Corría el año 1967. En cuestión de meses, la vida de Concepción había dado un giro sorprendente. De ser un espectador anónimo en los bleachers del José Pérez Colmenares de Maracay, estampaba ahora su firma en un doble acuerdo: uno con los Tigres de Aragua y otro con la organización de los Rojos de Cincinnati.
El debut de David en la Liga Venezolana de Béisbol Profesional (LVBP) se produjo pocas semanas después de haber regresado del nacional Doble A disputado en Caracas. El 13 de octubre de 1967, día inaugural de la temporada, el novato se uniformó convencido de que pasaría la noche en la banca del equipo felino. Sin embargo, otra sorpresa aguardaba; el mánager Wilfredo Calviño sorprendió a todos al incluirlo como segunda base en la alineación titular.
La suerte, de nuevo, le daba un empujoncito al futuro rey: por cosas del destino, el importado que sería responsable de defender la intermedia por los bengalíes no pudo venir. Así que, sin más ni más, David Ismael se encontró a sí mismo desde el primer día haciendo llave alrededor de la segunda almohadilla con el grandeliga cubano Jacinto (Jacky) Hernández, y atrapando batazos de nombres que, hasta hace pocos meses, admiraba desde las gradas. Durante esa temporada enfrentó a luminarias como Víctor Davalillo, César Tovar, Teodoro Obregón y Teolindo Acosta, mientras que en el plato le tocó retar a brazos como los de Luis Peñalver, Diego Segí y el recordado Néstor “Látigo” Chávez, este último en su campaña final en Venezuela, antes de perder la vida en el trágico accidente del vuelo 742 de Viasa, el 16 de marzo de 1969 en Maracaibo.
En esa temporada Concepción participó en 39 juegos, tomó 128 turnos al bate y dejó un promedio de .203, con un slugging de .211; números discretos si los comparamos con los del galardonado con el premio Novato del Año, Carlos Santeliz, quien bateó para .293, con un slugging de .353 en 42 juegos. Santeliz, que venía de su primera experiencia en el sistema de las mayores en la filial A de Atlanta, había debutado un año antes en la Liga venezolana, pero en aquella oportunidad no reunió los turnos suficientes para ser considerado elegible para el premio. Lamentablemente, el prospecto de la Major League Baseball falleció doce meses más tarde, junto a “Látigo” Chávez, en el accidente aéreo de Maracaibo.
Ese año del debut de David, los Tigres clasificaron por primera vez a la postemporada y terminaron subcampeones detrás de los Leones del Caracas. Faltó muy poco para que Concepción arrancara en la Liga saliendo campeón. Los Tigres llegaron a la novena entrada del último encuentro de los play off ganando una por cero, cuando un error del lanzador abrió la puerta para que el sueño se arruinara. De cualquier manera, el aura de David seguía encendida.
Pocas semanas después de terminar la temporada, el aragüeño estaba haciendo maletas para reportarse con los Tampa Tarpons, filia A de Cincinnati. Imaginemos al rey saliendo de Barrio Belén por la remozada Avenida Bolívar, despidiéndose del recién inaugurado Obelisco y tomando la autopista rumbo a Caracas. Como narró el propio David en una entrevista a Mari Montes, él debía volar junto a otros tres prospectos firmados por Cincinnati ese año y, como alguna novatada tarde o temprano hay que pagar, el muchacho de Ocumare fue el único que se presentó en el aeropuerto de Maiquetía sin la visa para un sueño, como dice Juan Luis Guerra. ¿Qué es eso de una visa? Bueno, David, algo para lo que tienes que hacer cola desde las “cinco e’ la mañana”, solo que en aquellos tiempos la cosa no era tan dramática, y nadie tenía que amanecer frente al consulado. El solicitante llegaba en el horario correspondiente, entregaba los recaudos, el funcionario consular examinaba el caso y, si consideraba que eras digno de entrar en los Estados Unidos, él mismo estampaba el sello en el pasaporte y te lo entregaba listo para viajar. Era 1968, vivíamos en democracia y empezábamos a saborear las uvas dulces de una economía que crecía de una manera que parecía sana; así que, más allá de los “cabezas calientes” de izquierda que en plena guerra fría representaban una especie de virus radioactivo para las barras y las estrellas (Venezuela atravesaba un período de intensa actividad guerrillera de izquierda), la mayoría de los venezolanos no representaba mayor peligro para la tierra del Tío Sam.
