La noche oscura de la política venezolana

“…cuando no se dejan llevar de la desgana, no hay culpa, sino imperfección que se ha de purgar por la sequedad y aprieto de la noche oscura”.
San Juan de la Cruz

Me reencontré con La Noche Oscura de San Juan de la Cruz, en un retiro que recién terminé llamado “el camino de Emaús”. La noche oscura y el camino parecen encontrarse en la vida de nuestro pueblo, de nuestra gente. Un camino lleno de incertidumbre, vida, sufrimiento, reflexión, búsqueda. Llega un momento en el que tenemos más preguntas que respuestas, pero son esos momentos los que más nos acercan a nuestras verdades.

San Juan de la Cruz escribió una de las imágenes más poderosas de la experiencia humana y espiritual: la noche oscura. No pretendo llegar a sus significados más profundos, pero sí encontrarme con la experiencia de la incertidumbre que contiene el sentido de la transformación. Es el momento en que desaparecen las seguridades conocidas, cuando ya no sirven las antiguas respuestas y la persona debe aprender a caminar sin apoyarse en aquello que antes le daba certeza.

“A oscuras y segura”, escribió San Juan

Pienso que algo de esa experiencia atraviesa hoy al venezolano. Desde las ciencias sociales y políticas, hemos intentado comprenderlo a partir de sus conductas visibles: si protesta o no protesta, si participa o se retrae, si confía o desconfía, si responde con entusiasmo o con silencio. Cuando deja de hacer aquello que esperamos de él, rápidamente aparecen las categorías conocidas: apatía, desconexión, cansancio, despolitización.

Pero estamos mirando solamente la superficie. Después de tantos años de deterioro, violencia política, pérdidas familiares, migración, empobrecimiento y expectativas frustradas, sería extraño que la sociedad venezolana siguiera relacionándose con la política del mismo modo. Lo verdaderamente sorprendente sería que nada hubiese cambiado dentro de ella. Pero sí ha cambiado y hoy somos menos ingenuos.

Hay una diferencia profunda entre haber perdido la esperanza y haber perdido la ingenuidad. Entre no querer nada y no querer volver a creer de cualquier manera. Entre haberse desconectado del país y estar tratando de comprender qué merece nuestra entrega, confianza o sacrificio.

La noche oscura puede ayudarnos a mirar este proceso desde otro lugar. En la primera noche se pierden los consuelos. Aquello que antes movilizaba deja de producir el mismo entusiasmo. Las palabras conocidas ya no conmueven. Los símbolos pierden eficacia. Las promesas ya no bastan.

Algo semejante ocurre en la vida pública venezolana. No necesariamente porque la gente haya dejado de querer libertad, democracia, justicia o cambio, sino porque ha aprendido que ninguna de esas palabras puede sostenerse únicamente como consigna. Hay un liderazgo que ha sabido leer esa transformación y la acompaña.

La segunda noche es todavía más radical. Ya no se pierden solamente los consuelos; se ponen en cuestión las propias maneras de comprender. Las antiguas categorías dejan de ser suficientes.

Ya no basta hablar de elecciones, dirigentes, partidos o estrategias como si allí se agotara la experiencia venezolana. Debajo de la política formal hay una sociedad que ha debido reorganizar su vida, despedir a quienes emigraron, sobrevivir sin instituciones y resolver comunitariamente aquello que el Estado, por diseño, no garantiza.

Esa experiencia produce conocimiento. Las estadísticas pueden medir confianza, expectativas o disposición a participar, pero difícilmente revelan qué significa volver a confiar, cuánto dolor se atraviesa antes de esperar nuevamente o qué hace que participar recupere sentido. Por eso quizá nos equivocamos al interpretar el silencio venezolano como vacío. Puede ser, por el contrario, un espacio lleno de preguntas: ¿qué vale la pena defender?, ¿en quién confiar?, ¿qué estamos dispuestos a entregar?, ¿qué no aceptaremos nunca más?, ¿qué país queremos después de todo lo vivido?

Son preguntas políticas, pero también profundamente humanas. La Venezuela que está emergiendo de esta larga noche oscura no será la misma que entró en ella. Ha aprendido demasiado sobre el poder, el miedo, la fragilidad institucional y la capacidad de sobrevivir sin protección. Pero también ha practicado la solidaridad, vivido familia, comunidad, fe y dignidad.

La reconstrucción del país no podrá venir únicamente desde arriba. No bastará con restablecer instituciones o celebrar elecciones. Habrá que reconocer la transformación de una sociedad que ha enfrentado sus propios límites y que, en los últimos años, ha encontrado un liderazgo capaz de interpretarnos y acompañarnos.

San Juan de la Cruz escribió que, en la noche, el alma avanza “sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía”. Tal vez esa sea una imagen adecuada para Venezuela. La noche oscura no termina cuando desaparece la oscuridad. Termina cuando descubrimos que dentro de nosotros está la luz, somos la garantía del cambio.

El venezolano no está desconectado. Está dejando atrás una forma de relacionarse con la política. Está aprendiendo que la democracia no puede volver a ser solamente una promesa electoral, que la ciudadanía no puede reducirse al voto y que ningún liderazgo puede sustituir nuevamente la responsabilidad personal y comunitaria.

Estamos ante una transformación que interpela a la política. No bastará con cambiar a quienes dominan; habrá que transformar la manera de gobernar, representar, escuchar y construir poder. Quizá salir de esta noche oscura signifique no volver simplemente a la democracia perdida, sino construir una distinta: desde la experiencia de la gente, las comunidades y una ciudadanía menos ingenua, más exigente y consciente de lo que ha costado perderla.

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