En la aldea
20 mayo 2024

Román Lozinski: “Me veo siempre cerca de mis hijas”.

Román Lozinski, nadar en el futuro

Más que un periodista apasionado por la política, la economía, la ciencia, y la tecnología, es un buscador de respuestas. Vive en Venezuela, trabaja en Venezuela, hace periodismo en Venezuela y para Venezuela. Hombre de rutinas, hábitos y método. Deportista, melómano, perfeccionista y papá de Isabella y Sofía, “las morochas”. Su oficio como profesional lo desborda en la radio, medio por el que cada mañana despierta a miles de seguidores para ponerlos en sintonía con lo que está pasando, dentro y fuera del país. Habla del futuro, anécdotas, planes, y sobre sus hijas: “Si tuviera que escoger entre niñas felices o exitosas, (…) sin duda elegiría la felicidad”; y sentencia: “Estando felices, seguro pueden llegar al éxito”.

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Hay hombres que son una tentación, una provocación ambulante. Y no me refiero a eso de alborotar pasiones. Hablo de esos hombres a los que se les suben los colores: los tímidos.

Román Lozinski habla por el micrófono en la radio o la televisión, con esa voz con escuela de dicción, y cualquiera puede confundirlo con uno de esos galanes de los medios, otro churro que camina por los pasillos desplegando y agitando las plumas como pavo real. Cualquiera va y le revisa el historial de trabajo y piensa que a un periodista con casi tres décadas de cal y canto, pues no hay ya nada que lo turbe y perturbe. Que como profesional y como persona está siempre en total control de cualquier situación. ¡Ja!, ni cerca.

Creo que lo que lo hace interesante y, sobre todo diferente, es que allí, frente al micrófono, las luces y las cámaras, allí en la escena de comunicador “al aire”, donde consigue controlar ese chorro de timidez que le corre por el torrente sanguíneo. Pero cuando no, en esas ocasiones de descontrol, pues se le sale por los poros la autenticidad. Hablo de esos momentos cuando, por ejemplo, me entrevista, yo le suelto una de las mías (de veras que no las ensayo), le rompo en mil pedazos toda esa aparente seriedad y él no puede refrenar la carcajada. Es ahí cuando Román es Román. El mejor Román.

“De pequeño dije ‘voy a ser médico’, hasta que un día estaba arbitrando un partido de fútbol y un niñito se abrió la pierna desde la rodilla hasta el muslo (…) Ese día me di cuenta que no”

Román Lozinski

Sabe mucho de algunas cosas. Y de las que no sabe, pero le interesan, pues investiga. Nadie nace aprendido. Sabe de algunos deportes que le apasionan; y, claro, fanático del fútbol, la voz le cambia cuando habla de las copas y los grandes partidos. Los ojos le brillan cuando habla o le hablan del Real Madrid. Es más madridista que cualquier hincha parado en la entrada del Bernabéu, en pleno Paseo de La Castellana, esperando que abran las puertas, con la voz preparada para gritar “¡Hala, Madrid!” y cantar un “¡Ooole!” cada vez que metan un gol o le atajen uno al contrario. Y lo mismo le pasa cuando juega La Vinotinto y la apoya con pasión, aunque pierda. Consejo: No le llamen ni le escriban cuando hay juego.

Sabe también de ciertas excentricidades que otros pasan por alto. Con algunas supersticiones. Y sí, me da risa que un hombre que tantas consideran glamoroso y “sexy” diga que toma té de jengibre.

Como casi todos los melómanos, daría lo que no tiene por cantar, cantar bien. Sabe mucho de rock. Del de antes y del más reciente. Y de la música de su generación. Pero está al día en lo nuevo y antes de vetar alguna pieza en su rockola, le da al menos una oportunidad. Dicen que baila bien. No lo sé. Me cuesta creerlo.

Con buena pronunciación en inglés, no cae en la sifrinería de pretender sonar como nacido y criado en medio de una plaza de cualquier ciudad de Estados Unidos. No sé cuánto domina el alemán y el polaco. Imagino que a lo menos lo suficiente como para defenderse en las calles de la ciudad alemana de Görlitz y cuando cruza el puente del río Neisse para llegar a Zgorzelec, en Polonia. Supongo que sí sabe del español de ces, zetas y elles tan marcadas que se habla en los paisajes cantábricos de la Asturias de sus ancestros. Pero habla como un caraqueño de Chacao, que en definitiva es lo que es.

