En la aldea
22 mayo 2024

Voto emocional vs. Voto racional

“El voto emocional persiste, a pesar de sus efectos nocivos, aquí y en todas partes. En nuestro caso, donde el único recurso que tenemos es el voto para salir de la tragedia que sufrimos desde hace ya un cuarto de siglo, deberíamos tomar conciencia de la necesidad de ejercerlo racionalmente y no de manera emocional. Lo que se nos avecina es muy serio y complejo. Derrotar a una autocracia como la actual va más allá de ganarle las elecciones en 2024”.

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Gehard Cartay Ramírez | 19 octubre 2023

Carlos Rangel sostuvo en su obra más leída –Del buen salvaje al buen revolucionario, publicada en 1976- que, en comparación con ciertos dirigentes revolucionarios de la década de los años sesenta, los dirigentes democráticos eran considerados poco “excitantes” y, al referirse al liderazgo latinoamericano, siempre de acuerdo con tal razonamiento, sostuvo que estaban entonces “más ‘en la onda’ Fidel Castro o Perón que Rómulo Betancourt, Eduardo Frei, Rafael Caldera o Carlos Andrés Pérez”.

Se refería a ese extraño encanto que algunos liderazgos, por lo general populistas y demagógicos, sin mucha consistencia intelectual e ideológica, ejercen sobre las masas y crean verdaderos fenómenos emocionales, muy distantes de la razón y la madurez, que casi siempre terminan sometiendo a los pueblos que les creyeron a experiencias trágicas y dolorosas. El ejemplo citado por Rangel lo demuestra en el caso de Castro y Perón, y también en relación a sus contrastes (Betancourt, Frei, Caldera y Pérez), que se destacaron como líderes reformistas y verdaderos constructores democráticos y republicanos.

“Tan colosal desafío necesitará un presidente con condiciones de estadista, un constructor de consensos unitarios, alguien que tenga la habilidad (…) para marchar exitosamente hacia una transición lo más amplia posible”

Guardando las diferencias de tiempo y espacio, esa situación pareciera presentarse cada cierto tiempo en las democracias americanas y europeas, al menos. En Estados Unidos, por ejemplo, la irrupción de la antipolítica representada por Donald Trump ha debilitado el liderazgo político y moral de la gran nación del Norte y pareciera que no acaba de surgir un relevo con condiciones sólidas para sustituir a la dirigencia mediocre actual, encabezada por Joe Biden y las cúpulas de los dos grandes partidos.

En América Latina el panorama es igualmente sombrío: Andrés Manuel López Obrador, Nayib Bukele, Gustavo Petro, Nicolás Madruro, la inefable comedia de la dirigencia política argentina, que puede empeorar con Javier Milei, por citar los más protuberantes casos de populismo y demagogia, son un catálogo deprimente y estrafalario, que comenzó con Juan Domingo Perón en los años cuarenta, siguió con Fidel Castro al iniciarse los sesenta y luego con Hugo Chávez a finales del siglo pasado.

A la mediocridad de la dirigencia política continental -y por supuesto nacional, en nuestro caso-, hay que agregar el comportamiento emocional y errático de buena parte de los electores, quienes algunas veces ejercen su voto sin ponderar el realismo político y la sensatez, encandilados por un supuesto carisma o un discurso que les dice lo que ellos precisamente quieren escuchar, pero que no es (y me refiero a Venezuela ahora) lo que requiere el país para salir de este difícil trance, de manera sensata, pacífica y racional. Lo grave es que nunca faltan intelectuales, empresarios y dirigentes políticos y sociales que se pliegan a tales dislates, algunos por oportunismo y conveniencia, y otros porque de buena fe adhieren las candidaturas de esos ejemplares del populismo y la demagogia, sin mayor reflexión y análisis.

Recordemos, a este respecto, el caso de la candidatura de Chávez en 1998. Todo el mundo sabía que este oficial había traicionado su juramento a la Constitución cuando intentó en febrero de 1992 un golpe de Estado contra el gobierno legítimo del presidente Carlos Andrés Pérez, episodio trágico que produjo centenares de muertos y heridos. Sin embargo, excandidatos presidenciales, renombrados académicos, exrectores universitarios, juristas reputados, escritores, docentes, filósofos, científicos, empresarios y plutócratas caraqueños, gente, en fin, que se suponía que sabían quién era el nefasto personaje no vacilaron en apoyarlo y financiarlo. Y en lugar de respaldar la candidatura de un gobernador exitoso, formado y capaz como Henrique Salas Römer, prefirieron respaldar al golpista de 1992. Ya sabemos las trágicas consecuencias que trajo consigo tan irresponsable actitud.

Sin embargo, el voto emocional persiste, a pesar de sus efectos nocivos, aquí y en todas partes. En nuestro caso, donde el único recurso que tenemos es el voto para salir de la tragedia que sufrimos desde hace ya un cuarto de siglo, deberíamos tomar conciencia de la necesidad de ejercerlo racionalmente y no de manera emocional.

Lo que se nos avecina es muy serio y complejo. Derrotar a una autocracia como la actual va más allá de ganarle las elecciones en 2024. Se trata, aparte de cobrar la victoria, de iniciar un proceso de transición que necesariamente lleva implícito dialogar y negociar con el régimen chavomadurista, tarea tan necesaria como complicada, y no cualquiera podría estar en capacidad de adelantarla.

Ese proceso necesitará que el presidente electo por la gran mayoría de los venezolanos convoque a la unidad nacional y a la conciliación entre todos, sin apelar a retaliaciones y venganzas, como lamentablemente lo hizo Chávez cuando asumió el poder. Esa práctica nefasta hay que desterrarla, porque la situación del país es de tal gravedad que se necesitará un clima de confianza para poder atraer inversionistas, recuperar PDVSA y las empresas del Estado, privatizar las que sean convenientes, resolver la crisis sanitaria y educativa y, sobre todo, aplicar con urgencia correctivos para crear empleos y mejorar la capacidad adquisitiva de todos. Esas son las tareas más urgentes y deben ser acometidas de inmediato.

Tan colosal desafío necesitará un presidente con condiciones de estadista, un constructor de consensos unitarios, alguien que tenga la habilidad y el tesón que permitieron a Patricio Aylwin o a Nelson Mandela -guardando las distancias históricas y personales, y solo a modo de ejemplo, por supuesto- superar los enfrentamientos anteriores con el poder que derrotaron y marchar exitosamente hacia una transición lo más amplia posible.

Pienso que alguien con las condiciones de César Pérez Vivas podría cumplir esa exigente tarea, si lo elegimos candidato unitario el 22 de octubre, como creo que resulta conveniente. Se trata de un político con experiencia parlamentaria y de gobierno, con largos años en contacto con la gente y sus problemas, bien formado y equipado intelectualmente para presidir la transición, ajeno a posiciones extremistas y populistas, ubicado en el centro político y quien está muy lejos de la figura del vengador que ya probamos amargamente desde 1998 y que sería fatal que surgiera otra vez para atizar odios y divisiones entre los venezolanos.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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