La sexta de Bernabé: un esbozo historiográfico

El llamado de Bernabé Gutiérrez a debatir sobre una «sexta república» desempolva el mito chavista de enumerar los períodos republicanos en Venezuela. Frente a un concepto que nació de una restricción de la ley electoral en 1998 y no del rigor historiográfico

El tiempo es uno de los bienes no renovables más preciados por el ser humano, cuya inversión debemos gestionar concienzudamente para no malgastarlo. Una de las peores maneras de echarlo a las cañerías y ver cómo se va diluyendo sin beneficio alguno es escuchar la monserga política de la gran mayoría de dinosaurios políticos, sin distinción de edad, que pululan en busca de algún tipo de prebenda en el país de lo posible. Uno de estos especímenes es Bernabé Gutiérrez. Tratando de no hacer caso a sus divagaciones mal estructuradas y peor pronunciadas, centrémonos en el meollo de sus declaraciones del día 29 de septiembre. 

Bernabé dio el pistoletazo de salida para un «gran debate nacional para construir la sexta república». Palabras grandilocuentes, ya que al convocar a las bases de su partido, sería difícil imaginar una reunión más grande que la de cuatro o cinco vejestorios meneadores de whisky. Sin embargo, esta afirmación da pie a analizar uno de los grandes mitos creados por Hugo Chávez, y que toca lo referente a la historiografía nacional. 

Los argumentos que acá expondremos no son originales ni inéditos. Mucha tinta se ha gastado escribiendo sobre el tema de las «Repúblicas» —en plural— venezolanas. Quien ha contribuido con un mejor desarrollo y con una prosa deliciosa al respecto es el historiador Manuel Caballero, quien dedicó un seminario en el año 2004 al tema, y que la Editorial Alfa tituló Conceptos insostenibles en el discurso oficial, parte de su compilación Polémica y otras formas de escritura. 

Hay una gran diferenciación entre el discurso chavista y el discurso académico al respecto. Ningún historiador con un poco de formación sería capaz de sostener o defender que en Venezuela han existido cuatro repúblicas, mucho menos cinco. Seis, ya ni hablar. 

En el discurso chavista, mediante su influencia comunicacional y a base de machacar a los venezolanos día y noche con sus monsergas, ha terminado instaurando la idea de que transitamos una quinta república, nacida al calor de los cambios de la Constitución de 1999, y cuyo padre indiscutible es el teniente coronel Chávez. Lamentablemente, esta etiqueta, tal como señala Caballero, nace no de una deliberación historiográfica o filosófica, sino de un error gramatical y de una ley electoral.

Durante la campaña presidencial de Chávez, que lo llevó a tomar por asalto el poder en 1998, este venía de trabajar con sus camaradas conspiradores y golpistas que formaban parte del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR200), cuyas siglas y nombre ya eran ampliamente conocidos en Venezuela, con tan mala suerte, que al presentarse a la vía democrática, los conspiradores no habían tomado en consideración que la ley electoral vigente no permitía el uso de símbolos patrios al momento del registro de cualquier partido político, y siendo el bolivarianismo nuestro eterno culto nacional, formaba parte de los nombres restringidos para su inscripción en el registro electoral.

Por ello, dentro del círculo de avispados que rodeaban al candidato Chávez, surgió uno que aconsejó hacer la mejor jugada posible ante el inconveniente; mantener la fonética del MBR, pero haciendo un pequeño cambio gramatical, sustituyendo la B por la V, la cual además de mantener la misma fonética en el castellano usado en Venezuela, refería también al número cinco romano, naciendo así el Movimiento Quinta República, y con él, la narrativa del movimiento chavista respecto a que transitábamos por una presunta cuarta república, nacida del consenso alcanzado por Acción Democrática, COPEI y URD en el Pacto de Puntofijo.

La búsqueda de una consistencia ideológica en el marco chavista es tratar de dar con la quinta pata al gato, sin embargo, este concepto sí ha llegado a calar profundo en el ideario venezolano, al punto de que un presunto adeco, puesto a dedo en la administración de Acción Democrática, ha incluido en su discurso —si podemos llamar discurso a la verborrea— una categorización que nació precisamente para denostar los gobiernos de su propio partido político en el siglo XX.

