En la aldea
18 mayo 2024

La guerra contra Hamás y la fórmula española de cazar judaizantes

“Los hechos relacionados con las comunidades judías que viven en España durante el comienzo de la historia moderna no son un mal sendero para aproximarnos a los prejuicios que habitualmente orientan o pueden orientar el análisis del conflicto que ahora sucede. De allí que acuda al ‘Edicto de Fe’ de 1519. ¿Se borraron de nuestra conducta de individuos del futuro esos prejuicios y esos miramientos ortodoxos que provenían de una autoridad indiscutible, cuya desobediencia podía conducir a la eterna condenación?”.

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Elías Pino Iturrieta | 12 noviembre 2023

La comprensión de la guerra de Israel con Hamás nos remite a un proceso antiguo y doloroso. No estamos ante un problema exclusivo de nuestros días, sino frente a una imposición o una exigencia de diferenciación cultural de antigua data, capaz de dejar huellas sombrías en la posteridad. Dentro de esta perspectiva, los hechos relacionados con las comunidades judías que viven en España durante el comienzo de la historia moderna no son un mal sendero para aproximarnos a los prejuicios que habitualmente orientan o pueden orientar el análisis del conflicto que ahora sucede. ¿Nuestras ramas no vienen de ese árbol? De allí que acuda a un documento de importancia sobre una persecución “pacífica y civilizada”, gracias a cuyo conocimiento tal vez entendamos, sin la habitual superficialidad, lo que sentimos sobre lo que está pasando ahora frente a nuestras narices.

Se trata de un Edicto de Fe publicado en Valencia por el comisario de la Inquisición en 1519, que pide a los fieles la denuncia de las siguientes anomalías, so pena de excomunión y persecución: “Acusar a los que observan las noches de los viernes y los sábados; poniéndose ropa interior limpia los sábados y llevando mejores ropas que en los demás días”. La información es preciosa para considerar los detalles a los cuales acuden los inquisidores en la pesca de herejes, y la puntillosa obligación que imponían a las gentes comunes como colaboradores en su sacrosanta misión. Pero, si es por detalles, son lo que sobra en el documento.

“La historia es un mandato de los difuntos, afirma la historiografía de las mentalidades”

El Edicto de Fe, al cual se debe acudir por la elocuencia de sus disposiciones, pide a los fieles que estén atentos de los siguientes individuos sospechosos de pecados de herejía: aquellos que “preparan en los viernes los alimentos para los sábados, en cazuelas sobre hogueras pequeñas; que no trabajen en las noches de los viernes; pongan ropa limpia en las camas y servilletas limpias en la mesa; celebren la fiesta del pan sin levadura, coman pan sin levadura y apio y yerbas amargas”. Hasta esos pormenores de la cotidianidad  llega la Inquisición en sus afanes detectivescos contra los judaizantes.

La disposición insiste en la necesidad de denunciar: a los que “recen plegarias de acuerdo con la ley de Moisés, de pie ante la pared, balaceándose hacia atrás y hacia adelante, y dando unos cuantos pasos hacia atrás; que den dinero para el aceite del templo judío u otro lugar secreto de oración, o que maten aves de corral de acuerdo con la ley judaica”. Como se observa, asuntos de la vida privada, detalles que solo conciernen a quienes viven en la intimidad de los hogares, actos de conciencia que no han de tener necesariamente influencia en el desenvolvimiento de la comunidad, son o deben ser objeto de pormenorizadas pesquisas.

Pero hay más alrededor de los que se alimentan de manera heterodoxa y pecaminosa. El Edicto ordena a los fieles la denuncia de los vecinos: “que maten aves de corral de acuerdo con la ley judaica, y se abstengan de comer cordero o cualquier otro animal que sea trefa; que no deseen comer cerdo salado, liebres, conejos, caracoles o pescado que no tenga escamas”. Todas estas minucias no podían escapar a la vigilancia de los feligreses, quienes debían denunciarlas ante el comisariato religioso para no convertirse en cómplices de pecados contra la pureza de la fe. Era obligatoria la averiguación del cerdo de los “marranos”, pues así llamaban los españoles a los conversos después de la expulsión de la comunidad israelita decretada por los reyes católicos.

