
Farruco Sesto según sus escrituras
Una serie en nueve entregas (7 de 9)
La seguridad de que venceremos
Así usa Farruco Sesto la palabra «seguridad» en sus decenas de libros y centenares de columnas. Como apuesta, como convicción, como juramento. De sus 104 apariciones, solo diez están cerca de una vivienda, y ninguna de esas diez dice que una construcción deba resistir.
«Claro que sí, Comandante: tenga la seguridad. Ni los ataques del enemigo, ni las incomprensiones de algunos amigos, impedirán que construyamos las viviendas que nuestro pueblo requiere».
Esto se lo escribió Farruco Sesto a Hugo Chávez y lo contó él mismo en Chávez, de quien doy fe, la versión castellana de un libro que redactó primero en gallego y que publicó en Vigo, en abril de 2020, la Agrupación Xosé Velo (no se sabe con financiamiento de quién). Cuenta que le mostró a Chávez unos dibujos de edificios de vivienda sobre terrazas, en Ciudad Caribia, que le pidió que se los firmara, y que Chávez firmó, puso la fecha y anotó encima una instrucción de dos palabras: «Farruco: ¡cumplir!».
Tenga la seguridad, le dice, y está hablando de unas viviendas que todavía no existen…
Así, con esa ligereza, es como Farruco Sesto usó la palabra «seguridad» durante veinte años. Esto es, lo contrario de lo que significa. La usaba como requiebro amoroso, como promesa de cumbiambera (hojas que se lleva el viento).
En los diecisiete libros suyos que pueden leerse hoy, casi cuatro millones de caracteres publicados entre 2006 y 2024, la palabra «seguridad» aparece 104 veces, de las cuales apenas diez caen a menos de un renglón de las palabras vivienda, casa, edificio o dormir. En ninguno de los casos dice que una vivienda deba resistir algo.
Seis de esos libros los publicaron órganos del Estado venezolano, entre ellos la Fundación Editorial El Perro y la Rana, el Correo del Orinoco, el Instituto de Altos Estudios del Pensamiento del Comandante Supremo Hugo Chávez y la propia Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales; es decir, en varios casos, instituciones que él mismo dirigía. Dos salieron en Vigo y los otros nueve los publicó él, como edición de autor, cuando se desempeñaba como ministro de Cultura, de Vivienda y de Estado para la Transformación Revolucionaria de la Gran Caracas, respectivamente, así como presidente de la Opppe.
Poeta de la vida, inmortal, invulnerable
Mientras su oficina levantaba once mil viviendas, Farruco Sesto escribió 1.153 páginas en el diario del Estado. 632 columnas semanales sobre el amor a la patria, la lealtad y, más que nada, sobre el adversario —la oposición venezolana, los medios privados y Estados Unidos—, al que aludía como canalla mediática, escuálidos, quinta columna, sirvientes, comisarios y atracadores.
De esos 632 artículos, doce nombran una casa, un edificio o la ciudad.
Veintisiete de esas notas constituyen una serie… de adulación extrema. Entre marzo y septiembre de 2012, su columna del Correo del Orinoco se llamó «¡Bolivariano y… Chavista!» y, de sus 28 entregas, 27 se titulan «Chávez y…». Y la religión, y la llaneridad, y la poesía, y las matemáticas, y la oligarquía, y Bolívar, y Fidel.
La primera dice para qué es: la columna se dedicará a «apoyarse en ese afecto profundo que la mayoría del pueblo siente por su Comandante, para desarrollar ideas que puedan insertarse en la presente Batalla de Carabobo». Así llamaban a la campaña presidencial. La elección fue el 7 de octubre. La serie se detuvo 17 días antes y él ya era presidente de la Opppe.
Ahí Chávez es «un jefe extraordinario», «un maestro», «poeta de la vida», «el hacedor de este poderoso milagro», «inmortal», «invulnerable».
De Fidel Castro escribió, en enero de 2012, que «ha sido para mí un jefe y un maestro a lo largo de la vida», y que cada vez que Cubadebate publica una de sus reflexiones «todos nosotros amanecemos más sabios». Al morir Castro, en diciembre de 2016, escribió que lloró «en la soledad» de sus «cinco de la mañana, frente a la computadora».
