Un naufragio militar que terminó en puerto seguro

Hoy Miguel Antonio Guzmán Ortiz narra esta historia con una sonrisa, desde un barrio bogotano, donde vive junto a sus tres hijos y su esposa. Guzmán Ortiz llevaba escondido dos meses, cambiándose de un lugar a otro y manteniendo comunicación sólo con quienes lo ayudarían a salir del país. Este teniente coronel de la Guardia […]

Hoy Miguel Antonio Guzmán Ortiz narra esta historia con una sonrisa, desde un barrio bogotano, donde vive junto a sus tres hijos y su esposa.

Guzmán Ortiz llevaba escondido dos meses, cambiándose de un lugar a otro y manteniendo comunicación sólo con quienes lo ayudarían a salir del país. Este teniente coronel de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), se graduó con honores en la institución militar y realizó varios cursos en Estados Unidos sobre seguridad y defensa. Él y su familia cruzaron la frontera colombo-venezolana a través de las llamadas trochas.

“Ninguno de mis cursos me ayudó a sobrevivir en este campo de guerra, en esta batalla desigual. Si me quedaba sabía que terminaría muerto o preso”. De acuerdo con cifras de la ONG venezolana Foro Penal, son más de 100 los funcionarios castrenses detenidos, una cifra que ha crecido exponencialmente desde el pasado mes de agosto cuando se han dado más de 4 intentos visibles por tratar de deponer al régimen de Nicolás Maduro por medio de un alzamiento militar. Uno de los más mediáticos fue el atentado con drones, del 4 de agosto de 2018; así como la Operación Libertad del pasado 30 de abril en donde Juan Guaidó y Leopoldo López llamaron al “cese definitivo de la usurpación”.

Durante los últimos años, Guzmán Ortiz vio como varios de sus compañeros de armas terminaron presos, torturados y como el terror les susurraba al oído. Ese terror lo sintió de cerca en varias oportunidades, fue como el silbido de una bala. Miembros del La Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim) allanaron su residencia el 14 de mayo de éste año. Buscaban a un militar alto, de ojos claros que estaba envuelto en “planes subversivos contra el presidente de la República”. “Me buscaban en casa de mi familia y en la de mi esposa, me vinculaban con los sucesos del 30 de abril. Mi gran miedo es que detuvieran a uno de mis hijos para que yo apareciera”.

Asechado por el miedo y cansado de sentirse perseguido, decidió tomar un bus hasta Valencia, lugar en donde lo esperaría un automóvil para llevarlo a la frontera del Táchira. Se le dificultó conseguir una unidad disponible para trasladarse a la capital carabobeña, ya que la actual crisis de transporte ha dejado al sector en una situación de precariedad. Emprendió su rumbo desde Caracas. En el trayecto trataba de recordar los buenos momentos que vivió en su tierra natal Barinas, para no pensar en el problema en el que se encontraba. Mientras contemplaba unas tierras desoladas y arrasadas, sin el ganado que tanto caracterizaban al campo venezolano, temía ser detenido en alguna de las alcabalas que se encuentran en la carretera José Antonio Páez.

Las opciones eran escasas, su única alternativa era abandonar el país. “Yo ya había estado detenido en la Dgcim, pero como no encontraron evidencias suficientes para incriminarme con un movimiento militar, decidieron dejarme libre. Yo no quería volver a ese lugar, lo que viví no se lo deseo a nadie, vi como a otros los sacaban de su celda y los llevaban a otros lugares donde pasaban todo el día… Al regresar las personas venían sin fuerza, golpeados y maltratados”.

Guzmán estuvo detenido 2 semanas en el Dgcim en el año 2016, se le vinculó con el llamado “Golpe Azul”, una operación militar que de acuerdo con el gobierno de Nicolás Maduro buscaba bombardear las sedes de diversas instituciones del Estado. Fue interrogado en varias oportunidades por comisarios a cargo del ente de inteligencia militar, las preguntas que le hacían eran repetitivas y buscaban encontrar inconsistencias en las respuestas. Por fortuna, no fue sometido a torturas durante su detención, pero la alimentación fue un verdadero “suplicio”. “A mí me contaron que dentro de la comida colocaban ingredientes nocivos para la salud, llegué a conocer la historia de alguien que dentro de una carne molida encontró pedazos de vidrios. Todas esas experiencias venían a mi cabeza al momento de comer, por eso en primera instancia desestime el plato alimenticio que me daban”.