Ahora llegamos al capítulo de los pecados funerarios. El Edicto solicita especial atención a las costumbres de los vecinos en materia de enterramientos y oficios de vela de cadáveres. Era esencial, de acuerdo con los mandatos del severo documento, la necesidad de denunciar a las personas que: “bañen los cuerpos de sus muertos y los entierren en suelo virgen, de acuerdo con la costumbre judía; y que invoquen a los demonios y les rindan el honor que le es debido a Dios”. Es evidente la relación que establece el inquisidor entre los hábitos de despedir y honrar a los difuntos y la influencia de Satanás, motivo de sobra para convertir a los vecindarios de la época en partícipes activos de cacerías que podían tener graves consecuencias para personas conocidas y pacíficas del barrio, que no hacían mal a nadie si tomaban el riesgo de salirse de las costumbres católicas ante el fin de la vida de sus familiares y sus amigos más queridos.

Veamos  ahora cómo ordena el Inquisidor la denuncia de detalles de la intimidad familiar que deben corregirse con rigor, como si se tratara de felonías contra el bien común. Es importante acusar ante el tribunal a: “aquellos que, cuando sus hijos les besan las manos, colocan las manos sobre las cabezas de los niños sin hacer la Señal de la Cruz; o que, después de comer o cenar, bendicen el vino y lo pasan a todos los que se sientan a la mesa, bendición a la que llaman la “veraha”. En la época no se consideraban estas instigaciones al espionaje de la vida privada como un abuso, como una intromisión injustificada, sino como obligaciones de buen cristiano que serían premiadas por la Iglesia aquí y en el más allá.

Se llega al extremo de instigar la denuncia de los descendientes de hebreos que, ya convertidos, ya miembros de la catolicidad, ya parte de la grey en los templos, ejercían funciones de importancia en la comunidad, o destacaban por algunos testimonios de ascenso social. Leamos otro fragmento del férreo documento: “Prontamente informar si algunas personas son hijos o nietos de los condenados y, siendo descalificadas, hicieran uso de cargo público, o portasen armas o llevaran seda o paño fino, o adornasen sus vestidos con oro, plata, perlas  u otras piedras preciosas o coral, o hicieran uso de alguna otra cosa que les está prohibida, o están descalificados para tener”. Mandatos de esta naturaleza podían proveer a los inquisidores de una legión de denunciantes en las ciudades, villas y aldeas en cuyo seno pudieran destacar, por su trabajo o por su indumentaria, los descendientes de los hebreos perseguidos y condenados antes por ser hebreos, pero de cuya fe se habían desligado formalmente al recibir el sacramento del Bautismo.

El Edicto de Fe termina señalando las penas que impondrá a los fieles que no colaboren en la denuncia de los conversos sospechosos de maldad. Veamos: “Se tomarán medidas para dar y promulgar sentencia de excomunión contra vosotros; ordenamos que seáis excomulgados, anatematizados, maldecidos, segregados y separados como asociados del demonio, de la unión con y la inclusión en la Santa Madre Iglesia, y los sacramentos de la misma. Y ordenamos a los vicarios, rectores, capellanes y sacristanes y a cualesquiera otras personas religiosas o eclesiásticas que consideren y traten a los antes citados como excomulgados y maldecidos por haber incurrido en la ira y la indignación de Dios Todopoderoso, y de la Gloriosa Virgen María, Su Madre, y de los apóstoles beatificados san Pedro y san Pablo y todos los santos de la Corte Celestial; y que sobre los rebeldes y desobedientes que oculten la verdad en relación con las cosas mencionadas, caigan todas las plagas y maldiciones que cayeron y descendieron sobre el Rey Faraón y su hueste por no haber obedecido los mandamientos divinos”.

La amenaza de todas las potestades del firmamento, en suma. ¿Quién se atreve entonces a desoír las solicitudes de vigilancia y persecución de judaizantes? Quizá un demente, o un idiota. Pero, para terminar y después de pensar que las cosas no pasan de un día para otro, que los hijos de los gatos siguen cazando ratones porque para esa faena vinieron al mundo, pese a las escuelas contra engatusados, se pueden formular preguntas tan atrevidas, pero también tan pertinentes, como las que siguen: ¿Se borraron de nuestra conducta de individuos del futuro esos prejuicios y esos miramientos ortodoxos que provenían de una autoridad indiscutible, cuya desobediencia podía conducir a la eterna condenación?, ¿hace falta la lectura del Edicto de 1519 para tenerlos presentes?, ¿no influyen, en algún lugar recóndito de nuestra sensibilidad, cuando comentamos, por ejemplo, las noticias sobre la guerra de Israel contra Hamás mencionada al principio? La historia es un mandato de los difuntos, afirma la historiografía de las mentalidades.

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