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20 mayo 2024

Nostalgia y trascendencia

De continuo deseamos cosas concretas. Ese objeto de deseo será, según el caso, de muy diversa naturaleza o figura. Sin embargo, nuestros deseos tienen en común, como su última razón de ser, la aspiración a ser felices. De tal manera que, al reflexionar sobre lo buscado en todo, encontramos esa respuesta, que plantea la pregunta definitiva: ¿En qué consiste la felicidad?, ¿cómo podemos llegar a ser felices?

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Rafael Tomás Caldera | 09 noviembre 2020

A Rafael Cadenas

Para dar cuenta de su recurso a diversos autores ingleses, al estudiar la relación entre realidad y literatura, escribe Rafael Cadenas: “Inglaterra es el país de los paraísos perdidos y las utopías. Ningún otro lo iguala en la nostalgia del pasado o del futuro que no es sino nostalgia de un estado de ser, cuya clave ha de existir, pero no se encuentra. Tal vez porque está muy a la mano”1.

Por tratarse de un estado de ser, como nos advierte, acaso esté “muy a la mano”. Sin embargo, no está en nuestro poder alcanzarlo. La nostalgia se despierta en nosotros por una experiencia que marcará la vida. Se trata de una de las maneras en las cuales la persona retoma el rumbo en la navegación de  su existencia y descubre el sentido de su propia realidad.

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Era el año de 1819 cuando el joven John Henry Newman, estudiante en Oxford, anota en su diario2:

Campanas que tañen. El placer de oírlas. Lleva la mente a un anhelo de no sé qué cosa. No trae al recuerdo años pasados. Nada trae. ¿Qué hace? Tenemos una suerte de añoranza de algo que nos es querido y como bien conocido. Muy apaciguante. Tal es mi sentir en este momento cuando las oigo.

El texto nos cautiva en su sencillez. El tañido de unas campanas en el silencio de una tarde de domingo. Es marzo y el aire en invierno trae, como un grato conjuro, la pureza del sonido. Surge en él la nostalgia de algo que no sabe qué es. No ha sido el recuerdo de años pasados. En verdad, nada definido. Pero aquella experiencia concreta y agradable ha hecho vibrar en él una cuerda profunda: “Tenemos -anota- una suerte de añoranza de algo que nos es querido y como bien conocido, muy apaciguante”.

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Algo más de un siglo después, C. S. Lewis, profesor en Oxford, dará cuenta de su vida hasta el momento de su conversión en un libro que titula Surprised by Joy. En dos de sus capítulos, recoge una cuidadosa descripción de la experiencia.

Ocurre primero en los años de su infancia, donde encontramos como una progresión que culmina en el momento clave. El primer paso es, dirá, el recuerdo de un recuerdo. De pie en el jardín, un día de verano, junto a un seto florecido, de repente surge en él, sin aviso y como viniendo de una profundidad “no de años sino de siglos”, el recuerdo de una mañana temprano, en la Vieja Casa, cuando su hermano vino al cuarto de juegos con su jardín de juguete. Es difícil, anota, encontrar las palabras para la sensación que entonces lo sobrecoge. “Era una sensación de deseo; pero deseo ¿de qué? No por cierto de una lata de galletas llena de musgo, ni tampoco de mi pasado (aunque eso formaba parte de ello) (…) Antes de saber qué deseaba, el deseo mismo se había ido, el atisbo por completo retirado, el mundo se hizo de nuevo común y corriente o tan solo removido por el anhelo del anhelo que acaba de cesar. Fue solo un momento; y en cierto sentido, comparado con aquello, todo lo que me había sucedido hasta entonces era insignificante”3.

El segundo atisbo le vino a través de la lectura de un libro infantil de Beatrix Potter, en lo que solo puede describir como “la Idea del Otoño”. Al igual que en la oportunidad anterior, tuvo una experiencia de intenso deseo. En ella encontró “la misma sorpresa y el mismo sentido de [una] importancia incalculable. Todo muy diferente a la vida ordinaria e incluso diferente de los placeres ordinarios. Era algo «en otra dimensión»”.

El tercer momento, crucial, ocurre a través de la poesía. Se había aficionado a la obra de Longfellow, la Saga del Rey Olaf y, al pasar las páginas del libro, de repente lee:

Oí una voz que clamaba
Balder el hermoso
Ha muerte, ha muerto.

