
Supongamos que somos Dinorah
¿Qué debería exigir antes de asumir una responsabilidad que puede marcar el desenlace político del país? ¿Qué puede aceptar y qué no? ¿Cómo responder ante millones de venezolanos si el camino no conduce a elecciones creíbles, en un plazo válido y con la principal líder del país en la carrera?
Vivimos en altos grados de ansiedad e incertidumbre políticas. De ahí que sea muy fuerte la inclinación a sumergirnos en el torbellino de los sucesos políticos, de las noticias, análisis y rumores que se suceden sin descanso, a ver si damos con una interpretación que nos tranquilice, con una señal de la que sacar algo en claro. Cosa esa, en realidad, muy difícil, pues el sucederse de las cosas es muy vertiginoso y muchas veces aparentemente contradictorio, de modo que sacar algo duraderamente en limpio es, en verdad, cuesta arriba.
Siendo ello así, parece recomendable explorar las realidades de fondo que podemos suponer que van a ir conduciendo el acontecer, por entre todo ese torbellino cotidiano, al destino que le corresponde: un cambio político democrático satisfactorio.
Fijemos, por ejemplo, el foco en uno de los protagonistas clave de la situación que se vive: Dinorah Figuera. Pongámonos, por decirlo así, en sus zapatos —en el entendido, además, de que todo cuanto voy a decir aplica, en la proporción que corresponda, para sus compañeros de comisión—. Así pues, ¿cuál nos imaginamos que sería la lógica racional y emocional de una persona colocada en la situación en que Dinorah se encuentra?
Para dar con la respuesta, hablemos imaginariamente en primera persona:
“Yo sé que estoy en la lupa de treinta millones de venezolanos, pendientes de mis menores movimientos y declaraciones. Son ellos los que me van a pedir cuentas de lo que yo haga, de lo que yo logre. No puedo aceptar la misión que el secretario de Estado quiere que yo cumpla si no estoy segura de que voy a llegar a buen puerto. A él puede que no le importe tanto —no sé—, pero a mí sí. Es mi nombre, soy yo la que, de fallar, va a quedar para el ludibrio, la burla, el desprecio de mis compatriotas y de la historia de mi país.
Al fin y al cabo, el secretario de Estado no tiene que rendir cuentas ante los venezolanos. Pero yo sí. De modo que solo si puedo contar con que la ruta que se me pide que atraviese va a llevar a unas elecciones creíbles, en un plazo válido y con la principal líder del país en la carrera, puedo yo aceptar el rol que se me requiere que juegue. Si no, que se busque otro —u otra— el señor secretario Rubio.
No puedo yo aparecerme ante esos treinta millones con que vamos a tener elecciones de alcaldes el próximo año. No tengo cara para eso. Yo soy Dinorah Figuera, médico y diputada venezolana, de Catia, y no puedo echar ese nombre en el pipote de basura de la historia y en el rincón más oscuro del pensamiento de los venezolanos.
Pero hay más. Es posible o probable que lleguen momentos críticos en las conversaciones con los delegados de la otra parte. Yo tengo que estar segura de que, en esos casos, contaré, de parte del gobierno que ha montado todo esto y que quiere que yo acepte entrar en ese brete, con todo el respaldo y la presión necesarios para asegurar un desenlace feliz de esos puntos críticos.
Supongo que el señor secretario de Estado ha pensado todo esto. No es tan difícil ponerse en mis zapatos para imaginarse el rol que quiero estar segura de poder cumplir. Pero he de hacérselo saber, remachar si ya lo sabe, y dejarlo completamente claro.
También espero que mis compatriotas se pongan en mi lugar e imaginen correctamente cómo una venezolana de bien ha de pensar y ha de exigirse, colocada en el lugar en que yo estoy. No van, ya lo sé, a retirar la lupa esos treinta millones de hermanos hasta no ver el final. Pero tal vez pensar en mí, en lo que de mí se puede esperar y en lo que yo misma he de esperar de mí, les alivie un poco las angustias”.