En la aldea
18 mayo 2024

Doce preguntas íntimas a César Miguel Rondón

Entre Margarita y Miami hay complicidad, compañerismo, afecto, confianza, son amigos. Solo los separa el no verse en persona desde que el entrevistado partió a un exilio forzado. Sigue en lo suyo, ejerciendo el periodismo en radio, televisión y también en podcast. La tecnología lo mantiene conectado con sus amigos y afectos, “uno está cerca siempre. Y no es solo un problema de internet. Es un problema de la vivencia, del sentimiento, es un problema del corazón”. Una conversación que nos aproxima un poco más a César Miguel Rondón, “como trabajo siempre tocando las cosas de Venezuela, siempre estoy allí”.

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Es de noche. Tarde. Desde el balcón miro a la lontananza. Después de varios días de lluvia, el tiempo se despejó de llantos. No hay bruma. La Luna está menguando, flaquita. Cuando la noche está así, desde Pampatar se logra divisar una nube rojiza en los cielos de los vecinos de tierra firme. Se ve precioso. Casi mágico. Pero es una belleza ficticia, engañosa. En realidad, es contaminación. Son los mechurrios en la franja central de Monagas, quemando gas natural. Ahí están, contaminando, ensuciando, siendo monumento al desperdicio. Proclamando desprecio. Un desplante insolente. Es cierto que la industria es de suyo contaminante, pero hay cómo aminorar el daño. No lo hacen. No les importa.

Con la ficción hay que tener cuidado. Nos embelesa, nos cautiva, nos crea una falsa ensoñación, un espejismo emocional.

Entro al cuarto y reviso el celular. Una nota de voz de César. Sí, César, a secas. Sin el Miguel y sin el Rondón. Ese con quien llevo años compartiendo sueños, ilusiones, textos, palabras y, también, angustias. Ese con quien me he pasado tres cuartos de vida conversando. Intercambiando confesiones y rabias defectuosas. Detesto a los que se las dan de “pepas del queso”. Él es lo contrario. Podría dárselas de mucho. Pero no. Sigue siendo el mismo que conocí en la universidad, donde ya brillaba y no se recostaba en la pedantería. Es el amigo que Dios me regaló.

No hay nada ficticio en César. 

Hace muchísimo que no nos vemos, digo, en persona. Él en Miami, en un exilio forzado. Yo, en Margarita, donde mi marido y yo nos mudamos, no para retirarnos, sino antes bien para ponerle vida a los años que nos queden por vivir. Pero César y yo chateamos casi todos los días, y vemos a diario el mismo mar, este Caribe precioso cuya magnificencia no deja de sumergirnos en la perplejidad. Es como si este mar fuera nuestro vaso comunicante. Entendemos, él y yo, que la vida es un vaivén. Que vamos y venimos. Que nada se queda quieto. Por fortuna. 

“Un niño llorando me conmueve inmensamente, un niño desamparado me conmueve inmensamente”

César Miguel Rondón

Entrevistar a alguien tan incrustado en los afectos es un ejercicio difícil; si uno se descuida puede convertirse en una pieza publicitaria mingona, hasta cursi. Uno tiene la tentación de escribir frases con sabor a eslogan. No. Me niego a caer en eso. Por respeto al amor.

Hubo de irse de su país, nuestro país, inesperadamente. Sin promediarlo ni él ni nosotros. Con apenas un “carry-on”, como lo narra en estupenda entrevista a Oscar Medina. Tuvo que dejar todo. Pero sé que debajo de los dos interiores, entre las tres franelas, las dos camisas y los dos pares de medias, metió a Venezuela.

Larry King, sin duda uno de los grandes en el género, decía que una entrevista no es más que una conversación que se hace pública. Un diálogo ante cámaras o  micrófonos o que se vierte en páginas. Ya sea que uno hable con un “grande”, bueno o malo, o “pequeño”, bueno o malo, hay que hacerlo bien, con respeto, pero evitando que ese diálogo se vuelva intrascendente intercambio de frases grandilocuentes y lugares comunes. Y eso solo se logra esparciendo sinceridad en la ecuación y teniendo buen cuidado de esquivar los clichés.

Hay muchos “César Miguel Rondón”. Y todos son; no parecen.

Hay uno que es una marca. El que se inscribe en eso que en publicidad llamamos “branding”. Exitosa. Construida a lo largo de muchos años. Con personalidad, tono, volumen, estilo. Es ese César Miguel Rondón, trademark, escrito y dicho de un tirón.

