EN LA ALDEA

22 febrero 2024

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La medianoche no siempre es oscura y puede traer sorpresas luminosas

Desde su pedestal el león mira con imponencia hacia el final de la Avenue du Général Léclerc con dirección hacia la Porte d’Orléans. Es el sur de la ciudad. En la plaza convergen tres avenidas, dos bulevares y una calle1. A su alrededor se encuentra la estación de trenes de cercanías más antigua de París. Sobre el lado izquierdo, antes de comenzar la avenida, están las catacumbas con sus paredes y túneles atiborrados de osamentas humanas. El león de Denfert es el símbolo a la defensa de la población de Belfort contra los alemanes en la guerra franco-prusiana2.  

Desde la Plaza Denfert Rochereau, justo antes de comenzar la avenida, en la parte derecha, se divisa el edificio donde vivíamos, entre un cine y un café, ambos con el mismo nombre de la plaza. Lugar de mucho movimiento turístico no solo por las catacumbas, sino por la atracción del mercado de la rue Daguerre detrás de nuestro edificio. Una calle peatonal frecuentada por parisinos y extranjeros, poblada de personajes célebres del mundo del espectáculo, la política y la literatura. Recuerdo haber visto haciendo compras al alto y longevo actor francés, Philippe Noiret (Cinema Paradiso), al famoso Jean-Paul Belmondo (À bout de soufflé), a la actriz y cineasta Agnès Varda (Cleo de 5 a 7), emblema de la Nouvelle Vague de finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, quien vivía al final de esa calle.

Una mañana observé un revuelo de gente tratando de pedirle autógrafos a la Cicciolina, la cantante y actriz porno, italo-húngara: Elena Anna Staller. Quien fuera miembro del parlamento Italiano. También frecuentaban la calle y el Café Daguerre, conocidos políticos: El ex presidente François Mitterrand que venía a almorzar en un restaurant cerca de la Avenue du Maine y se detenía a tomar un aperitivo en el Daguerre; Laurent Fabius y Alain Juppé, ex primeros ministros; algunos pintores como Julio Zapata (cubano-español); y escritores como: el paraguayo Rubén Barreiro Saguier y el mexicano Fernando del Paso.

Un día haciendo cola para entrar al cine Denfert identifique a Costa-Gavras, director franco-griego, cuyas películas: Estado de sitio, La Confesión, Desaparecido y Z, constituyeron un éxito inusitado en América Latina. Me emocioné al verlo.

Disculpe, don Costa-Gavras, qué placer encontrármelo en una ciudad tan grande como París, ¿usted haciendo cola para adquirir una entrada al cine?, ¡Increíble! -dije alarmado tratando de legitimar una excusa para conversar.

Pues mire -dijo en perfecto español-, siempre lo hago; a las únicas películas que entro gratis son a las mías -rio-. ¿De dónde nos conocemos? -preguntó intrigado.

Eso hace ya unos cuantos años -contesté a medias intentando remover su archivo de recuerdos.

El hombre alto de ojos claros, y bien conservado, se me quedó mirando. Fue entonces cuando pronuncié un par de palabras en un esfuerzo por sacudir su memoria.

Mérida, ¡Venezuela!

Fue sorprendente su reacción.

¡Departamento de Cine de la Universidad de Los Andes! -respondió tajante, y agregó-: Sí claro, en una reunión de cineastas y amigos -tardó escasos segundos en continuar-, sí, en un hotelLa Pedregosa, creo

Quedé perplejo ante su respuesta, porque además trajo a colación una conversación entre el grupo de cineastas y profesores con ciertos detalles que hasta yo había olvidado.

Fue una reunión bonita y divertida -dijo evocativo.

De pronto añadió un pormenor asombroso. En ese instante supe que nadie me iba a creer cuando contara lo ocurrido.

Sí, recuerdo la intervención de un poeta, pequeño él, de voz aguda -Costa-Gavras escudriñaba en su mente.

No puede ser, ¡qué memoria la suya! -dije sorprendido-. El sonrió.

Habíamos hecho una reunión en La Pedregosa con directores y gente del medio. Ángel Eduardo Acevedo profesor de humanidades de la universidad pidió la palabra al terminar de hablar el cineasta. El poeta intervino con su voz atiplada y nasal de llanero rajado, para decir de manera confianzuda, como si conociera de toda la vida al director francés:

Constantino -la gente rio por su lisura al pronunciar su nombre-, a mi me gusta como tú dices las cosas, porque hablas así, graneadito -y comenzó a expresarse con su acento guariqueño provocando una hilaridad general en los presentes que hasta el propio Costa-Gavras rio sin entender lo de graneadito, pero sí la intención del poeta y su particular manera de hablar. Ana Rita Tiberi, profesora de humanidades -que se encontraba a mi lado- reía con entusiasmo.