“Jamás faltaría a mis principios, jamás faltaría a mis creencias. Puedo equivocarme, pero no faltaría a ellas”

Román Lozinski

Más que un periodista apasionado por la política, la economía, la ciencia, la tecnología, y alguna cosa más, es un buscador de respuestas a esas miles de preguntas que nos topamos en cada paso, en cada esquina, en cada recodo. Que flotan en el aire que respiramos. Porque ser venezolano, vivir en Venezuela, trabajar en Venezuela, hacer periodismo en Venezuela y para Venezuela significa pasarse el día entero sumergido en una piscina de “qué”, “quién”, “cómo”, “dónde”, “por qué” y, sobre todo, “para qué”. Significa trabajar consciente del necesario compromiso. Las más de las veces siente Román que muchas preguntas son como párrafos en busca de referencia, de algún tipo de explicación, de al menos algo que se parezca a definición.

Ser periodista -corrijo-, ser buen periodista es hurgar en donde sea para descubrir las razones para las cosas que pasan, que nos pasan, en primera persona del plural. Y tratar de entender a dónde nos conducen.

Para cuando Román abre su programa en la radio a las seis de la mañana, ya lleva horas dejándose las pestañas en portales de prensa y en las redes. Eso no es viciosa curiosidad. Es profesionalismo. Un buen periodista tiene rutinas. Tiene hábitos. Tiene sistema. Y si le toca la sesión mañanera, tiene que afinar el aparato fonador. Porque la voz es herramienta crucial para el oficio.

Es un perfeccionista. Y como todos los que así son, tiene que luchar contra la realidad de no poder alcanzar nunca la perfección y el desafío de no poder dejar de buscarla. Cercano ya a los cincuenta años y con casi tres décadas de micrófono, cámara y textos, la vida le dice que tiene que aprender más del futuro que del pasado. Eso, que suena a contradicción, es empero el signo del periodismo. El pasado es base, el presente es aire y el futuro es lograr montarse en el viento.

Pero hay otro Román Lozinski, uno que él nunca esconde, el que tiene como difícil y complicada profesión la de ser papá de dos que vinieron juntas, para enredar todavía más todo ese asunto de ser padre primerizo. Aunque suene meloso, es rigurosamente cierto que sus hijas, sus morochas, Isabella y Sofía (en orden alfabético), son la luz de sus ojos. Ellas son sus chocolates en forma de corazón. Y son más: son su inacabable festejo, la diversión que no se ahoga, la aventura que enseña, el afán cotidiano de construir para ellas, por ellas y con ellas. Las morochas no son apenas una foto linda en la pantalla de su celular para presumir con insoportable pedantería; las niñitas son sus maestras, el reto de preguntas para las que Román tantas veces no tiene respuesta. Porque a ser padre se aprende siéndolo. No hay de otra.

“Me hace reír un buen chiste. Yo no soy humorista, no soy un comediante, pero tengo buen sentido del humor”

Román Lozinski

Y está también el Román deportista. El que se impone desafíos. Ese que corre, sube cerro, entrena, que cuida su peso y dieta (resistiendo la tentación de chocolates y chucherías) y fuerza su cuerpo a acompañarlo en una vida que demanda buena salud. El que busca lugares hermosos en Venezuela y el mundo. No sé si en esos parajes que se le quedan grabados en las retinas de sus ojos claros encuentra a Dios. Quizás su educación con los jesuitas influyó en su espiritualidad, o acaso la halló o corroboró en otras experiencias. Pero no es un decir que es un creyente. Y -pienso- que cuando la vida se le ha puesto difícil, ha sentido que ese Ser Supremo ha estado ahí, a su lado, ayudándole a llevar las cargas.

¿Extravagante?, ¿estrafalario?, ¿estridente? Yo diría que poco. Quizás ser descendiente de inmigrantes le puso en la sangre el entusiasmo por descubrir, el ánimo para el riesgo, la vacuna contra el desaliento y el talento para la supervivencia, pero también la importante virtud del comedimiento. Que al fin y al cabo él deviene de historias de otros que son “sus propios otros”. De sus abuelos paternos, polacos, que consiguen huir a Alemania cuando la Segunda Guerra y que luego llegan a Venezuela. El padre de Román hace vida en Venezuela, sí, vida, incluyendo dominar el arte de las bolas criollas y el dominó. Casa con María Dolores, la mamá de Román, de estirpe asturiana, descendiente de gente que tuvo el coraje de hacer las Américas. Esa sangre polaca se une a la asturiana y produce este criollo nacido en la cosmopolita Caracas de los años setenta, en esa Venezuela que era país entusiasta, un venezolano que come Barszcz Czerwony, Fabada y Pabellón con baranda. Siempre encontraré fascinante cómo nuestro país tiene esa maravilla de venezolanos universales que tienen en su ADN genes de otras latitudes.