“Nada sabía de Balder, pero, al instante, me vi elevado a enormes regiones del cielo del Norte”. Refiere: “Deseé con una intensidad casi enfermiza algo que no se puede describir (salvo decir que es frío, espacioso, severo, pálido y remoto) y entonces, como en los casos anteriores, me encontré en el mismo momento saliéndome ya de ese deseo y deseando estar en él de regreso”4.

Las imágenes en Lewis corresponden quizás a la idiosincrasia del sujeto y tan solo acompañan la experiencia sin definirla. Lo decisivo es ese deseo, de intensidad casi enfermiza, de algo que no se puede describir y que no se ha terminado de sentir cuando ya se encuentra fuera y con el vivo deseo de experimentarlo de nuevo.

Subraya a continuación la cualidad común a los tres casos: Un deseo insatisfecho que resulta más deseable que cualquier otra satisfacción5. Lo denomina ‘Joy’, para él un término técnico, que no debemos apresurarnos a traducir. Debe distinguírselo tanto de la felicidad como del placer. Tiene con ellos una sola característica en común: Que quienquiera que lo haya experimentado querrá tener la experiencia de nuevo. Aparte de eso y prestando atención a su cualidad propia, se lo podría llamar igualmente un cierto tipo de infelicidad o de aflicción. Pero un tipo que queremos tener. Dudo, afirma de manera rotunda, que cualquiera que lo haya gustado querrá cambiarlo por todos los placeres del mundo, si ambas cosas estuvieran en su mano. Pero el Joy no está nunca en nuestro poder, el placer a menudo sí lo está.

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Esta primera y originaria experiencia se repetirá años más tarde. Resulta significativo que el capítulo donde viene narrado lleve por título ‘Renacimiento’. Clive ha sido matriculado en uno de esos típicos internados de la época, donde no encuentra mayor satisfacción. Lo importante es cómo, según anota, el Joy auténtico se había desvanecido de su vida a tal punto que no conservaba ni el recuerdo ni el deseo.

Hojeando una revista literaria, se detuvo al azar en un título y una imagen. Un momento después, escribe, “el cielo había dado vueltas”. El título leído era Sigfrido y el crepúsculo de los dioses, y había visto una de las ilustraciones allí reproducida. Nada sabía al respecto. Nunca había oído de Wagner ni de Sigfrido, y pensaba que el crepúsculo mencionado era aquel en el cual vivían los dioses. Pero vuelve a tener esa intuición de vastos espacios del Norte y casi al mismo tiempo recuerda que había encontrado eso hace mucho tiempo. “Y con esa inmersión en mi propio pasado surgió al instante, casi como una punzada en el corazón, el recuerdo del Joy mismo, el conocimiento de que tuve alguna vez lo que ahora me había faltado por años; que estaba al fin regresando del exilio y las tierras desiertas a mi propio país6.

“La nostalgia se despierta en nosotros por una experiencia que marcará la vida”

Experimenta una insoportable sensación de deseo y de pérdida y, de nuevo, antes de darse mucha cuenta, se hallará fuera de la experiencia. Sabe ahora, sin embargo, casi con conocimiento irremediable, que volver a tener el Joy era el objeto supremo y lo único importante en su vida7. Como la experiencia ha tenido lugar a propósito de Wagner, buscará en vano su tesoro en la música y la poesía. El Joy es diferente del placer, había dicho y, añade ahora, también del placer estético.

Precisará sus caracteres. Itmust hace the stab, the pang, the inconsolable longing8: Ha de tener la punzada, el dolor agudo, la añoranza inconsolable. No es nunca algo poseído, sino más bien el deseo de algo “de tiempo atrás o lontano o que está por pasar”9. El deseo de nuestra patria lejana10, como ninguna felicidad natural puede satisfacer11. Un hondo sentimiento de nostalgia, que no sabe descifrar.

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Es necesario preguntarse un momento por la naturaleza de esta experiencia, si es de orden afectivo o engloba lo intelectual; y su alcance, esto es, su posible importancia en la vida de la persona. Hablamos de ‘experiencia’, desde luego, en cuanto tiene lugar en una aprehensión concreta e inmediata. ‘Experiencia’ sobre todo por el pathos que comporta, que toca de modo singular al sujeto consciente12.

