En la aldea
28 mayo 2024

Rayma advierte la estafa de una educación deficiente

Ante las puertas clausuradas de la escuela, ¿qué oportunidad tiene el niño pobre que se queda dando brincos aferrado a un teléfono, si es que lo tiene? La caricatura de Rayma no sugiere un evento del pasado y otro del presente. Apunta a una realidad sangrante, que en Venezuela cobra ribetes de tragedia. Sacar el mejor partido de las diversas tecnologías para contribuir a cerrar la brecha de las desigualdades, hace más grata la experiencia del aprendizaje en una escuela ambiciosa, con maestros idóneos, porque es deber de la sociedad garantizar que el conocimiento sea un derecho de todos.

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Milagros Socorro | 25 marzo 2021

Una caricatura es una síntesis gráfica donde las características de lo aludido se exageran hasta deformarlas. No es, exactamente, una reflexión, mucho menos una disquisición. Una caricatura es la reducción a un trazo de un asunto mucho más amplio. Para que una caricatura funcione, el dibujante/humorista y la audiencia deben compartir una experiencia o conocimiento. Si el público no identifica la cuestión a la que se refiere el dibujo o no reconoce a las personas retratadas, la viñeta no funciona. Por el contrario, cuando el chiste visual aborda un asunto que inquieta a la audiencia y convoca su preocupación, es objeto de comentarios y debate.

Esto es lo que ha ocurrido con la caricatura de Rayma Suprani, donde la laureada dibujante aborda el problema de la inequidad en la educación. Para ello, la periodista y cartonista satírica formula una pregunta: «Y a ti, ¿cómo te educaron?». Y, como respuesta, da dos opciones, para lo cual divide el plano; en la mitad superior presenta un escolar sentado en un pupitre, con un libro en las manos, que con una sonrisa afirma que se educó «con Mozart, Kafka, Poe, Sócrates, Cortázar, Borges y Mafalda…», mientras que, en la parte de abajo, vemos al mismo muchacho con los ojos desorbitados, en actitud corporal de desorden y falta de contención, diciendo: «Yo me eduqué con Youtube, Instagram, Twitter, Facebook y Tic toc…».

Las dos circunstancias no están ancladas en una cuestión generacional o de época, puesto que, si bien es cierto que las redes sociales son una marca de la actualidad, no es menos real que en la contemporaneidad conviven la educación planificada, cuyos programas incluyen lo más complejo del conocimiento y de la producción intelectual de la humanidad, con una escuela desdibujada, donde los estudiantes quedan librados a sus propios esfuerzos y a lo que los medios masivos puedan ofrecerle.

La realidad que Rayma bosqueja en sus trazos no es materia de etapas históricas, sino un problema social. Un drama enraizado en la desigualdad de oportunidades: hay estudiantes con acceso a una escuela orientada a darles una formación que los prepare para desenvolverse en el mundo del conocimiento y hay otros, los más vulnerables, condenados a engrosar lo que el pedagogo español Gregorio Luri llama “lumpen cognitivo”, precisamente porque no han tenido la fortuna de recibir una instrucción que, al someterlos a retos intelectuales, los dote de un pensamiento crítico y de habilidades sin las cuales no podrán ni soñar con una inserción exitosa en el ámbito laboral y del emprendimiento. «Vivimos», dice Luri, «en una era de capitalismo cognitivo, donde el conocimiento es el petróleo del futuro».

“La realidad que Rayma bosqueja en sus trazos no es materia de etapas históricas, sino un problema social. Un drama enraizado en la desigualdad de oportunidades”

La caricatura de Rayma no sugiere un evento del pasado y otro del presente. De hecho, los autores con que se educa el estudiante del pupitre, -es decir, el que tiene alguien a cargo de su formación-, no solo tienen plena vigencia sino que los escritores mencionados configuran una línea cuya impronta llega hasta nuestros días fresca como una rosa. Me explico: el origen es [Edgar Allan] Poe, creador ni más ni menos que de los géneros literarios de terror y de detectives, que tendría enorme influencia en Kafka, Borges y Cortázar, maestros que se siguen leyendo y a quienes no se puede señalar de arcaicos o avejentados. Y lo mismo se aplica a Mozart, cuya actualidad se mantendrá por milenios.

