“¡A Miraflores!”: ¿Dónde quedaron las grandes manifestaciones?  

Las protestas que se registran en 2026, en general, ni cuentan con presencia de partidos políticos ni pueden compararse con épicas hoy inconcebibles como las del 11 de abril de 2002. El gobierno de facto tampoco las entiende y se sigue preparando para ellas con el terror de quien jamás ha bajado a escuchar a la gente. Crónica de otro intento fallido de llegar a palacio

Se escuchan versiones reivindicativas de viejas canciones como “La matica” (de Un Solo Pueblo) o “Color esperanza”. Por aquí nadie sabe mucho de Karol G, que llenó dos veces un estadio de 50.000 personas poco antes de que Nicolás Maduro bajara el volumen de un país completo con el fraude de 2024.

Una comerciante informal ofrece la “gorra de siete estrellas”. Una anciana se tiende en el asfalto, escenificando su propia muerte. Un grupo que no llega a las mil personas se ha congregado desde las 9:00 de la mañana frente a la iglesia de Corazón de Jesús, en el centro de Caracas. Casi todos los que están allí son adultos mayores, o al menos, no se observan muchas caras de veinteañeros.

La convocatoria la han hecho los sindicatos. No hay ninguna representación de partidos políticos de oposición, y si aparecieran, quizás les verían como gallina que mira sal. El objetivo: llegar al palacio de Miraflores, o lo más cerca que se pueda. Grandes avenidas como la Urdaneta o la Universidad han sido cerradas por el gobierno de facto desde mucho más temprano: también se ha instalado una especie de enorme castillo inflable —que a la vez sirve como barrera— frente a la plaza de La Candelaria. Es martes 13 de octubre.

¿Qué pasó con las grandes manifestaciones en Venezuela? Un día después, el 14 de octubre de 2026, la Corte Interamericana de Derechos Humanos recibirá en audiencia pública en San José de Costa Rica a las víctimas de la masacre del 11 de abril de 2002: el día de la última marcha opositora que llegó hasta Miraflores, esa especie de Troya que 24 años después permanece aún amurallada, inalcanzable y a prueba de caballos.

Fue una de las manifestaciones más grandes de la historia del país, pero tuvo rivales. Las del paro petrolero de meses después, las de las mil y una noches de gas lacrimógeno de Chacao de 2014, la de los opositores forzados a refugiarse en el río Guaire el 19 de abril de 2017, incluso la fugaz primavera de los primeros meses de 2019 con la irrupción del luego evanescente liderazgo de Juan Guaidó.

Aquellas épicas que colmaban no avenidas, sino autopistas, resultan hoy casi inimaginables, más allá de la furia nocturna por los apagones de los ciudadanos en las regiones alejadas de Caracas.

Es fácil sumirse en el nihilismo ¿Fueron aquellas protestas masivas las excepciones —el derivado de un monstruo político llamado Hugo Chávez y sus sucesiones— y lo de ahora es lo normal? ¿Y si es tan simple como que muchos de los que nutrían esas marchas, u oponían escudos artesanales ante los perdigones de los cuerpos de represión, ya no están en el país? Tampoco queda claro si algún día, en el supuesto de que se materialice al fin la llegada física al milestone mirafloriano, los marchistas opositores se toparán con un palacio abandonado.

«Un porcentaje muy importante de la población ya expresó su desafecto hacia el sistema de la forma más definitiva: yéndose»,

índica lapidariamente Guillermo Tell Aveledo Coll, politólogo, consultado para este artículo.

Y agrega: «Si el día de mañana hay mayores libertades, todas esas demandas represadas empiecen a salir a la luz y generen manifestaciones y contramanifestaciones. Ahí sí veríamos algún tipo de movilización masiva. Pero recuerda: los años de movilizaciones entre 2002 y 2017 no fueron la norma, sino en sí mismos eventos extraordinarios en la historia política venezolana. Las manifestaciones de épocas anteriores palidecen en comparación con ese periodo», advierte Aveledo Coll.

Unas semanas antes, el 11 de septiembre, otra manifestación —convocada por la ONG Clippve en favor de los presos políticos— también intentó llegar a Miraflores, partiendo desde la aledaña Plaza O’Leary. Entre los que protestaban estaba Andreína Baduel, hija del militar que restableció a Chávez en el palacio en 2002, luego otro preso de una familia de presos. No pudieron avanzar más que unos metros. Los escudos policiales superaron en número a los seres queridos de los prisioneros de conciencia y taponaron toda posibilidad de llegar a la residencia presidencial, ocupada indefinidamente por Delcy Rodríguez, sucesora del sucesor de Chávez, extraído de Fuerte Tiuna (no de Miraflores) por comandos estadounidenses.