Ni machista ni feminista. Sin fobias de raza, nacionalidad o religión. Más bien entendiendo que la Humanidad es, para bien, amplia y diversa. Con mentalidad del siglo XXI, sin creerse dueño y señor de actitudes y posiciones inamovibles que, lejos de favorecer, restan a un mundo que ya carga con demasiados conflictos innecesarios. Trabajar, sí, con rectitud, con tino y con ética, sabiendo y entendiendo que ese micrófono es un privilegio que exige responsabilidad y honestidad.

Educadamente terco y metódico. Y bastante maniático. Pero también liviano, cuando toca. Eso es. Entendiendo que hay que ser flexible en un entorno que no admite rigideces, so riesgo de correr y que los pies caigan en quebraduras. Con las palabras “prudencia” y “respeto” marcando el territorio.

Y entonces, a esta edad de acompañar la pasión con la razón -ya pronto en octubre cumple 50- está, con el motor encendido y bien entonado, frente a una sucesión de encrucijadas. Sabe que el éxito, ese que disfruta hoy -las cifras lo colocan en la punta del rating– puede ser embaucador, ladino, chantajista; puede engolosinarlo y estancarlo, convertir su carrera y su vida en un asunto de tenues y tediosas costumbres, como le ocurrió a algunos que fueron luminarias y hoy no son sino voces que repiten lo que escuchan.

Tiene años de experiencia en el morral, sí, pero está en la edad difícil, con la barba entrecana, con los rabillos de los ojos surcados con patas de gallo, con visión que ya comienza a ser présbite, frente a un futuro que no se edificará solo, un porvenir que él tiene que construir y que por diseño es un camino sembrado de enigmas. Porque si algo aprendimos y sabemos hoy en Venezuela es que transitamos con la incertidumbre a cuestas, que no se puede dar por sentado nada, absolutamente nada.

“Creo lamentar más las cosas que no he hecho que arrepentirme de las que sí hice”

Román Lozinski

Para revisarse, para intentar hacer una agenda para el resto de la vida, para no caer en las redes de esa opacidad que sigue al resplandor de la fama, el hombre, el padre, el periodista debe cuestionarse. Algunas de esas interrogantes se las pongo enfrente, en primer plano, como colega, como venezolana y, también, como amiga. Le hago preguntas que quizás ya él se hace a sí mismo mientras se mira al espejo, se cepilla los dientes y se peina cada madrugada antes de iniciar una jornada de vorágine.

Román no tiene edad para ser adorador del pasado. Pero sí para conocer la historia y para entender que si queremos un futuro mejor, para nosotros mismos y para el país, pues hay que trabajarlo, sudarlo, moldearlo; que no va a ocurrir por proceso químico espontáneo. Creo que tiene claro que su generación tiene la palabra, sin desoír a los mayores y sin silenciar las voces de los más jóvenes. Sabe bien que hoy se puede estar en la cima y mañana resbalar hacia un zanjón. Que solo los tontos se creen superiores, solo los mensos se sienten inferiores.

Responde a mis preguntas. Acepta hacerlo en mis términos. A distancia. El en Caracas, yo en Margarita. Le pido que no haga guion, ni siquiera un borrador; que hable con libertad y sinceridad. Que se deje pensar en voz alta. Que no sea precavido. Que disfrute. Que diga lo que se le antoje. Que corra el riesgo.

Estas son sus respuestas. Pensamiento, reflexión. Que es así como se le planta cara a las dudas y se abre rendijas a los sueños. Detenerse por unos minutos. Poner en pausa el vértigo. Pensar en sí mismo, hablar de sí mismo. Hacer lo que para un periodista es raro: ponerse en el otro lado, en el terreno de contestar y no de preguntar. El no ha leído este preámbulo que escribo. Apenas le he copiado unas cuantas líneas para que sepa por dónde van estos tiros de página. Yo no sé qué va a responder a las preguntas que le envié en un WhatsApp. No es una entrevista. Es un palabreo entre dos que no toleran esa cómoda mediocridad con la que algunos se conforman. Esto es un paseo por un campo sembrado de sentimientos, emociones y expectativas que atravesamos calzando los zapatos de la autenticidad.

