra maestra (2018), realiza sobre nuestro perturbado mundo.

“… ¿Por qué trabajan?, ¿para comprar cosas…?, ¿para salir de vacaciones? La esclavitud no se terminó, ahora se llama trabajo… Este lugar no tiene solución, porque si un país entero apoya el culo en un sillón frente a un televisor para ver a veintidós millonarios corriendo detrás de la pelota, no hay esperanza, las ideologías ya no existen, existe el hombre, el hombre concreto que actúa así o asao, el hombre no proviene del simio, el hombre es un simio, un simio parado que caga sentado y, ahora, lo más importante de todo, de tan pesimista que soy, soy optimista…”.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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