En la aldea
18 mayo 2024

Días de reflexión

Ninguna persona puede ser presionada, pero ser un menor de edad empeora el “rito de iniciación”, que a estas alturas parece cosa medieval. Son varias las generaciones que hablan de un hombre “exitoso con las mujeres” para celebrar a uno que puede tener varias a la vez, o está casado y tiene un “segundo frente”. Las denuncias públicas de abuso y acoso sexual han removido a muchos. No se trata de hacer juicios retroactivos, es revisar, rectificar, corregir y avanzar, ser mejores. La sociedad es cosa de todos, y un buen inicio sería aplicar este dicho de la sabiduría popular: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”.

Lee y comparte
Mari Montes | 11 mayo 2021

Las denuncias públicas de abuso y acoso sexual removieron a muchos, porque ese tema que nos parecía ajeno, del cual se hablaba en voz baja, salió a luz por los altavoces de las redes sociales, y nos hizo agitar nuestras historias personales, traer de regreso algunas cosas que creíamos olvidadas o no habíamos visto en su dimensión.

A propósito de mi artículo anterior “El abuso no es chiste”, varios amigos se comunicaron conmigo para comentarme que se habían dado cuenta, ellos también, de que en algún momento hicieron cosas que no estuvieron bien, se propasaron en una broma con una amiga o bailando, sin tener consciencia, y menos con intención de ser abusadores. Conversaron con sus madres, parejas, con sus hijas y amigas y quedaron impactados al escuchar que las mujeres de sus vidas, también sufrieron abusos, en una u otra medida. Me contaron que callaron abusos sufridos, por las mismas razones que nosotras, miedo, desconocimiento, porque no les creerían, porque “los hombres no lloran”.  Atendiendo a ese dicho, no pocos se guardaron todo tipo de agresiones, para no parecer “unas niñas”, por temor a que se dudara de su masculinidad.

“El abuso sexual es toda práctica donde un adulto valiéndose de su poder lo utiliza para satisfacerse, por distintas vías y de distintas formas”

Óscar Misle, fundador y director de Cecodap

Uno de ellos me contó que esa “formación de macho latino”, también propició un tipo de abuso del que poco se habla, del cual fueron víctimas por ser varones: la presión para que dejaran de ser vírgenes, contrario a lo exigido a las hembras.

Recordó con desagrado infinito, el día que su abuelo lo llevó a una casa de citas para que “se hiciera hombre”. La evocación de su “iniciación” fue amarga, lo tiene borroso, pero sabe que no fue agradable, aunque la mujer después le dijo al abuelo que lo había hecho “muy bien”, para que lo dejara tranquilo. Ella sí entendió que él no quería estar allí. No lo había pensado como ahora, porque era “normal”, porque era así, no había discusión, era una especie de rito. Tenía 15 años y les explicó que no era lo que deseaba, pero fue una imposición del abuelo y su papá, quien también había pasado por lo mismo, así que tuvo que ir. No deben ser pocos los hombres que tuvieron que pasar por situaciones así, porque era la crianza, en algunas familias, una “tradición”. Ese abuelo y ese papá, no vieron como un abuso obligar a un quinceañero a tener sexo con una prostituta, creían de verdad que eso debía ser parte de su “formación”. Mi amigo no entendió que fue un abuso, hasta estos días, a propósito de las revelaciones.

Es muy probable que algún varón esté leyendo esto y le parezca una necedad, a lo mejor pasó por lo mismo y no fue traumática la experiencia, al contrario, la disfrutó, pero eso no estuvo bien, aunque el uso y costumbre lo hayan normalizado. No puede estar bien que a un adolescente se le imponga tener sexo con una prostituta, ni con nadie. Ninguna persona puede ser presionada, pero ser un menor de edad empeora el “rito de iniciación”, que a estas alturas parece cosa medieval.

“Las respuestas a mi artículo anterior me hicieron ver cuánto va a costar cambiar esas convicciones y otras, porque son años creyendo que esas prácticas estaban bien”

Me impactó la historia de mi amigo, busqué en la Ley Orgánica para la Protección del Niño, Niña y Adolescente (Lopnna) y no encontré nada que describa o establezca una sanción a estas prácticas. Por ejemplo, se especifica claramente que un menor no debe ir a un bar “y lugares similares”, pero no se menciona la palabra “prostíbulo” o algún sinónimo. No está tipificado el que un adulto obligue a un menor a tener relaciones sexuales en contra de su voluntad, aunque sea con otra persona. Por eso quise consultar a Óscar Misle, educador, orientador, terapeuta, quien por 36 años ha estado trabajando  desde Cecodap temas relacionados con los niños, niñas y adolescentes, de las situaciones de abusos de las cuales pueden ser víctimas o lo han sido, de las amenazas a su desarrollo sano, de la importancia de la comunicación y hacerlos conocedores de sus derechos y deberes. Se mostró sorprendido, jamás en todo este tiempo escuchó en los grupos de discusión un testimonio que hiciera referencia o denunciara esa “costumbre” de algunas familias, aún cuando es algo que se ha hecho por años.