El 13 de octubre, Delcy ni siquiera está en Venezuela. La exvicepresidenta de Nicolás Maduro, responsable de una de las mayores recesiones económicas y crisis alimentarias de la historia contemporánea, participa en un Foro Mundial de la Alimentación en Roma. El oficialismo también ha convocado su propia “contramarcha” de empleados públicos en respaldo a Rodríguez, aunque una encuesta de Atlas Intel publicada días atrás reflejó que solo 19 % de la muestra votaría por ella en unas elecciones.

Venezuela está politizada, ¿quién lo despolitizará? El despolitizador que la despolitice, buen despolitizador será.

Si Chávez fue el gran movilizador —a favor y en contra suyo— de la sociedad venezolana desde su aparición como militar golpista en 1992 hasta su muerte 21 años después, su hijo político (Maduro) parece haber cumplido el rol inverso: a punta de un aparato represor cada vez más refinado que terminó peinando los celulares de los ciudadanos en busca de palabras reales o inventadas, el escarmiento de los presidios, una crisis económica crónica y fraudes electorales progresivamente desvergonzados, parece haber aniquilado temporalmente casi todo deseo de volcarse en asuntos públicos.

«Una politóloga norteamericana, Erica Chenoweth, tiene la tesis de que si una sociedad logra movilizar al menos 2 % de su población, por lo general, eso termina derrocando un gobierno», repasa Ricardo Ríos, también politólogo venezolano.

Y prosigue: «Esa tesis es polémica, pero por lo general tiene tiene bastante asidero. Entre 2000 y 2002, fue la primera vez que se vio algo así en Venezuela. Y es una mezcla de partidos políticos fuertes, sociedad civil fuerte, medios de comunicación relativa o totalmente libres y una coordinación política. En 2014 y 2017 ya tenías menos posibilidades con los medios de comunicación (cooptados), pero tenías el factor de las redes sociales que no estaban todavía reguladas. Y eso es otra cosa que cierra el ciclo de grandes movilizaciones. Son dos cosas: por un lado, el tema de no lograr el cambio. Eso frustra. La gente siente que perdió el tiempo y que esa no es la vía. Y además, si eso va acompañado de una ola represiva sin precedentes, pues esos dos factores generan desmovilización».

El despliegue gubernamental ante una movilización más bien exigua sugiere que en Miraflores, ese palacio inexpugnable del que tampoco sale nadie a escuchar, no terminan de entender otra realidad muy diferente a la de las dos décadas anteriores.

Aunque los nuevos aires ventilados por las aspas de los helicópteros estadounidenses del 3 de enero, al parecer, han traído otros procedimientos en un aparato represor aceitado y sin fisuras visibles: la PNB cuenta ahora con una división de “mediadores”, identificados con su respectivo uniforme y encabezados por el comandante John García, veterano en estas lides.

Pasadas las 10 de la mañana, la manifestación de los sindicatos arranca a caminar desde Corazón de Jesús. Llamativamente, el piquete de policías con escudos que se había ubicado sobre el elevado de la avenida Fuerzas Armadas se retira. Los cuerpos de seguridad abren un pasillo hasta la esquina de San Ramón, y a partir de allí, una ruta alternativa por calles estrechas aún marcadas por los escombros del terremoto del 24 de junio. Muchos de los edificios y casas alrededor también están heridos por el deterioro previo y las grietas que se añadieron aquel triste atardecer del día de San Juan.

Llama la atención que las consignas de la marcha son sobre todo laborales y casi no hay menciones a presos políticos o sobre la obligatoriedad constitucional de convocar elecciones presidenciales. Los transeúntes miran pasar un acontecimiento que se ha vuelto más bien exótico, como un tipo de procesión religiosa. Los manifestantes les invitan a que se unan, que la causa es de todos. Pero en general, no ocurre.

Si me mido no soy nada, pero si me comparo… El refrán inconcluso se atribuye a San Agustín de Hipona.