En Mar de leva, el volumen donde reunió las 632 columnas que publicó en el Correo del Orinoco entre 2009 y 2022, y que editó él mismo en Vigo en 2023, la palabra aparece 60 veces, y casi siempre quiere decir lo mismo: nada.
Escribiendo sobre los damnificados de las lluvias, después de asegurar que el Gobierno comprometería «la voluntad y hasta la propia vida» en resolverles el problema, remata así: «Y tengan la seguridad de que ¡venceremos!».
Haciendo balance del proceso bolivariano, celebra que el país ya sea otro «con la seguridad casi absoluta de que no hay retroceso posible».
Rezando por Chávez enfermo, dice que lo hace «con la seguridad de que hasta el último minuto del tiempo que nos sea dado, nos acompañará en la aventura de vivir».
Y en su libro Notas sobre el arte de gobernar en revolución, que imprimió como edición de autor en agosto de 2009, dos meses antes de que Chávez le entregara por decreto la Opppe, dedica un capítulo entero a explicar que «la seguridad en la lealtad entre sí y con un proyecto común, por parte de los camaradas, es el principal instrumento que permite trabajar en equipo».
Lo incalculable
Convicción. Confianza. Promesa. Lealtad. Nada de eso se calcula, se firma ni se inspecciona.
En una obra de construcción, la noción de seguridad apunta a otra cosa: a que el suelo aguante lo que se le va a poner encima, que el cálculo esté firmado, que la estructura responda ante un movimiento y que alguien haya verificado las tres cosas antes de que se instale una familia.
Hay dos excepciones.
En el conjunto de las publicaciones de Farruco Sesto hay dos pasajes en los que la palabra «seguridad» tiene ese segundo sentido, el técnico, el real. Ambos están en el mismo libro y hablan del mismo edificio.
Es El Mausoleo del Libertador, el volumen de 320 páginas que editó su oficina, cuyo arte final quedó listo en noviembre de 2013 y que él colgó en su blog en julio de 2015.
Ahí escribe que el nuevo emplazamiento del sarcófago es «un espacio de mayor seguridad para los restos de El Libertador, que son el patrimonio material más sagrado y valioso de la nación», y que esos restos quedarán «resguardados en una edificación antisísmica, acondicionada climáticamente y con mejores condiciones de seguridad, para las generaciones futuras».
Cuando son personas vivas, no hay seguridad en el sentido técnico, sino solo en el retórico-amoroso.
Vivienda para el socialismo… sin seguridad
El 20 de abril de 2009, Farruco Sesto firmó en Caracas un documento de 46 páginas y se lo entregó en mano a Chávez. Se llama Vivienda para el socialismo. Memoria conceptual de una gestión, lo imprimió él mismo ese agosto sin editorial, en su colección Cuadernos para la Comuna, y es la rendición de cuentas de su paso por el Ministerio de Vivienda.
Ahí fijó cómo debía construirse la vivienda en Venezuela.
La palabra seguridad no aparece en esas 46 páginas.
Tampoco sismo, ni sísmico, ni terremoto, ni fundaciones, ni pilotes.
La palabra costo aparece treinta y ocho veces.
De las diez apariciones que rozan una vivienda, dos son la muletilla «con seguridad», que quiere decir «seguramente»; dos hablan de inseguridad en la calle; una enumera temas de debate pendientes; otra promete «darle hogar y seguridad a cada familia»; otra es la que le escribió a Chávez sobre los dibujos de Ciudad Caribia; otra está dentro de una cita de Chávez que enumera educación, salud, vivienda, seguridad y empleo; y otra es la del Mausoleo.
Queda una, la única en toda su obra en la que la palabra aparece pegada a la idea de dormir bajo un techo. Está en La OPPPE como legado del Presidente Chávez, el cuaderno de 28 páginas que publicó en julio de 2015:
«Las necesidades primarias del humano dónde vivir, dónde pisar, dónde dormir con seguridad, dónde crecer, dónde amar, dónde parir ¡la vida pues!».
Y no es de él, la copió de un discurso de Chávez.
Ninguno de los dos tuvo jamás la previsión de asegurar la firmeza de las viviendas del pueblo.