Si nos remitimos a la historiografía, ¿qué características llevan a que, de manera académica, se diferencie entre primera, segunda —y cuantas más se quiera— república? Quienes popularizaron este término y quienes lo tienen un poco más claro son los investigadores de la escuela francesa. En Francia, la categorización se hizo más intuitiva cada vez que la nación gala cambió de un modelo republicano a uno imperial. Se iban sumando números a la cuenta. Tras la Revolución Francesa se instaura la Primera República, muriendo esta con la coronación de Napoleón como emperador. La Segunda nace con la Revolución de 1848 y muere con la llegada de Napoleón III y la instauración del Segundo Imperio. Así hasta llegar a la polémica Quinta República, pero no es objeto de este artículo el analizar la historiografía francesa.

En el caso venezolano, la situación se enturbia y resulta más arbitraria la selección de dónde da inicio una república y dónde muere. La concepción más usual, derivada del error de la pseudo-intelectualidad chavista, es la de situar el nacimiento de una república con el de una constitución, tal como Chávez trató de vender en 1998 y 1999. Si nos atenemos a esta idea, podría parecer que tienen razón: la Cuarta República empezaría con la constitución de 1961 y terminaría en 1999, pero ignoraría el hecho de que las élites venezolanas nos han dado más de una veintena de constituciones a lo largo de nuestros doscientos años de historia, y no vemos a Bernabé Gutiérrez hablar de la vigésima séptima república. 

Si nos atenemos a las consideraciones de la historiografía francesa —de donde extraemos la idea de las «repúblicas» por su influencia en nuestra academia—  Venezuela no debería de responder a más de dos repúblicas, ya que aunque Francisco de Miranda, capitulase frente a Monteverde en 1812, nunca dejó de haber reductos republicanos en Venezuela, los cuales mantuvieron la continuidad de nuestra revolución desde 1811 hasta 1819, año en que pasamos a formar parte de Colombia, dando inicio la segunda república con nuestra configuración como Estado independiente en 1830, y desde entonces, nunca hemos transitado por modelo alguno que no sea el republicano. Ni siquiera en nuestras épocas de peores crisis.

Un criterio más criollo es el de darnos tres repúblicas. La primera, nacida de la firma del Acta de Independencia en 1811, de corta duración, ya que al año siguiente Miranda capitularía frente a Monteverde. La segunda, nacida con la llegada de la Campaña Admirable al occidente del país en 1813, e igual de corta que la primera, ya que Tomás Boves le pondría fin en 1814, y una tercera, la cual daría inicio a nuestra configuración como Estado tras la disolución de Colombia en 1830 y que perduraría hasta el día de hoy.

Este criterio marcaría el final de las repúblicas cuando los intentos de administración centralizada de los revolucionarios se viesen interrumpidos, tanto por la capitulación como por las huestes de Boves, quienes hicieron ingobernable el país para los patriotas, en lugar de responder a criterios menos aplicables como el francés o el de las constituciones que nos pretendió vender la intelectualidad de cartón mojado del círculo del MBR200.

José Bernabé Gutiérrez incurre en un error —bueno, uno sería quedarse corto— que no solo responde a una ignorancia supina sobre las formas y categorías que pretende utilizar en su discurso, sino que directamente adopta etiquetas malintencionadas, usadas para denostar los gobiernos del partido que dice representar. Proponer cambiar el número del portal de una casa que se está cayendo a pedazos no hará que las paredes desvencijadas sigan dejando pasar humedades y que el techo deje de gotear cuando llueve. Pero así actúan, en plural, buscando una renovación aparente, siendo incapaces, no ya de ejecutar, sino al menos de proponer algo con sustancia. Sus discursos a gritos solo hablan de cambiar a los otros por ellos, cuarta por quinta, quinta por sexta, República por Bolivariana, el fetichismo por las etiquetas —que ni siquiera tienen la capacidad de comprender— es una constante en nuestra enfangada y alcoholizada clase política. 

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