En la aldea
24 junio 2024

El infinito egoísmo de la política

¿Dónde queda esa línea divisoria entre la responsabilidad de los hombres públicos en España y ese acuerdo tácito social a través del cual el público -por lo general seguidor de la prensa del corazón- desvía su atención del delincuente para quedarse apenas con su lado glamoroso? El Congreso de los Diputados es ahora el reino del vacío existencial de la palabra. No sirve como herramienta de diálogo y concertación. Cada debate es un aquelarre de ofensas y fake news. Han desaparecido las ideas.

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Sebastián de la Nuez | 27 octubre 2020

El sábado apareció en el suplemento Babelia de El País un texto del venezolano Juan Carlos Méndez Guédez donde comienza diciendo que en 1997 viajaba con Eugenio Montejo por España y el poeta le comentó: «El lenguaje en Venezuela se está deteriorando: Estamos a las puertas de una gran catástrofe». De ahí empata Méndez Guédez con el triunfo de Chávez al año siguiente y el periodo de oscuridad que sobrevino, para luego hablar de la literatura venezolana y sus voces, o al menos mencionarlas.

El ex juez Baltasar Garzón ha sido reseñado en este mismo portal por la periodista Elizabeth Fuentes tras haber asumido -con la pasión acostumbrada en sus tareas, es de suponer- la defensa de Alex Saab, el mejor amigo de los hijos de la primera combatiente. Es probable que el abogado Garzón sea sincero en casi todo lo que dice. Por ejemplo, debe de serlo cuando reclama memoria histórica ante los muertos que dejó el franquismo en las cunetas. O cuando dice, alarmado, que en España a la derecha se la excusa porque hay un miedo reverencial hacia ella. En todas las solapas de los libros de Garzón se reseña que ha recibido veintipico o treintipico (según la fecha de edición de cada libro) doctorados honoris causa en otras tantas universidades alrededor del mundo. Es un tótem, Garzón. Es o ha sido un icono de audacia justiciera, su notoriedad se hizo universal precisamente cuando popularizó en 1998 (caso Pinochet) el concepto de Justicia Universal. El prestigio de Garzón, a pesar de las lamparones que le han salido a su imagen -ya los reseñó Elizabeth, habría que agregar ahora su cercanía con el encarcelado policía José Manuel Villarejo y el piso de 800 mil euros recién adquirido-, permanece hasta tal punto que Casa de América, la institución que mejor vincula lo cultural entre la Madre Patria y sus naciones hijas, le ha seguido invitando cuando se trata de Derechos Humanos. No se sabe cuánto cobra.

Lo dijo hace cuatro años en una entrevista con el presentador Andreu Buenafuente: A Garzón le asombra que uno de los barones del Partido Popular haya sido condecorado por la Fundación Francisco Franco. Lo que no parece asombrarle tanto es el nivel de criminalidad del gobierno para el cual trabaja actualmente: El venezolano. Para Garzón, el colombiano Alex Saab, cuya relación con el multimillonario comercio de los CLAP ha documentado con rigor el periodista Roberto Deniz, es víctima del imperialismo. El apresamiento del comerciante se debe a la complicidad dolosa de Interpol. Por ello, por la justicia universal y contra el imperialismo, lucha a brazo partido para evitar que Saab sea extraditado desde Cabo Verde a Estados Unidos.

Ya dijo en 1992 José Bono, uno de los más sagaces colaboradores de Felipe González, que Garzón lo que busca es foto y protagonismo. Es autor, entre otros libros, de Un mundo sin miedo y La indignación activa, que se consiguen en cualquier librería española y en las bibliotecas públicas de Madrid. El primero es una autobiografía escrita de manera un tanto infantil y cursi. En el segundo da lecciones sobre cómo reparar la dignidad y la memoria de las víctimas (del franquismo, del terrorismo, de la violencia de género, etc.) y pararle el trote a la corrupción. También hay libros escritos por otros sobre él, como Garzón: El hombre que veía amanecer, una hagiografía de más de 600 páginas con un álbum fotográfico al final, en papel satinado, donde aparece vestido de valiente marinerito a los 8 o 9 años, de lo más bello.

El título de esta última obra explica la inversión que acaba de realizar este caballero, reseñada por el periódico El Mundo: Se ha comprado un piso que da al parque del Retiro, exactamente sobre su despacho, valorado en 800 mil euros. Cualquier apartamento que mire al Retiro tendrá una bellísima vista del amanecer madrileño. Deben de ser su debilidad, los amaneceres. Seguro que Garzón, cuando Saab se le ha puesto pesimista debido a su situación actual, le habrá dicho, dándole una palmada en la espalda: «Alex, no te preocupes: Amanecerá y veremos».