Es temprano. Nota de voz en mi celular. En el identificador se lee “Román”. Me sirvo un café y me siento en el balcón. Frente al mar. Las tijeretas hacen danza aerodinámica. Vuelan casi a ras del agua, en bandada. Y cuando ya parece que van a caer, hacen piruetas de pilotos de altura. Son perfectas.

“Profesionalmente, yo agradezco cada paso. Yo veo la carrera como una escalera y uno en cada escalón, que puede ser el éxito o el fracaso”

Román Lozinski

Escucho a Román. El hijo de María Dolores y Román; el hermano de Ricardo; el papá de Isabella y Sofía. El periodista. El ciudadano de a pie. Mi amigo. Lo escucho con atención. Su voz que tanto y tan bien conozco. Suave. Sin faralaes ni florituras. Sin agobios. Sus frases sin ridícula edulcoración. Sus respuestas no coreografiadas, pero con “su propia música” y con el lenguaje de la sinceridad, ese que nos obliga al coraje para atrevernos aquedar expuestos, tal y como somos, sin inútiles pantomimas. Me encanta. Transcribo. Le llevo catorce años, pero de él aprendo.

Conmigo y para ustedes, Román acepta el tentador ejercicio de nadar en el futuro.

-¿Cómo te ves dentro de, digamos, veinte años?, ¿dónde?, ¿haciendo qué?

-Oye, me veo lidiando todavía con el peso, intentando mantenerme activo físicamente. Con algún deporte que me guste. A ver, espero que con una vida más serena, más calmada, que el atropello de últimos años ceda, el mío, el del país, quiero decir, que vaya quedando atrás. Quiero estar en Venezuela, aunque es algo que hoy lamentablemente no se puede asegurar. Me veo siempre cerca de mis hijas. Ya para ese entonces, con veinte años más, tanto como ellas quieran y tanto como ellas permitan. Oye, quiero escribir, es una materia pendiente… De ideas, tengo un par. No es por falta de disciplina, es falta de tiempo. Y me aterra a la vez tener tiempo, porque ese tiempo a lo mejor que tendré es porque ya no voy a estar al aire. Y a mí la radio y mi trabajo me encantan. Así me veo en veinte años.

-La tecnología, ¿nos permite hacer mejor periodismo o acaso hace que algunos no tan buenos en la profesión parezcan buenos sin serlo?

-Uy, sí… La verdad hay de todo. Yo creo que depende más de la persona y no de la red, no de la tecnología. A ver, hay periodistas buenos con mejores y peores cuentas, o con mejor o peor desempeño, grandioso o pobre. Lo mismo del otro lado, periodistas no tan buenos pero con unas cuentas abultadas en seguidores y un pobre, lamentable ejercicio. Lo que sí quiero decir es que yo no soy quién para juzgar; no soy yo la vara para medir a nadie… Por ejemplo, yo jamás, jamás voy a estar de acuerdo con quien a la hora de jerarquizar la información, pues tiene como línea lo que es o no tendencia. Entonces, si no es tendencia, ¿no va? Y yo me pregunto: el hambre, por ejemplo, el hambre que es una realidad en Venezuela, no es tendencia, entonces ¿no es noticia? Por ahí, creo que hay de todo.

-¿Quién es tu espejo de errores?

-Creo interpretar la pregunta y diría que yo mismo. O sea, cuando me veo en el espejo de mi propia casa, porque soy mi mayor, mi más acucioso, a veces despiadado, sanguinario crítico, lamentablemente en muchos aspectos. Pero eso a la vez se convierte en un motor que como que me impulsa todos los días a hacerlo mejor que el día anterior. Así que yo; yo mismo.

-¿A dónde, a qué lugar quieres llevar a tus hijas?

-Ah, lo tengo claro, a la felicidad. Yo, si tuviera que escoger entre niñas felices o exitosas, si no pudieran darse las dos cosas juntas, sin duda elegiría la felicidad. Para ellas, para mí, para cualquiera, para mi familia. Estando felices, seguro pueden llegar al éxito; no necesariamente ocurre al contrario. Así que sí, a la felicidad.

“A mí la radio y mi trabajo me encantan”

Román Lozinski

-¿Qué has hecho personal o profesionalmente que lamentas haber hecho?