David volvió a Caracas, obtuvo su sello y, al día siguiente, surcó los cielos por primera vez en su vida. Entonces llegó a Miami y de ahí a Tampa; todo esto sin saber decir ni “yes”. ¿Y ahora qué hago? Salir de la terminal y buscar a algún taxista a quien enseñar el papelito que tenía en el bolsillo con el nombre del hotel. Allá afuera hacía frío, mucho frío. La temperatura oscilaba entre 11 y 15 grados Celsius; el Polo Norte para un muchacho criado en Maracay. Traten de imaginar el abrigo que aquel imberbe tropical podía llevar consigo.
Concepción llegó a la organización de Cincinnati como segunda base. Sin embargo, es bien sabido que, en lo que respecta a deportes, así como en algunas otras cosas, los gringos son expertos en averiguar para qué eres realmente bueno, es decir, dónde pueden sacarte el mejor provecho. David era muy alto para los estándares de la época, y más aún para la segunda base. Tenía un buen brazo, cubría buen terreno y no era el fornido sacapelotas que cuadrara como jugador de tercera o primera base; así que lo probaron en el campocorto. Listo, no se diga más, ahí es donde usted pertenece.
A partir de ese momento, Concepción comenzó a perfeccionar su desenvolvimiento en la nueva posición; ahí jugó cada vez que vio acción con los Tigres en su segunda temporada en la Liga (68-69), una zafra que, al bate, resultó aún más discreta que la anterior. Sin embargo, David regresó a los play off ese año y, de nuevo, su Aragua terminó en el segundo lugar, esta vez detrás de Tiburones de La Guaira.
Mientras en Venezuela Rafael Caldera se estrenaba como presidente, David regresó a los Estados Unidos para su segundo año en las menores (1969). Esta vez fue asignado al Asheville, sucursal AA de Cincinnati, donde su bate estalló y empezó a repartir palo por todos lados. A mitad de temporada, Frank Duffy, campocorto de Indianápolis, sucursal Triple A de la organización, fue llamado al servicio militar. El de Ocumare fue entonces ascendido para cubrir la posición, tarea que desempeñó con solvencia al guante, además de montar un promedio de bateo por encima de trescientos. Cuando Duffy terminó su deber con las armas, regresó al equipo y a David le comunicaron que sería enviado de regreso al Doble A.
El muchacho de Aragua se plantó en las oficinas de la directiva: “No quiero bajar. ¿Cómo hacemos?” Bueno, no fue así como se los dijo, pero ese fue el mensaje. La gerencia respondió que Duffy era el titular de la posición, pero David insistió. ¿Qué parte de “no quiero bajar” no entendieron? Dado el alto promedio que el aragüeño exhibía al bate, Indianápolis pensó que podía usarlo para sus propósitos, solo que en otra posición, y así se lo hizo saber.
El futuro rey estaba decidido a no dar un paso atrás, así que respondió que lo alinearan donde fuera. El promedio de David se mantuvo ese año por encima de .340 y, como todos sabemos, ¿quién sienta a un bate encendido? Concepción terminó esa temporada en Triple A jugando diferentes posiciones. Una vez más, el ángel de la guarda obró a favor del aragüeño. No es común que la insistencia de un muchacho haga cambiar de decisión a una organización, y mucho menos a nivel de las menores. Dejar a David en Triple A, privándolo de horas de vuelo en el campocorto, podría ser una señal de que no figuraba en los planes como futuro titular de la posición en las mayores. Estamos especulando, pero tiene sentido pensar que la organización apostaba por Duffy para ese rol.
Cuando la campaña de 1969 terminó en el norte, Cincinnati contrató a Sparky Anderson para dirigir al equipo grande en 1970. Como el ángel guardián de David viajaba con él a todas partes, de regreso en Venezuela ese ser celestial puso a Roger Craig como mánager de los Tigres para la 69-70. Craig venía de trabajar junto a Anderson como parte del equipo técnico de los Padres de San Diego. ¿Ya ven por dónde va la cosa? Roger quedó impresionado con el desempeño de Concepción y llamó a su amigo Sparky para echarle el chisme. O quizás fue Sparky quien llamó a Roger. Quién sabe, por ahí circulan ambas versiones. Lo cierto es que David no estaba en los planes iniciales de los Rojos para ese año, pero Craig convenció al dirigente de Cincinnati de que lo invitara al Spring Training, y así terminó sucediendo.
