
Una lección de Aníbal Nazoa
Una de las más felices ocurrencias de mi juventud fue ocupar, a comienzo de los años setenta, el pupitre contiguo a Leonardo Nazoa en la Escuela de Matemáticas de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Abandoné la universidad a fines de los setenta, luego de seis o siete semestres dándome […]
Una de las más felices ocurrencias de mi juventud fue ocupar, a comienzo de los años setenta, el pupitre contiguo a Leonardo Nazoa en la Escuela de Matemáticas de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela (UCV).
Abandoné la universidad a fines de los setenta, luego de seis o siete semestres dándome topetazos con el Álgebra Lineal y el Análisis de Variable Compleja. Lo hice con la idea de hacerme escritor, persuadido de que en la UCV no podrían enseñarme el oficio aunque quisiesen.
Ocurrió, pues, como vengo diciendo, que en aquel tiempo remoto Leonardo Nazoa fuese mi condiscípulo y que estudiásemos en su casa. Trasteábamos todo lo que podíamos con el álgebra lineal hasta que, en un cierto momento, Leonardo cerraba de un golpe los libros con gesto de exasperado hastío, despejaba el mesón de papeles y viruta de lápiz, encendía un cigarrillo, iba a la cocina por un par de cervezas y así comenzaba una sesión melómana.
Con suma frecuencia Leonardo echaba de menos un disco en su envidiable colección y exclamaba: «Debe estar en casa de Aníbal».
A menudo, como respuesta a una observación mía que le sonaba oportuna o graciosa, Leonardo decía: «Tú deberías conocer a Aníbal: Te va a gustar conocer a Aníbal». ¿Conocer a Aníbal? ¿En persona? ¿Cuándo?
Desde mis años de liceísta yo atesoraba celosamente una colección: La de una serie que en el suplemento dominical de El Nacional publicara Aníbal Nazoa a fines de los años sesenta: La serie se tituló Obras Incompletas.
Las piezas de la serie aparecían cada fin de semana, ilustradas por Pedro León Zapata. Textos satíricos que hacían crítica de costumbres, delataban las coartadas de la llamada ‘cultura de masas’, los ardides insensibilizadores de la «alta cultura».
Y todo ejecutado en un puntilloso y brillante castellano por un militante comunista que nunca creyó que el lenguaje destinado a las mayorías debe ser chocarrero y vulgar, sino al contrario, respetuoso y amorosamente invitador a pensar con la propicia cabeza.
La ocasión llegó al fin y, desde luego, la música jugó un papel característico de todo lo Nazoa. Una noche, Leonardo y sus hermanas Sara y Laura, improvisaron una fiesta bailable en casa de Aníbal a la que yo llevé mis discos de salsa neoyorquina e hice de discjockey.
Aníbal se apostó junto a mí, y mientras echaba un vistazo a la carátula de cada uno de mis discos, me iba imponiendo, con pasmosa erudición, nunca pretenciosa ni prepotente, de los antecedentes remotos de cada son, guaguancó o yambú al que acudían los astros neoyorquinos del momento.
Así nació nuestra amistad: Oyendo salsa y discutiendo de política. Yo era un pichón teodorista; Aníbal un comunista de uña en el rabo a quien la caída del Muro de Berlín no logró mover ni un ápice de las convicciones que lo acompañaron toda la vida.
Un día le confié una pequeña mortificación. Me había casado sin haber terminado la carrera, había desarrollado, para ganarme la vida mientras estudiaba, una cierta destreza en la escritura de guiones radiales. Ahora se me ofrecía una colocación como libretista de telenovelas, no lo estaba haciendo bien en la escuela…
Por un lado me parecía que vivir de escribir para la televisión era un salto de calidad potencialmente valioso para alguien que quería hacerse escritor. Pero me reprimía un prejuicio intelectualoso contra las telenovelas.
-¿Y qué quieres ser? ¿Un mediocre profesor universitario que escribe los fines de semana? ¡Vivir de escribir en un continente analfabeta! Yo no lo pensaría dos veces. Además: Algo habrá que un tipo con tus ideas pueda hacer desde la TV.
Pero tras el espaldarazo que logró decidirme, vino una advertencia que se quedó conmigo para siempre: «Pero tienes que tratar mejor al castellano, caballo».
Aníbal entonces trajo a colación un artículo mío (sobre salsa, por supuesto: Era de lo único que me dejaban escribir por entonces en las páginas culturales), publicado recientemente y del que me sentía muy ufano. Y había escrito algo así como «aquellos que denostan (sic) de la salsa, etcétera…».
El formidable filólogo que también fue Aníbal, había recortado el suelto y subrayado la incorrecta forma verbal «denostan». Me confrontó con el artículo como con una letra escarlata y me dijo, mirándome triunfal, por encima de la montura de sus lentes. Y con su inolvidable acento sanjuanero me dijo: «Se dice denuestan, mi estimado, por la misma razón que nadie almorza».
Desde entonces, la advertencia, la de Aníbal, resuena invariablemente en mis oídos cada vez que vacilo y, echando mano al diccionario de dudas y dificultades de la lengua castellana, no importa cuál sea el motivo de mi duda, repito varias veces en voz baja la admonición del maestro de las Obras Incompletas: «Se dice denuestan, mi estimado, por la misma razón que nadie almorza».