Tampoco se trata de que el aprendizaje no se limite a la esfera escolar. Eso es una obviedad. Nadie aduciría que su formación o su cultura se componen exclusivamente de lo adquirido en el aula; el punto es que puedes ser un profesional solvente tras años de ver El Zorro, el Miss Venezuela, Radio Rochela y tandas de muñequitos. Pero no es esto lo que te faculta para avanzar en el proceso educativo. Si alguien afirma que es, pongamos, un buen periodista porque se pasó la infancia jugando pelota en la calle, miente descaradamente. Como también faltaría a la verdad quien dijera que lo es porque jamás se expuso a Thelma Tixou, Los Tres Chiflados o Tito El Bambino.

No. Esta caricatura apunta a una realidad sangrante, que en Venezuela cobra ribetes de tragedia. Hay niños y adolescentes (la figura de la caricatura representa un menor) que tienen la oportunidad de recibir una educación inspirada por un proyecto racional, una instrucción de excelencia, que por fuerza incluye un plan de estudios definido para fomentar la mentalidad de aprendizaje, donde hay unos maestros que guían el aprendizaje de cada alumno conforme a unas ideas, incluso unos ideales (muchos hemos tenido la fortuna de contar con uno de estos, que nos cambió la vida); donde se inculca la disciplina, (valor que ni está pasado de moda ni sobra, por el contrario, hoy, como fue ayer y lo será mañana, es más provechoso ser disciplinado y persistente que inteligente, porque no se hace nada con perspicacia si no se trabaja con constancia); donde se ponen límites, y donde se proponen objetivos que suponen dificultades. Y hay otros, que por falta de esa sistematización, quedan realengos, sin tutoría, sin nadie que se haga responsable, con lo que quedan al arbitrio de estímulos en los que se mezcla lo formativo con lo deformador. En este caso, mostrado por Rayma con los rasgos grotescos de un individuo frenético: descentrado, lo menos malo que puede ocurrir es que el desaforado disponga de mucha información y sea un ignorante. Pero lo más común es que quien no goza de un aprendizaje dirigido, quien no tiene la suerte de leer y debatir “La caída de la Casa Usher” y la “Casa tomada”, de Poe y Cortázar, respectiva y dialogadamente, estará siempre en desventaja respecto del que sí lo hizo.

El conflicto se agudiza cuando, como ha ocurrido en tiempos de pandemia, los menores dejan de ir a la escuela en la idea, quimérica, de que en la casa van a recibir la misma educación. Algunos lo lograrán. Muy pocos, pero la inmensa mayoría no, por muchos motivos, con lo que se les hará un gran daño. En este punto conviene recordar que si a un niño no pobre se le cierran las puertas de la escuela siempre tendrá otras instancias a las que recurrir, incluida, por cierto, la ruta tecnológica con contenidos formativos. Pero ante las puertas clausuradas, el niño pobre se queda dando brincos, con la lengua afuera, aferrado a un piazo e’ teléfono, si es que lo tiene. Por eso es deber de la sociedad garantizarles a todos una escuela ambiciosa, con maestros idóneos, porque el conocimiento es un derecho de todos.

El cartón, en su economía de lenguaje, plantea también que un modelo de educación es superior a otro no porque emplee pupitres o libros en papel, sino porque saca el mejor partido de las diversas tecnologías para contribuir a cerrar la brecha de las desigualdades, a hacer más grata la experiencia del aprendizaje (por eso uno sonríe mientras el otro parece a punto de vomitar). Por eso, uno mira confiado al porvenir, mientras al otro le giran los ojos en las órbitas, como quien acaba de entender que ha sido víctima de una estafa.

*La imagen de inicio muestra parte de la caricatura de Rayma sobre la cual habla la autora, Milagros Socorro, en su artículo.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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