-Creo lamentar más las cosas que no he hecho que arrepentirme de las que sí hice. Bueno, uno ha cometido errores, siempre. Yo cometo errores a diario. En mi vida personal, en mi vida laboral, profesional, a diario. Yo lamento, por ejemplo, hacer cosas que ya no tienen vuelta atrás. Abrazar más a mi abuela; bueno, ya no está mi abuela. Con mi madre ¿puedo enmendarlo? Ojalá, ojalá lo haga. Profesionalmente, yo agradezco cada paso. Yo veo la carrera como una escalera y uno en cada escalón, que puede ser el éxito o el fracaso. Cada uno de esos escalones, indefectiblemente, te van subiendo, te van permitiendo alcanzar, primero un descanso, luego otro piso, y así va. Y creo que todos esos escalones en mi vida profesional, buenos o malos, creo que me tienen en este piso en el que estoy hoy, que no sé qué piso es. Sé que, uy, hay muchos pisos más hacia arriba. Pero bueno, también he subido alguno que otro. Creo que cada escalón te va preparando para el que sigue.

-¿Quién es la persona que más admiras en tu vida?

-Pregunta compleja. Lo primero que se me viene a la mente es mi mamá, porque mi mamá ha representado para mi familia un motor, la posibilidad de superarnos todos, porque se fajó trabajando; por su dedicación, por ser una mujer responsable; pero sobre todo eso, superación. Una mujer que comenzó siendo secretaria en una compañía y treinta y cinco años después llevaba ya muchos de ellos como gerente general de esa empresa. Eh, a mi abuela, cariño, sonrisa, consentimiento, como toda buena abuela. Y entonces, la combinación de ellas juntas porque así me levantaron, con esos dos ejemplos.

-¿Qué no harías profesionalmente ni que te pagaran montañas de dinero?

-Yo jamás faltaría a mis principios, jamás faltaría a mis creencias. Puedo equivocarme, pero no faltaría a ellas. Y, ojo, yo podría haber escalado montañas, o por lo menos colinas de dinero, digámoslo así; podría estar escalando alguna colinita más de haber aceptado algunas cosas que hasta ahora no he aceptado. Y eso espero que no cambie. Estoy convencido que no va a cambiar.

-¿Qué te hace llorar de la risa?, ¿qué te indigna tanto que te hace salirte de tus casillas?, ¿qué te duele ahí, en lo más hondo de tu ser?, ¿qué te repugna?

-Me hace reír un buen chiste. Yo no soy humorista, no soy un comediante, pero tengo buen sentido del humor. Lo que pasa es que la gente te etiqueta. Y entonces, es “el tipo de la corbata” (antes en Globovisión); ahora “el de las noticias de la mañana”, “el de los titulares”. Pero soy demasiado bromista, pero en extremo, rayando en… en muchas cosas. Un buen chiste, yo soy de muy buen humor… Me indigna, eh, el cinismo… Me duele en lo más hondo de mi ser la miseria, la miseria… Me repugna la desigualdad que tiene en la miseria a tantos.

-¿Cuándo decidiste ser periodista? Si no fueras periodista, ¿qué serías?

-Yo creo que definí mi inclinación en cuarto año de bachillerato. Por romántico que suene, yo sentí desde entonces que era una manera de protestar ante la injusticia, ante las cosas con las que no estaba de acuerdo. Y me pareció un buen canal, me pareció un buen vehículo… De pequeño dije “voy a ser médico”; hasta que un día estaba arbitrando un partido de fútbol y un niñito se abrió la pierna desde la rodilla hasta el muslo, y no pude con la herida abierta. Ese día me di cuenta que no. Me habría encantado, no sé si ser músico, pero tocar algún instrumento y creo que mi mayor frustración es que no puedo tocar ni siquiera un cuatro medianamente decente. Oye, Psicología. Eso me gustaría ser, y bueno, uno está a tiempo. Con cuarenta y nueve años, creo que puedo arrancar.

Termino de transcribir y me descubro ahogada de la risa recordando aquel día, hace tal vez un par de años, cuando Román muy serio me entrevistó y yo le dije, a las 7 de la mañana, “… en mi próxima vida, luego que Dios me repatrie a la Tierra porque no me soporte en el más allá, tú serás mi próximo marido. Y si para entonces mi marido aún está vivo, pues seré Doña Sol y sus dos maridos”. Y él frente a cámara se sonrojó.

La vida no es nada corta. Alcanza para mucho. Pero hay que saber vivirla. Yo lo sé. Y ahora sé que Román también.

*La fotografía fue facilitada por la autora, Soledad Morillo Belloso, al editor de La Gran Aldea.

[email protected]
@solmorillob

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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