-Pienso que es un abuso porque es llevar a un adolescente, en contra de su voluntad, a tener una relación sexual. El abuso sexual es toda práctica donde un adulto valiéndose de su poder lo utiliza para satisfacerse, por distintas vías y de distintas formas. En la Lopnna no está, pero para mí es un abuso, es uso del poder, de la jerarquía, para obligar a un menor a un acto sexual sin su consentimiento y que produce un efecto, como en este caso que comentamos. Generalmente, esa iniciación sexual tenía como argumento “iniciarlo” como hombre, para que no quedara en duda su masculinidad, su condición de varón, al tener relaciones se probaba que era “varón”, su “hombría”. Debemos fijarnos en lo que está detrás de eso, imaginemos que el muchacho tuviera una orientación sexual distinta, porque era homosexual, o simplemente no quería. Nadie puede ser obligado. Me parece muy interesante que haya salido esta situación. Lo que va saliendo a la luz.

Me atrevo a decir que sería bueno revisar la Ley, para mejorarla, para llenar esos vacíos que de alguna manera amparan situaciones abusivas y conductas inapropiadas.

La cultura machista no será fácil de desmontar, pero hay que insistir. No es reducirlo a una pelea de mujeres y hombres, porque las fallas han sido de todos, en perjuicio de todos.

Hay varias generaciones que hablan de un hombre “exitoso con las mujeres” para celebrar a uno que puede tener varias a la vez, o está casado y tiene un “segundo frente”, pero no evalúan de la misma manera a una mujer. Una mujer no es “exitosa con los hombres”, es una “resbalosa”, “brincona”, de “cascos ligeros”, “casquivana” o cualquier definición por el estilo que huelga escribir.

Las respuestas a mi artículo anterior me hicieron ver cuánto va a costar cambiar esas convicciones y otras, porque son años creyendo que esas prácticas estaban bien o en todo caso eran aceptadas, y no son sólo opiniones de los hombres, hay mujeres que también piensan así. Hombres y mujeres que culpan a las víctimas y dudan de sus testimonios.

“Nos cuestan los cambios. Nos cuesta aceptar los errores de quienes amamos, y todavía más los errores propios”

Cuando se conocieron algunos casos de acoso sexual a periodistas que trabajan en el beisbol de las Grandes Ligas, el reconocido y respetado Peter Gammons, miembro del Salón de la Fama de Cooperstown, dijo: “Ha llegado el momento de cambiar el tratamiento de las mujeres reporteras (…) Ningún hombre periodista puede decir que lo entiende. No es así. La empatía no es experiencia”.

No siempre es fácil ser empáticos, pero hay que hacer un esfuerzo. A quien no le guste la palabra, pruebe ponerse en el lugar del otro, imaginar cómo puede sentirse esa persona que pasó por una situación que usted desconoce.

Debería estar entre las características del machismo, la creencia de que un varón no puede resistirse a tener sexo con una hembra que le coquetea,  porque podría ser visto como “raro”. De esos cuentos hay montones, el acoso no es patrimonio exclusivo de los hombres.

A mis amigos padres de niñas les sugiero piensen qué no les gustaría que vivan sus hijas o en qué fue lo que les dolió que vivieron sus madres; es posible que desde ahí puedan aproximarse mejor a lo que nosotras hemos sentido ante un abusador.

Confieso que me preocupa un poco la resistencia a revisar lo hecho, y admitir que en muchas concepciones de las cosas estábamos en un error. No se trata de “cancelarnos”, como está de moda decir, no es hacer juicios retroactivos, es revisar, rectificar, corregir y avanzar, ser mejores. No es borrar la historia, es verla con ojos críticos, en contexto, mantener y mejorar lo que ha estado bien y modificar las conductas o ideas que hoy sabemos, estaban equivocadas.

Hablamos de “la generación de cristal”, cuando leemos a un joven reclamar respeto. Nos parece que como cuando éramos pequeños “no nos pasó nada” cuando nos “chalequeaban”, eso estaba bien, aunque nos hayan lastimado en su momento, o encontremos que nosotros hemos sido los agresores, que alguna vez maltratamos con palabras. Nadie tiene que soportar motes humillantes que aludan a su apariencia, condición social, orientación sexual o religión, parece mentira que haya que escribirlo a estas alturas. No es que “ahora no se le puede decir nada a nadie porque se ofende”, revisemos si lo que hemos sido capaces de decir e incluso de aguantar, no ha sido al menos pesado, y en algunos momentos insultante, y pensemos si estuvo bien.

Para quienes somos padres el ejercicio no es muy difícil, pensemos en lo que no quisiéramos que le digan a nuestros hijos y que llamamos “bullying”.

Tenemos mucho que reflexionar, porque la sociedad es cosa de todos. El tema es muy extenso, nos cuestan los cambios. Nos cuesta aceptar los errores de quienes amamos, y todavía más los errores propios.

Existen los Diez Mandamientos de las tablas de Moisés. Se han escrito montones de leyes, centenares de párrafos explicativos, miles de palabras, millones de letras y signos de puntuación, para establecer los derechos de los niños y adolescentes, de las mujeres y de las minorías, de los Derechos Humanos, manuales de urbanidad, normas de buen trato, sin embargo, seguir estos dos dichos de la sabiduría popular nos evitarían equivocaciones y problemas, sin leer mucho: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti” y, “respeta para que te respeten”.

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Opinión