Está el “César Miguel”, el periodista, esa voz que nos resulta tan familiar a millones; reposada, aplomada, la del profesional sagaz, la que nos acompaña todos los días en la radio, en “podcasts” y en televisión. Ese César Miguel que canta verdades, que las busca donde estén, que no se lloriquea mentiras ni gritonea falsedades. La verdad, esa, tan valiosa, tan esquiva, tan buena y necesaria, o tan dolorosa y que a algunos debería avergonzar.

Hay también el César Miguel Rondón que sabe de salsa, mucho, y de música, más que muchos que tanto presumen sin tener con qué. El que a cambio de no poder cantar -ni bajo la ducha- se convirtió en el que más sabe de un género con ADN Latino sin aderezos de latinazgos. El hombre que convirtió su placer y su saber en diario quehacer de melómano. El que vive perpetuamente enamorado de la buena música y con el oído del corazón, que es con el que mejor se escucha, bien dispuesto a lo nuevo, sin deprecio de lo que ya son clásicos.

“Gracias a los tiempos modernos, internet y estos asuntos, la lejanía es virtual”

César Miguel Rondón

Y aunque ya hay una generación que no lo ha vivido, está el César Miguel de las telenovelas. Con un lenguaje que se sienta a nuestra mesa, que nos acompaña, que no nos desprecia ni ve por encima del hombro. Es el escritor de “Ligia Elena”, “Nacho”, “Las Amazonas”, “El sol sale para todos”, “Niña bonita”, “Ka Ina”; y de 21 series, miniseries y largometrajes. El guionista de “Cangrejo II”, “La noche de Sísifo”, “El Secreto”, “Desnudo con Naranjas” y “Galarraga, Béisbol puro Béisbol”. Es el hombre de las letras que echamos de menos y que mucho necesitamos. El que tiene que volver.

Le envié preguntas. A César lo entrevistan, mucho. Es una celebridad. Un forjador de opiniones. Un marcador de tendencias. Pero algo falta en las entrevistas que le hacen. La imperfección de su perfección, quizás. O viceversa. Esa es la que busco que desparrame. Le hago preguntas y necesito que me responda. Quiero que lo haga como en la canción: Arrimando el alma. Como si le susurrara ese verso “… pero ven con el alma desnuda, con la pura verdad en los labios…”.

Recibo su nota de voz. Y sí, no adorna sus respuestas. Claro, lo entiendo. Bien sabe que conmigo no vale remilgo ni disfraz, que ante mí no tiene que disimular, no tiene que maquillar emociones. No tiene que hacerse el duro, porque no lo es. Que esto es entre dos que la vida, la maestra vida, hizo coincidir en tiempo y espacio; y separó, en espacio, pero no en colores, sabores, olores, dolores, amores, pasiones. Que el espacio del amor no se vence. Él lo sabe. Yo lo sé.

César es mi amigo, aunque la palabra quede corta, de talla pequeña, aunque suene almibarada y simplona. De él puedo decir mucho. Pero no hace falta. Lo resumo en una cortísima pero poderosa frase: Es feliz. Eso no quiere decir que esté alegre todo el tiempo, o que no se enrede en discusiones hoscas, sobre todo consigo mismo. Eso sería necia impostura. César es venezolano, hombre, hijo, marido, padre, abuelo. Es hombre de letras, de músicas, de medios, de luminarias. De ideas, de causas, de pensamientos. Pero es también hombre llano, persona, de carne y hueso, de familia. Lo suyo por su mamá, su preciosa esposa, sus hijos y nietos es adoración, o, como cantaría el poeta, amor del bueno, del que no se rasga ni deshilacha, ese amor que no se vuelve jirones. Ese amor bien hecho que si llegare a romperse, admite zurcido invisible.

Basta de preámbulo. Que poco importa lo que yo pueda decir. Que ustedes lo que quieren es leer lo que César me dijo. Lo que respondió a doce preguntas íntimas.

-¿Quién eres en esta etapa nueva y extraña de tu vida?

-Me gustaría ser un tipo nuevo y quizás extraño. Creo que soy el mismo, lamentablemente. Sobre todo, porque no he dejado de trabajar en lo que siempre he hecho. Sigo haciendo radio, sigo haciendo mis programas de televisión, sigo ejerciendo el oficio de periodista y, sobre todo, ocupándome mucho de mi país desde la distancia.

