En la aldea
18 mayo 2024

Diógenes Escalante cumple años

Cada 23 de octubre la historia de la civilidad política recuerda a un hombre con una exitosa carrera diplomática que tras la muerte de Gómez se convertiría, como nadie para su tiempo, en la alternativa de transición democrática que logró unir a los venezolanos en su proyecto para construir un país moderno y democrático. Diógenes Escalante, ejemplo de unidad y consenso.

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Francisco Suniaga | 23 octubre 2020

El problema de Venezuela es que quienes nacieron para ser presidentes se volvieron locos y quienes nacieron para ser locos, se volvieron presidentes
Gumersindo Rodríguez

Hace unos años cuando me disponía a escribir “algo” sobre Diógenes Escalante -ni siquiera tenía claro si sería una biografía o una novela-, la primera persona con quien me senté a conversar fue con Simón Alberto Consalvi. Aparte de ser siempre un placer, había razones especiales para hablar con él: Su conocimiento de la historia del país, y de esa época en particular, su experiencia como editor y esa fina agudeza que tenía para los temas relacionados con la política criolla y sus actores. Fue una conversación larga y grata en su casa nueva en El Hatillo; se había mudado de su apartamento en Los Palos Grandes porque entre libros y obras de arte ya no tenía espacio para vivir, me explicó.

Entre las muchas cosas que me dijo aquella tarde, recuerdo con nitidez, en palabras más o menos, o distintas, este consejo: “No maltrate a Diógenes Escalante. Fue un gran diplomático y un gran venezolano. Que haya perdido la razón en un momento tan culminante de nuestra historia no justifica hacer de él un chiste o una ironía cruel. No se sume al populacho que lo ha  escarnecido, no lo merecía”. Nunca fue mi intención, pero en un relato de trescientas páginas, el autor, que en fin de cuentas no es sino un testigo que a veces deviene en actor, puede llegar a tornarse “subjetivo” con los personajes. Esas palabras de Consalvi quizás sirvieron para cuidarme de hacerlo.

La insania de Diógenes Escalante fue para muchos venezolanos un episodio que torció el rumbo del destino porque con ella murió un proyecto consensuado de transición democrática. La democracia betancourtiana que lo sustituyó, sostienen también, fue una improvisación antinatural generadora de grandes distorsiones, incluso aquellas que permitieron el acceso de Hugo Chávez al poder, medio siglo después. Una transición consensuada, como la que habría encabezado Escalante, hubiese tenido un recorrido menos traumático y, aunque en un tiempo más largo, se habrían alcanzado los verdaderos objetivos democráticos que los venezolanos aspiraban.

Esto último es imposible saberlo porque la historia, menos caprichosa de lo que se suele aceptar, tomó otro rumbo cuyo primer tramo fue el golpe del 18 de octubre. Camino que condujo, en un lapso de tres años, a una Asamblea Nacional Constituyente, una constitución democrática, un presidente, Rómulo Gallegos, electo por el voto y concluyó con el golpe militar de noviembre de 1948, que instauró una dictadura de diez años. En ese punto, de la historia, la pregunta que me he hecho es: ¿Se habrían abstenido los militares de pronunciarse y ejecutar su plan de tomar el poder si en lugar de Gallegos en la presidencia hubiese habido un personaje como Escalante, llegado a ella por un consenso? En un libro reciente, “18 de Octubre de 1945”, Marco Tulio Bruni Celli afirma de manera sustentada que los militares “vienen conspirando en Venezuela sistemáticamente contra todos los gobiernos desde que se creó el ejército nacional”. Esa variable militar, suficientemente demostrada en la realidad, dejaría como accesoria cualquiera de naturaleza civil, al final, sería su comportamiento el que inclinaría la balanza.

El debate sobre este supuesto apasiona, pero ha consumido décadas y, como ha afirmado Tomás Straka en un memorable artículo en Prodavinci, “La revolución del voto y la Revolución de Octubre de 1945”, ya no es lo que importa, porque nada resuelve. De hecho, el cisma, cargado de una enorme intolerancia política entre los venezolanos de una y otra forma de pensar en torno a los hechos acaecidos en 1945, ha causado mucho daño. Esa división de los demócratas, expresada entre adecos y anti adecos, está en la génesis de la inestabilidad política de comienzos de los ‘90, que permitió el ascenso al poder de las sombras que ahora nos cubren con su manto de resentimiento pastoso. Más aún, en las divisiones entre la oposición a Maduro, no es extraño encontrar sus trazas.

Quizás ahora, aprovechando la efemérides de su cumpleaños (23/10/1879), haya llegado la hora de cesar el debate en torno a una transición que nunca fue y darle verdadero descanso al alma trágica de Diógenes Escalante. Si su nombre ha de ser invocado, que ya no sea para dividir a los venezolanos. Hacerlo, como Consalvi, considerando el gran venezolano que fue. Un hijo de la Venezuela campesina que, en el contexto de la barbarie gomecista, se educó, se formó como diplomático y representó de manera ejemplar y digna los intereses de su patria. Más importante, evocarlo como un modelo de unidad y consenso, como el político luminoso que entre enero y septiembre de 1945 -el lapso transcurrido entre su aceptación de la candidatura presidencial, a propuesta de Isaías Medina, y el triste episodio del Hotel Ávila cuando su demencia se hizo inocultable- fue capaz de unir a los venezolanos tras su proyecto para construir una Venezuela moderna y democrática.

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