Se percibe con facilidad que no se trata de un placer sensible. En tales casos, el disfrute no trae consigo llamada alguna a ir más allá. El gozo que hemos visto combina satisfacción e insatisfacción, como ocurre en la percepción de la belleza sensible, cuando se despierta un punzante deseo de algo más y como una persuasión de pertenencia.

Se trata, podemos decir quizá, de una experiencia poética, que parte de lo afectivo, pero ilumina la inteligencia de tal manera que busca ser expresada.

Por otra parte, llama a trascender. Con ello revela una estructura en lo real que se desdobla sin cesura en lo inmediato y lo trascendente. Revela así nuestra propia realidad: La persona está llamada a una plenitud que solo puede lograr más allá de la presente condición temporal.

Lewis preguntará “si hay alguna razón para suponer que la realidad ofrece alguna satisfacción para ello”, esto es, si no se trata en definitiva del deseo de algo irreal, plantado en el corazón del hombre. Su respuesta es muy sugerente: Si bien sentir hambre no prueba que tendremos pan, prueba en cambio que uno viene “de una raza que repara su cuerpo comiendo y habita un mundo donde existen sustancias comestibles”13.

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La experiencia, que suscita esta nostalgia en el corazón del hombre, al punto de que la nostalgia misma forma parte de ella, pone de manifiesto su ser espiritual: La inmortalidad de su alma. Las situaciones en las cuales ha surgido no encierran el objeto final del anhelo sino tan solo lo que lo ha despertado en nosotros.

De continuo deseamos cosas concretas. Ese objeto de deseo será, según el caso, de muy diversa naturaleza o figura. Sin embargo, nuestros deseos tienen en común, como su última razón de ser, la aspiración a ser felices. De tal manera que, al reflexionar sobre lo buscado en todo, encontramos esa respuesta, que plantea la pregunta definitiva: ¿En qué consiste la felicidad?, ¿cómo podemos llegar a ser felices?

Las experiencias recogidas han mostrado que la felicidad a la que aspiramos está más allá. Esa belleza que nos ha conmovido es tan solo la promesa de algo que pasa a través de ella. Lo que ha vehiculado suscita en nosotros un deseo de absoluto que no puede satisfacer. Son -escribe Lewis– “la fragancia de una flor que no hemos encontrado, el eco de una melodía que no hemos oído, noticias de un país que aún no hemos visitado”14.

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No resultará superfluo detenernos en la expresión dada por T. S. Eliot a su experiencia, en “The Dry Salvages”, V, tercero de sus Cuatro Cuartetos. En esa larga meditación del poeta sobre el itinerario del alma, distendida en el tiempo, afirmará primero lo que podríamos llamar su tesis: “La curiosidad de los hombres escruta el pasado y el futuro y se aferra a esa dimensión. Pero aprehender el punto de intersección de lo intemporal con el tiempo es una ocupación para el santo”15. Aunque no se trataría tampoco de un cometido, sino de un don recibido en una vida entregada “en amor, ardor, olvido y don de sí”.

La excepcionalidad (aparente al menos) de esta condición no debe ocultar el sentido de su planteamiento. No hay aquí referencia a una tierra añorada nunca vista, sino la estricta relación de lo temporal y lo eterno que marca un más allá en la existencia. Afirma entonces cómo puede darse para la mayoría de nosotros: Ese momento en que, descuidados, salimos y regresamos al tiempo, con ocasión de diversas situaciones, de las cuales retengamos una: “La música oída con tanta intensidad, que no es oída sino tú eres la música mientras la música dura”.

Tales experiencias, advierte, son tan solo pistas y conjeturas, pistas seguidas por conjeturas. La experiencia nos ha hecho presente un más allá que, sin embargo, queda velado. Quedará, eso sí, como marca en la conciencia puesto que, tras las pistas y conjeturas, el resto será “plegaria, observancia, disciplina, pensamiento y acción”.

Nos trae, por fin, a la afirmación mayor, fundada en la fe:

The hint half guessed, the gift half understood, is Incarnation:
Here the impossible union
Of spheres of existence is actual.

La pista adivinada a medias, el don medio comprendido, es la Encarnación: Aquí se realiza la unión imposible de las esferas de la existencia.