Lo extraño es que, teniendo 800 mil euros para comprarse un inmueble, no tenga cuarenta o cincuenta euros para montar una plaquita en la puerta de su Fundación, la Fibgar o Fundación Internacional Baltasar Garzón, un ambicioso site que muestra supuestos proyectos en derechos humanos. Tampoco hay letrero alguno en la parte externa del edificio que la cobija, el número 112 de la calle Doctor Esquerdo, una zona bastante céntrica servida por dos estaciones de Metro. Edificio con oficinas o despachos en la planta baja y apartamentos particulares en los demás pisos. Es la dirección indicada en Internet, pero no hay teléfono alguno al cual dirigirse ni tampoco correo. A la entrada tampoco se indica la existencia, allí dentro, de la Fundación que se ha partido el lomo, pro bono, por Julian Assange y otros perseguidos por el imperialismo maluco. Nada en absoluto. El portero dice que sí cuando uno le pregunta por el interfono, que la Fundación funciona en los bajos (o sea, en la planta baja), que pulse el 3 y luego el botón con la campanita. En efecto, la puerta se abre sin mediar pregunta; el problema viene cuando sale una joven de la puerta C, que no tiene otra indicación sino esa C, y desea saber en qué puede ella servirle a uno, todo con una sonrisa de buena voluntad excepto cuando escucha un dejo venezolano en el habla del visitante. Entonces muda el rostro hacia un registro inescrutable y afirma que la Fundación se mudó de allí pero, ¡ay!, no tiene ni la menor idea de adónde se fueron.

Pero es la dirección que aparece en la web. Y el portero acaba de decir que allí está la Fundación. Incluso a la chica de la clínica para sordos de al lado le suena esa Fundación en este edificio. En fin. Lo que ha podido atisbarse tras la puerta C es un ambiente desordenado, sin zona de recibimiento, solo una hilera de puestos de formica con sus mamparas, tras los cuales asoman rumas de papeles. Nada más.

Garzón es una figura mediática. Es decir, su historial y su proyección en los medios van de la mano. Puede que su prestigio se haya visto disminuido en los últimos años, pero eso, en España, quizás no importe demasiado. Tal vez pese más su condición de estrella, su figura algo glamorosa en una sociedad donde la gente consume glamur desde que amanece. El ex juez de la Audiencia Nacional pertenece al escenario de los celebrities, con todo y su cara de pendejo. Los celebrities siempre llevan un flirt a cuestas, por si acaso se les desgasta el seguimiento mediático. En estos días se habla de un amorío entre Garzón y la Fiscal General del Estado: Gancho atractivo para los paparazzi.

¿Dónde queda esa línea divisoria entre la responsabilidad de los hombres públicos en España y ese acuerdo tácito social a través del cual el público -por lo general seguidor de la prensa del corazón- desvía su atención del delincuente para quedarse apenas con su lado glamoroso?, ¿no forma esto parte, con el beneplácito de muchos medios de comunicación, de La civilización del espectáculo descrita por Mario Vargas Llosa, por cierto, él mismo protagonista ahora de esa civilización gracias a su junta con Isabel Preysler? Mario Conde fue un banquero guapo y arrojado en los ochenta, líder de Banesto. Que fuese un irresponsable o un estafador, no importa, ya pagó cárcel por ello. El otro día apareció en un sitio del jet set de la mano de una mujer de las que atraen cámaras. No faltaba más. El ex convicto aparece ahora en las revistas dedicadas a las mujeres que dan la nota, que no solo se ocupan de llevar la casa. Es una simpática y elegante celebridad madura dentro de la clase social a la que engañó financieramente hace unos años.

El lenguaje, mientras tanto, en el Congreso de los Diputados bordea cada vez más lo que comentó el poeta Montejo a Méndez Guédez en aquel trayecto entre Salamanca y Madrid: Chico, ya lo dijo el amigo Cadenas en su ensayo En torno al lenguaje, que la forma en que la gente habla remite a un deterioro inexorable. El Congreso de los Diputados es ahora el reino del vacío existencial de la palabra. No sirve como herramienta de diálogo y concertación. Cada debate es un aquelarre de ofensas y fake news que funcionan como armas arrojadizas. Es el teatro de una encefalitis crónica. Han desaparecido las ideas, solo merodean portátiles vocablos.

Venezuela y España se parecen políticamente y parlanchinamente también. El Congreso de los Diputados español podría ser el Congreso venezolano de los años 1997-1998. Solo que en España los poetas no se ocupan de esto, sino de convocar a sus musas.

@sdelanuez

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