
La maldición del recurso
Héctor Schamis advierte que el reciente pacto petrolero con EE. UU.—opaco, sin legitimidad y con los mismos operadores y "bolichicos"— perpetúa la maldición: reparte rentas inmediatas entre cúpulas sin crear institucionalidad, ahuyenta la inversión seria y posterga indefinidamente la transición democrática.
Una característica de las naciones en desarrollo es que sus economías generalmente funcionan en base a exportar recursos naturales. La literatura vigente sobre el tema ha identificado y documentado un cierto patrón de desarrollo. Esas economías crecen durante shocks de precios favorables, pero con las clásicas distorsiones de la “enfermedad holandesa”. El exceso de divisas aprecia el tipo de cambio real, afectando la competitividad del sector industrial y desplazando el grueso de la inversión hacia el sector exportador.
De este modo, la renta exportadora financia importaciones de manufacturas. Cuando el ciclo de precios cambia —o sea, los precios internacionales caen—, se desacelera el crecimiento. En consecuencia, en estos países la economía crece por debajo de su potencial, modestamente en el largo plazo y con visibles desequilibrios sectoriales y regionales. Ello como resultado de pronunciados ciclos de auge y caída: “boom and bust”, nos ilustra esa literatura.
Típicamente, ello ocurre por la propensión a adoptar políticas pro-cíclicas; es decir, a gastar durante el boom sin ahorrar recursos para afrontar el cambio de ciclo. O sea, la tendencia a implementar políticas fiscales expansivas e inconsistentes, lo cual agrega otro desequilibrio: de presupuesto. El final de este camino a menudo encuentra a estas naciones en medio de una gran crisis macroeconómica y una masiva destrucción de activos. Tanta riqueza los ha hecho pobres; de eso trata “la maldición del recurso”.
Lo anterior tiene una contraparte en el Estado y la política. Allí se reflejan estos ciclos, al mismo tiempo que se exacerban. Diversas facciones se disputan las rentas del recurso a efectos de distribuir beneficios entre sus clientes políticos. Ello es posible por un aparato estatal de tenue densidad institucional, propicio para el clientelismo y la captura burocrática; o sea, para la corrupción.
He allí una suerte de segunda maldición del recurso. Si tanta riqueza no se traduce en una prosperidad perdurable, y tan solo en ciclos de expansión y contracción, dicha dinámica también dificulta la construcción de instituciones propias de un Estado de Derecho. La democracia, entonces, es la otra víctima de la maldición del recurso. Noruega—con dos tercios de su canasta exportadora en gas y petróleo—es una excepción a la regla, pues “descubrió” la democracia casi un siglo antes de descubrir petróleo. Es decir, una densa institucionalidad estatal precedió al petróleo en una afortunada secuencia histórica.
La historia de Venezuela, por su parte, ilustra el argumento “a contrario”. La era del Punto Fijo, democrática mientras el resto de América Latina estaba bajo dictaduras militares, constituía una cierta anomalía teórica. De hecho, era democrática no por su riqueza petrolera sino a pesar de ella. En la década de los setenta la economía creció de manera extraordinaria, aprovechando el boom de precios durante el embargo de OPEP, con la consiguiente apreciación de activos; el efecto riqueza. Siempre temporario, el boom se agotó una vez que la Reserva Federal aumentó las tasas de interés en 1981. Fue el comienzo de la “crisis de la deuda”.
El programa de estabilización ortodoxo de la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez fue por ello inevitable. Incluyó la devaluación de la moneda, reducción de subsidios, ajuste fiscal y liberalización de precios. Con ello se erosionó el espíritu del punto fijismo, el Caracazo lo indicó en 1989. El intento de golpe de febrero de 1992 fue reflejo del final de la era de los consensos.
Así, el golpista de 1992 fue electo en 1998. De allí en más fue la pura maldición del recurso. Ocurrió con el boom del precio del crudo a comienzos de este siglo, llegando a 145 dólares en 2008 y colapsando hasta 43 en 2015. No es casual que ello permitiera la perpetuación del chavismo en el poder para luego, con la contracción y ya sin Chávez, transformar al régimen en una suerte de patrimonialismo totalitario de partido único. Quizás la única manera de conservar el poder durante la peor debacle en tiempo de paz que se conozca.
Hoy sin Nicolás Maduro y convertida en una especie de protectorado, Venezuela sigue a merced de la misma infame maldición. La Casa Blanca anuncia un acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela. Donald Trump promete utilidades como nunca antes y Delcy Rodríguez agradece emocionada. La sociedad no conoce los detalles del acuerdo. Con lo cual, carecería de legitimidad y probablemente también sea ilegal.
Mientras tanto, los mismos criminales del régimen siguen en el poder, hoy elogiados por el gobierno de Estados Unidos. Ellos y sus viejos socios de la corrupción, los bolichicos, son hoy socios del Departamento de Defensa de Estados Unidos en un joint venture para explotar 17 campos de petróleo por los próximos cien años. Eso se dice, porque los detalles no se vieron. La maldición del petróleo sería benigna, esto sugiere la continuidad del saqueo chavista.
Pues habrá rentas de corto plazo para los amigos, pero no surgirá de este arreglo una industria petrolera eficiente y competitiva, capaz de construir la institucionalidad necesaria para hacer política contra-cíclica y suavizar los típicos booms and busts. Curiosamente, esa institucionalidad es la misma que garantiza derechos de propiedad, disminuye el riesgo y alienta la inversión privada. Por algo, el propio CEO de Exxon-Mobil lo dijo en la Casa Blanca: “Venezuela hoy es ininvertible”.
Nada ha cambiado desde enero que permita hacer a Venezuela “invertible”. Y nadie en Washington y Caracas parece estar demasiado interesado en eso. ¿Y la transición a la democracia? Tal vez estén pensando en 2126 cuando concluya el acuerdo.
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