En la aldea
18 mayo 2024

Una normalidad forzada en pro de la agenda electoral

Lo único que interesa a quienes ejercen el poder en Venezuela es clavar una bandera roja en la Asamblea Nacional para exhibir una “democracia forzada”, sin importar que el saldo sea un rebrote hiperinflacionario, las empresas quebradas por el impacto de la mala gestión fiscal pública, o el coronavirus en auge con sus irreparables consecuencias. Mientras, las autoridades gestionan la escasez de gasolina en favor de sus objetivos, apagando “candelitas” y protestas en el reparto interesado del poco combustible disponible.

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Redacción LGA | 29 septiembre 2020

Desde marzo, cuando se decretó el Estado de Alarma en Venezuela, estratégicamente se indujo a una paralización total de actividades en un país ya de por sí adormecido tras seis años de recesión. Era necesario desmovilizar a una ciudadanía contagiada por el respaldo internacional que seguía avivando la idea de estimular una transición política en Venezuela y disimular, gracias a la cuarentena, que la nación se había quedado sin gasolina. Además, era el momento propicio para profundizar el control social ejercido por el régimen sobre una población empobrecida, vulnerada y, ahora, confinada.

Transcurre así una cuarentena que le sirvió a Nicolás Maduro para consolidar alianzas políticas, cerrar tratos con socios internacionales y, lo más importante de todo, ganar tiempo en pro de unas elecciones parlamentarias a su medida, con las cuales darle una mano de pintura a su desacreditado Gobierno y acabar con la mayoría opositora que ha controlado la Asamblea Nacional desde 2016. Era el tramo clave en su carrera por neutralizar definitivamente a la única institución democrática que todavía se mantiene en pie en Venezuela.

Ahora, con el escenario electoral prefabricado y ya arreados los actores de ocasión, Maduro comienza a forzar la normalización operativa del país para que sus comicios luzcan bien para la foto histórica del 6 de diciembre.

De allí que, de manera milagrosa, las cifras oficiales comienzan a mostrar un aplanamiento en la curva de contagios por Covid-19. Los infectólogos y especialistas estiman que la situación sanitaria no ha mejorado y que la “meseta” en los contagios que muestran los funcionarios de Maduro solo es el resultado del manejo que se está haciendo de las pruebas PCR, las cuales, vale decir, controla el Estado. Pero eso no importa.

Y el país, sumido en la miseria y la destrucción, ahora se prepara para “la remontada económica” de octubre, noviembre y diciembre, tal como dijo Maduro en una reciente alocución. Para eso arriban a tiempo buques con gasolina iraní, tras evadir rastreos internacionales y burlar el cerco de las sanciones, lo que abre un espacio para que las autoridades gestionen la escasez en favor de sus objetivos, apagando “candelitas” y protestas en el reparto interesado del poco combustible disponible.

A tono con esto no es de extrañar que muy pronto llegue una flexibilización sostenida de la cuarentena; decretos de aumentos salariales; el reparto de lo poco que pueda proveer algún socio interesado a través de los CLAP; la asignación de bonos fabricados con emisión monetaria, y se produzca alguna arremetida oficialista contra empresarios y comerciantes, a quienes culparán de todos los males económicos del país, mientras se transita la última vuelta en la carrera por las parlamentarias. “Vamos a tener un buen último trimestre y pido todo el apoyo”, sostiene un Nicolás Maduro en campaña electoral eterna.

Lo único que interesa a quienes ejercen el poder en Venezuela es clavar una bandera roja en la Asamblea Nacional para exhibir una “democracia forzada”, sin importar que el saldo sea un rebrote hiperinflacionario, las empresas quebradas por el impacto de la mala gestión fiscal pública o el coronavirus en auge con sus irreparables consecuencias.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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