Esta movilización hacia Miraflores versión 2026 puede parecer la de la vecindad de El Chavo (“no valdrá medio centavo, pero es nuestra vecindad”), aunque Rodolfo Rico, vocero del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, resalta que la gente ha vuelto a salir a la calle tras un 2025 marcado por el miedo a la represión brutal posterior al fraude en el que Maduro hizo desaparecer las actas de votación.

«Lo que hay que destacar es que en 2026 se volvió a protestar, porque el año pasado las cifras (de número de protestas) fueron muy bajas. Después de 2024. por todo el contexto de represión, las protestas bajaron mucho. No solamente las de carácter político, sino también las protestas sociales. Desde 2020, las protestas son principalmente concentraciones frente a ciertas dependencias administrativas, más que desplazamientos (marchas). La protesta política con una pretensión de cambio no se está viendo. Quizás porque no hay dirección política en ese sentido, o la gente siente que no existe algún referente político interno. Sobre todo a partir del segundo semestre de 2026, el énfasis (de las manifestaciones) está otra vez en lo laboral, lo económico, los servicios públicos y el problema de la vivienda», acentuado por el terremoto, añade el comunicador.

¿Menos gente dispuesta a arriesgar el pellejo en una marcha hasta Miraflores se traduce en menos votos para la oposición, en el hipotético escenario de unas elecciones libres? No necesariamente. El ansia por un país distinto sigue allí, y no hay que subestimarlo, imitando el mismo error del que subestima la alianza que conserva el poder.

«Incluso una elección con baja participación convoca a muchísimas más personas que una gran manifestación», compara Aveledo Coll. Agrega: «Simplemente porque el costo y el riesgo del voto son relativamente bajos frente a la protesta. Son acciones de naturaleza muy distinta; el sufragio es una manifestación ciudadana mucho más pasiva y segura, mientras que la movilización de calle exige un nivel de compromiso, organización y exposición mucho mayor. Lo que hoy vemos en las encuestas es una potencialidad favorable al cambio que se ha manifestado consistentemente desde hace varios ciclos electorales. Al punto de que, en términos demográficos, es fácilmente constatable que la suma de quienes participan votando contra el sistema y quienes expresan su rechazo a través de la abstención representan a la inmensa mayoría del país. Aquí estamos viendo una situación que combina una enorme frustración con una gran desesperanza aprendida».

«Esta desesperanza evita que la protesta se active a gran escala, dejando la movilización casi exclusivamente en manos de quienes tienen tiempo disponible y poco o nada que perder. Porque, claro, hay millones molestos, pero apenas cientos con posibilidades de manifestarlo. De ahí que tengas protestas protagonizadas por personas de la tercera edad y no por jóvenes, por ejemplo. Los jóvenes que lo hacen solo se movilizan cuando hay alguna organización de por medio que los represente, y lo vemos en pequeña medida con los estudiantes. Los otros están demasiado atados a la supervivencia», concluye el politólogo.

El tipo de muralla portátil conocida como “murciélago”, que llegó a Venezuela en la década pasada como uno de los inventos represores más perfectos jamás diseñados, se despliega en toda esquina posible que pudiera conducir a Miraflores: en Salas (ministerio de Educación), en Jesuitas, en Altagracia y especialmente en Carmelitas. No hay posibilidad material de que civiles desarmados traspasen esa barrera. Necesitarían la ayuda de un superhéroe de Avengers. El régimen, como gran concesión, ha permitido que sindicatos marchen hasta un par de cuadras de distancia de Miraflores. Los pocos centenares que piden un aumento del salario oficial mensual —para mediados de octubre está valorado en $0,15, más allá de los bonos que llegan por el sistema digital de control social—, están encajonados por todos los costados y además vigilados por drones. Eso sí, estratégicamente, se ha dejado otra calle despejada para un regreso elegante por la misma dirección en que se vino.

No se registran aromas lacrimógenos ni incidentes violentos. A lo sumo, algunos empellones entre líderes sindicales con posturas diferentes. Algunos reclaman que se griten consignas por los presos políticos, otros responden que eso podría generar una reacción negativa en los PNB de la barrera.

“Haber llegado hasta aquí es un logro”, esgrime el dirigente Pablo Zambrano. Los policías dejan que pase una comisión de los sindicatos hasta la sede de la vicepresidencia en Carmelitas, aunque tampoco hay un vicepresidente designado desde el 3 de enero. Parafraseando un dicho cubano: opositores han hecho como que han marchado. Y el gobierno ha hecho como que ha escuchado.

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