La celda que le asignaron durante su detención en Boleíta apestaba y generaba náuseas en quien la oliera, una cama con un colchón sin relleno que era como dormir en pleno piso. El frío y agua empozada también hacían acto de presencia. Tenía prohibidas las visitas, no sabía si sería presentado ante tribunales y podría conocer las acusaciones en su contra. Compartió celda con oficiales que habían estado detenidos más de un año sin audiencia, temía que ese fuera su destino.

La oscuridad que vivió dentro del organismo de Inteligencia Militar resonaba en sus recuerdos durante el trayecto que lo llevaría a abandonar Venezuela. Cuando hicieron una parada para almorzar comió tan rápido que ni saboreó los alimentos, se tapó muchas veces el rostro pues en el lugar sentía que la gente lo miraba. En el mundo militar no sólo aprendió a pararse firme y buscar el orden, sino también a desconfiar del otro.

Esa desconfianza lo enseñó a ser precavido con sus comunicaciones. Mientras se escondía de la persecución, cambiaba de operadora al sustituir las tarjetas del teléfono celular, las que iba desechando cuando cambiaba de lugar y hacía una llamada, así no dejaba rastro de su ubicación. La razón de su desespero por deshacerse de las líneas telefónicas radicaba en el sistema de espionaje que existe en el interior de los organismos de inteligencia venezolano. “Ni el WhatsApp se salva”. Argumentó Guzmán haber visto descifrar mensajes en esta aplicación mediante el uso de tecnología de espionaje proveniente de Cuba y Rusia.

Visualizar la meta

Llegó al Táchira a las 6 de la tarde, sin contratiempos y sin sustos en alcabalas. El carro que lo trasladó le cobró 300 dólares por el viaje, el conductor estaba consciente del riesgo que corría al ayudar en el plan de fuga. Sacó su cartera y pagó dentro del vehículo, al bajarse procedió a hacer unas llamadas antes de caminar hacia la frontera.

El último chip que usó en Venezuela lo botó en la frontera, lo activó para comunicarse con un familiar que se encargaría de distribuir el mensaje al resto de la familia. Quería que supieran que estaba bien y que la operación “Harina”, como le llamaba a su fuga, estaba casi completa. Al llegar, pagó 100 dólares a un grupo que se encargó de sellar su pasaporte y se aproximó a tomar el vehículo que lo acercó a la trocha.

Cruzó un río, sin maleta y con un bolso donde sólo tenía dos piezas de ropa. Al otro lado, pasó por una especie de selva antes de abordar otro vehículo. Durmió esa noche en un motel, allí liquidó lo último de sus ahorros. A la mañana siguiente llamó para avisar que había vencido el terror, pero que aún faltaba toda su familia. “En lo único que pensaba en ese momento era en sacar a mi familia. Mi mujer y mis hijos seguían escondidos, ellos ahora esperaban que yo fuera su guía para escapar de ese infierno”.

Guzmán afirmó que su relación de pareja no estaba pasando por una buena etapa antes de la persecución. Su mujer, Alicia, constantemente le reprochaba que debían irse, buscar un mejor futuro para ellos y sus hijos. El sueldo de este militar, como el de cualquier venezolano, se evaporó ante sus ojos frente a la galopante hiperinflación. Las necesidades cada vez eran mayores y eso provocaba conflictividad en el matrimonio. No obstante, al momento en el que inició la búsqueda por parte de las autoridades y se dio el allanamiento de su vivienda, su mujer y él supieron que ante el abismo que se les avecinaba debían remar hacia la misma dirección para resguardar a quienes más estiman: Sus hijos.

Ahora mucho más repuesto, ganó más de 5 kilos en la capital colombiana, calmado y con un entusiasmo inquebrantable dice haber vencido el mal, pero que no se sentirá conforme hasta que todo un país lo venza. Subiendo las cejas y con una voz aguda comenta: “No tengo resentimiento por lo que he vivido, pero sí creo que debe haber justica”. Sobre si es un conspirador, responde que conspiración y libertad pueden ser sinónimos, dependiendo del punto de vista de quién lo analice.

Sus hijos hoy asisten a un colegio público en Colombia; mientras él ofrece clases particulares de matemáticas. Su esposa le ha costado conseguir empleo formal; por lo que deambula en la economía informal vendiendo dulces venezolanos, al mismo tiempo que limpia casas de familia. Miguel Guzmán Ortiz dice estar listo para encabezar una nueva contienda por el rescate del país, cree que en la solución a la crisis que vive Venezuela, la Fuerza Armada tiene la llave que abre un cofre con infinitas posibilidades para el renacer de su tierra natal.

La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.