Han sido unos pocos versos. El poeta, doblado de filósofo y místico, nos ha traído a esa estructura doble de temporal e intemporal, como se da en nuestras experiencias no buscadas. Aun el que se ocupa en ello como tarea -el santo- lo recibe como un don. Y donde se lleva a cabo la imposible unión de las esferas de la existencia, don apenas entendido, es en la Encarnación: Cuando el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros16.

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La nostalgia ha hecho posible un modo de estar en la realidad: El alma abierta. Lo que se ha dado en la experiencia singular es un descubrimiento vívido de la realidad del espíritu. Nuestro anhelo de felicidad, subyacente en todo deseo de algo apetecible, se ha visto suscitado por un tocar lo que está más allá de lo sensible inmediato. Lejos de quedar atrapada por las apariencias, el alma ha salido a lo más real. La mirada traspasa la superficie de las cosas, que ahora puede leer como otros tantos símbolos.

Una imagen, incluso de carácter religioso, tiene una consistencia que la incluye en el ámbito de la percepción. Tiene un sustrato material. Será clave la calidad de la mirada, que puede resbalar por la superficie y quedarse detenida en la apreciación de sus elementos naturales: Belleza del modelo, textura de los materiales, perfección del acabado. Solo en un movimiento interior hacia lo trascendente, preparado por el recogimiento o la sed de sentido, puede lograr en la captación simplicidad y pureza.

Tras el fenómeno está la corporeidad del ser humano, uno en su unidad de cuerpo y espíritu. Un ser cuyo conocimiento se da a partir de lo sensible, pero puede elevarse a lo trascendente. Ello explica por qué lo superior será expresado con imágenes tomadas de la realidad física: El banquete, la unión nupcial, la herida en el corazón.

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Nada de esto ha abolido la condición actual de la persona. Se ha abierto el alma a la entera dimensión de lo existente y la persona ha de vivir desde ahora en tensión hacia la realidad divina.

Nos aproximamos, sin embargo, a un misterio, el verdadero misterio del ser. El lenguaje habrá de sufrir esa purificación que consiste en afirmar, negar y trascender. Lo que hemos gustado es bueno; pero no como el placer, ni siquiera estético. Hiere, y con ello nos hace tender a algo más real, conocido, pero nunca visto.

La Encarnación hace presente en lo humano la realidad divina. Presencia sacramental y no de mera representación, en la cual la realidad superior significada está actualmente en lo inferior: La unión imposible de las esferas de la existencia es real17. Esa unión está siempre velada en aquello mismo que la revela. El alma enamorada del poeta cantará18:

Apaga mis enojos,
Pues que ninguno basta a deshacellos,
Y véante mis ojos,
Pues eres lumbre dellos
Y solo para ti quiero tenellos.

Ante el misterio, queda la mirada del alma en busca de lo superior, Dios mismo. Y, como el canto, esa intención culmina en el silencio.

(1) Rafael Cadenas, Realidad y literatura, Caracas, Equinoccio, 1979, p. 46.

(2) Citado por Ian Kerr, John Henry Newman. A Biography. Oxford, 1990, p. 11.

(3) Sigo su narración de la manera más ceñida posible, sin citas textuales, salvo aquellas que contienen los pasajes esenciales y con valor técnico. Surprised by Joy, Collins, Fontana 11th. ed. 1972, p. 19.

(4) Ibíd., p. 20

(5) Idem.

(6) Ibíd., p. 62.

(7) Ibíd., p. 63.

(8) Ibíd., p. 62.

(9) Ibíd., p. 66.

(10) “The Weight of Glory” in Screw tape Proposes a Toast, Collins, Fount, 15th. Impresión 1982, p. 97

(11)Ibíd., p. 99.

(12) Cf. al respecto mi trabajo sobre La primera captación intelectual, Universidad de Navarra, Cuadernos de Anuario Filosófico n. 81, 1999, p. 73.

(13) Cf The Weight of Glory, cit., p. 99

(14) Ibíd, p. 98.

(15) Procuro ceñirme al texto, sin intentar (lo que me sobrepasa) traducir la poesía.

(16) Cf. Juan 1, 14.

(17) Eliot, ibíd.

(18) San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 10.

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