Entramos al cine, nos sentamos juntos y comenzaron a proyectar un corto colombiano narrado en off por una criatura que le reclamaba al Niño Jesús no haberle cumplido con el regalo de una bicicleta para ayudar a sus padres en el trabajo. En la carta decía que estaba muy molesto de pedirle cada diciembre lo mismo y nunca le cumplía. El muchachito le mentaba la madre al Niño Jesús y continuaba con una sarta de palabrotas -de “mal parido” en adelante-, que debió agotar el léxico colombiano en materia de expresiones soeces. Costa-Gavras no paraba de reír. Luego comenzó la película que inauguraba un ciclo del director alemán Rainer Werner Fassbinder. Era una reposición de Lili Marleen (1981) con la extraordinaria y hermosa actriz, Hanna Schygulla. A mitad de la proyección Costa-Gavras se levantó de su asiento y palmeándome la espalda me dijo en susurro, para no perturbar la atención del público:

Solo vine a ver la secuencia de la canción. Fue un gusto verle -dijo-, y salió de la sala mientras se escuchaban dentro del filme los aplausos a Billie (Hanna Schygulla), la famosa cantante que estrenaba su canción para la paz en vísperas de la II Guerra Mundial.

Al contarle a mi mujer sobre el encuentro con el cineasta francés, dijo al rompe: 

¡Cómo te encantan esas situaciones!

Pero a los dos nos sucedió algo similar. Estando en el Café Daguerre conocimos por casualidad a una mujer con acento cubano que, al escucharnos, desde una mesa contigua nos preguntó si éramos venezolanos. De allí salimos con dos invitaciones para una obra de teatro donde ella actuaba: Acto Cultural de José Ignacio Cabrujas. Alicia Bustamante, la actriz cubana, protagonizaba la obra del dramaturgo venezolano cuya pieza se estrenaba en París, en su versión francesa, en un teatro del Barrio Latino.

Al terminar la función la esperamos para saludarla y felicitarla por su dominio de la lengua francesa.

Oye, que yo no sé una papa de francés -afirmó sonreída.

Pero, cómo has podido entonces… -anotó mi mujer sorprendida.

Pura retentiva, que te lo digo yo, son trucos aprendidos del teatro -respondió como si aquello no implicara esfuerzo alguno-. A mí me dieron el texto y lo memoricé, es todo -vaya, de verdad, que no te creas otra cosa…

Una noche bajamos del cuarto piso del edificio donde vivíamos y nos fuimos hasta una caseta telefónica cerca del Café Denfert, en plena avenue du General Leclerc. Eran las doce de la noche y hacía un tiempo extraordinario. Batía una suave brisa primaveral. Nos encerramos los dos para tratar de conectarnos con Venezuela. Mientras la llamada caía yo miraba hacia afuera. Muy cerca de allí, a media cuadra -justo pasando al lado del Café Daguerre-, vi venir a un par de personas agarradas de la mano. De pronto se produjo un cortocircuito en mi mente.

¡No puede ser! -exclamé-, y salí precipitado de la cabina.

Me detuve en medio de la acera esperando que la pareja se acercara. Vi a una de las dos mujeres que sonreía al darse cuenta de mi asombro. Aquel rostro tenía un aire familiar que no atinaba a reconocer del todo. De repente, como si hubiese recibido un pinchazo, alcé mi voz y pronuncié alarmado su nombre.

¡Hanna Schygulla!

Ella, con una actitud similar a la mía -aunque por razones distintas-, respondió alegre como si fuera portadora de una confianza entre viejos amigos.

“Desde la Plaza Denfert Rochereau, justo antes de comenzar la avenida, en la parte derecha, se divisa el edificio donde vivíamos, entre un cine y un café”

¡Y en París! -movió lenta y afirmativamente su cabeza igual que una hoja de malanga sacudida por un aguacero:

¿Qué te parece? ¡Mira donde me has venido a conocer!, sonrió jugueteando con mi alma de adolescente.

Estaba atrapado por los nervios, pero sobreponiéndome (siempre lo intento en situaciones apremiantes), di unos pasos, la abracé y le estampé un beso en la mejilla. Hanna Schygulla correspondió a mi entusiasmo. De pronto caí en cuenta de mi desparpajo y pedí excusas. Ella me dispensó unas palabras generosas para aplacar mi desmán.

No es para tanto, entiendo, estoy contenta y acostumbrada a este tipo de sorpresas bonitas.

Qué bien hablas español -dije conteniendo mi euforia para tratar de retenerla.

No olvidéis que he pasado varios meses en España rodando Antonieta3, de Carlos Saura. Tuve que aprender vuestra lengua para esa película.

María Inés había estado observando desde la caseta sin comprender un ápice la situación y salió con el rostro destemplado. Fue entonces cuando le presenté a Hanna Schygulla como si fuera una  vieja amiga.

En ese momento la mujer que acompañaba a la actriz alemana4 retomó su mano y se despidieron de nosotros. Las vi alejarse dentro de una media noche esplendorosa. Fue justo en ese instante cuando caí en cuenta que quien asía la mano de la bella actriz de Fassbinder era Alicia Bustamante, la cubana del Daguerre, que nos había obsequiado las entradas al teatro.

Ambas actrices se iban diluyendo a medida que caminaban hacia la plaza llena de luces. Me quedé observando sus últimos destellos mientras comenzaban a pasar por mi mente imágenes de Hanna Schygulla en sus dos filmes famosos, El Matrimonio de María Braun y Lili Marleen. Era como si estuviera asistiendo a un final tejido entre ambas películas con la canción de Lale Andersen de fondo.

Salí de mi ensimismamiento al escuchar un grito.

¡Ven, ya cayó la llamada!

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.

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