“Sigo haciendo radio, sigo haciendo mis programas de televisión, sigo ejerciendo el oficio de periodista y, sobre todo, ocupándome mucho de mi país desde la distancia”

César Miguel Rondón

-¿Qué cosas dejaron de importarte o hiciste que dejaran de ser importantes?

-Pues, mira, curiosamente me dejó de importar el espacio, los espacios. Vengo de una casa grande, en Caracas, a un pequeño apartamento en Miami y los espacios no me hacen falta. Así que el espacio dejó de importarme, me dejaron de importar tantas cosas. Ahora uno hace prácticamente todo y antes tenía gente que lo hacía por ti. Me refiero a la cotidianidad, a eso que antes llamaban “oficio”. Bueno, ahora uno es un tipo con oficio, no un sin oficio.

-¿Qué te hace reír, qué te hace llorar, qué te hace enfurecer?

-La cotidianidad me hace reír. Entre las ocurrencias de mi mamá y las de mis nietos, me río mucho. Pero la cotidianidad, a pesar de sus penurias, siempre me hace reír. Hace mucho que no lloro. No sé por qué. No es por un alarde machista, que no lo tengo. Yo he llorado mucho, nunca como Oscar D’León, que es el campeón envidiable del llanto. Pero hace rato que no lloro. Ahora que me lo preguntas, me pregunto por qué no lloro ya. ¿Qué me enfurece? Bueno, un fanfarrón pontificando necedades, siempre, siempre molesta.

-¿Qué haces para que la lejanía forzada duela menos?

-Gracias a los tiempos modernos, internet y estos asuntos, la lejanía es virtual. Uno está cerca siempre. Y no es solo un problema de internet. Es un problema de la vivencia, del sentimiento, es un problema del corazón. Además de que, como trabajo siempre tocando las cosas de Venezuela, siempre estoy allí.

“Tuvo que dejar todo. Pero sé que debajo de los dos interiores, entre las tres franelas, las dos camisas y los dos pares de medias, metió a Venezuela”

-¿Cómo eres como padre de unos hijos tan diversos en carácter y personalidad?

-Bueno, voy a decir un papá versátil. Mis cinco hijos son mi gran reto, han sido siempre mi gran reto. Son cinco seres maravillosos, pero cinco seres muy distintos unos de otros. Se quieren mucho, son entrañables entre sí, que creo que es un logro importante. Pero son muy distintos. Entonces, con ellos he aprendido a ser humilde, a ponerme en sus lugares, calzar sus zapatos, calzar sus sueños, sus esperanzas. Y eso exige, pues, que uno deje el ego de un papá prepotente y sabido de lado, para ser alguien más pequeño.

-¿Qué no has hecho pero que está en tu bucket list?

-No he hecho muchas cosas en la vida, pero te confieso que no tengo bucket list. Algunas cosas me faltarían por hacer. Pero mejor no te las digo para que se puedan dar.

-¿Qué te sorprende y qué te aburre?

-Me sigue sorprendiendo despertarme cada mañana y levantarme. Me aburre la estupidez, me aburre mucho la estupidez; la gente sin humor me aburre mucho.

-¿Cómo se hace la maleta del regreso?

-Chica, no sé, no he pensado en eso. Quizás como se hacen todas las maletas, con lo puesto y lo vivido.

-¿Qué vas a escribir, qué textos tienes pendiente?

-Eso es delicado, porque le he dado la espalda al oficio. El oficio de escritor ha sido generoso y benévolo conmigo, y yo le di la espalda. Quizás por miedo, quizás temor. Pero debo reencontrarme. Tengo una deuda inmensa con el oficio y es una deuda conmigo mismo. Ya veré cómo la pago.

-¿A quién que no hayas entrevistado te gustaría entrevistar?

-Mira, a Barack Obama, por ejemplo, me gustaría entrevistarlo, si se puede. Kim Jong-un, me gustaría conocerlo. Eh, esos dos personajes que son absolutamente extremos, me gustaría entrevistarlos.

-¿Qué te duele tan intensamente que te conmueve?

-Un niño llorando me conmueve inmensamente, un niño desamparado me conmueve inmensamente. Un adulto, un hombre grande, una mujer grande llorando desamparada, desamparado, también me conmueve inmensamente.

-¿Qué te hace ser un hombre exitoso?

-Bueno, yo no sé, pero yo no me considero exitoso. Y todos los días hago mi mejor esfuerzo por lograrlo, de manera tal que cuando lo logre, te lo respondo.

Su nota de voz termina con un adiós y un beso. Yo pienso que no cabe un adiós. Con César, siempre es un hasta luego.

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@solmorillob

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