Para sorpresa de todos, el muchacho de Ocumare logró hacer el equipo como campocorto, mientras que Duffy fue enviado de vuelta a Triple A. Sparky Anderson debe haber quedado impresionado con la actuación del venezolano aquella primavera, porque a partir de ese momento lo acogió como el principal prospecto de los Rojos para el futuro en esa posición. Ese año, en el equipo grande, el aragüeño alternaría oportunidades con Darrel Chaney y Woody Woodward. El primero en el rol de utility, mientras que el segundo aportaba su experiencia de siete temporadas en la Gran Carpa para estabilizar la posición hasta que David se adueñara de ella.
David volvía a esquivar trancas para tomar la autopista. En pocos meses, el aragüeño pasó de ser el tipo al que querían regresar a Doble A a uno que debutaba en las Grandes Ligas como principal aspirante a la titularidad en el puesto de campocorto. Como sabemos, David no llegaba a un sitio cualquiera. Él llegó a unos Rojos que ya contaban con Pete Rose, Johnny Bench y el cubano Tony Pérez. De hecho, fue Tony quien, el último día de corte del Spring training, le dio la noticia al venezolano: “No busques tu bolso, que hiciste el equipo”. Pérez acompañó a Concepción a la oficina de Sparky y sirvió de traductor. Se empezaba a engranar lo que sería la Gran Maquinaria Roja.
En aquellos días, las Grandes Ligas conservaba la tradición de inaugurar las temporadas en la ciudad de Cincinnati, por lo que los actos que cada año precedían al primer juego de los Rojos eran especiales. Todo ese ambiente debe haber sido como un sueño para David. Tal como había sucedido poco más de dos años antes en Venezuela, David se uniformó esa tarde esperando ver la ceremonia desde la cueva para luego calentar la banca durante las nueve entradas. Sin embargo, y como ya usted debe adivinar, el destino le brindó una nueva sorpresa y su nombre fue incluido en la alineación abridora como octavo bate y campocorto. La realidad superaba cualquier fantasía.
David Ismael Concepción Benítez debutó en las mayores el 06 de abril de 1970 en el Crosley Field de Cincinnati. Era el venezolano número 18 en jugar en las Grandes Ligas y el segundo “Concepción” en la historia de la Gran Carpa, después de Ramón “Mochile” Concepción, un puertorriqueño que en 1934 pichó dos entradas para los Philadelphia Bacharach Giants, un equipo de la Negro National League, reconocida desde 2020 como parte de la Major League Baseball.
Cincinnati, David y el también debutante —pero como mánager—, Sparky Anderson, arrancaron el año ganando ese primer juego por 5-1 a los Expos de Montreal, con labor completa del lanzador Jim Merritt, que ponchó a ocho y permitió solo tres imparables. ¿Se imaginan hoy en día a un pitcher lanzando un juego completo el día inaugural? Casi imposible, incluso avanzada la temporada. Eran otros tiempos. Merritt terminó ganando 20 juegos esa temporada.
Por su parte, el de Ocumare jugó las nueve entradas y se fue en blanco en cuatro turnos, ponchándose dos veces y mandando una pelota fuera del estadio, pero no con el bate, sino con el brazo en un terrible disparo a la primera base. “No te preocupes, en mi primer juego en las Grandes Ligas de broma le vuelo la cabeza a un fanático”, comentó el rey a un amigo que, una tarde decembrina en el patio de su casa en Barrio Belén, jugó una piedra catastrófica en la mesa de dominó.
Como dijo David, nada de qué preocuparse. Ese año, el de Aragua participó en 101 juegos, 55 de ellos completos, en los que dejó un respetable promedio al bate de .260 y un slugging de .317. Su primer inatrapable llegó en el tercer encuentro de la temporada, un doblete ante el lanzador Fred Norman en el Dodger Stadium.
Cincinnati ganó la división y, tal como lo había hecho en Venezuela, el nativo de Ocumare saboreó la postemporada en su año de debut. En la Serie de Campeonato de la Liga Nacional, los Rojos barrieron a los Piratas de Pittsburgh en tres encuentros; sin embargo, en la Serie Mundial terminaron cayendo por 4-1 ante los Orioles de Baltimore. Concepción participó en tres de los cinco juegos de la justa, en los que conectó dos sencillos y un triple en nueve turnos e impulsó tres rayitas. Nunca un venezolano había empujado tres carreras en una Serie Mundial.
Las cosas arrancaron bien en el norte para un David acostumbrado a ganar y a avanzar a paso acelerado. Sin embargo, algunas piedras le hicieron temer que su suerte pudiese cambiar, aunque, como siempre lo hacía, el aragüeño sorteó los escollos con rapidez. De eso hablaremos en la próxima entrega.
