En la aldea
18 mayo 2024

Ramón Piñango: “Seguiré estudiando, buscando, enseñando, luchando; y seguiré sintiéndome honrado de que tantos me llamen ‘Profe’”.

Ramón Piñango, la algarabía de la felicidad

“Los maestros tienen que ser vistos como individuos importantes, bien pagados, con carrera alabada. No es casual que en todos los países desarrollados los educadores no son mártires ni sacrificados héroes, son profesionales de la mayor respetabilidad y estima”, toda una clase nos brinda el profesor Ramón Piñango, donde habla de reflexiones y enseñanzas: “La superación, con que cada generación sea mejor y sepa más que la anterior. La educación es un proceso, largo, pero que funciona”. ¿Estaremos a tiempo para dejar de hacerlo mal, a tiempo de corregir? Solo si la sociedad civil se compromete en construir soluciones. “Necesitamos experiencia, sin duda, pero también preparación y, sobre todo, creatividad”.

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Soledad Morillo Belloso | 30 agosto 2021

Algarabía. Palabra hermosa de nuestro idioma. La RAE en una de sus acepciones la define como “gritería confusa de personas que hablan a un tiempo”. En uno de los audios de mi serie “Soledad en voz baja”, dije que sueño con escuchar la algarabía de los muchachitos tempranito en las mañanas en la escuelas. Así suena el progreso.

La tesis de grado que presentamos mi muy querida Susana de Sará y yo para graduarnos en Comunicación Social en la UCAB versaba sobre el uso de instrumentos audiovisuales en la educación primaria. Siempre hemos estado enamoradas del tema educativo porque es un asunto crucial para el desarrollo de un país. Susana tuvo un preescolar y además se destacó como “Ama de Casa” (título que prefiero al de Director o Gerente) de la Casa de Estudio de la Historia de Venezuela “Lorenzo Mendoza Quintero”, que con el patrocinio de Fundación Polar funciona en el Boulevard Panteón Nacional, de Veroes a Jesuitas, en la muy caraqueña Parroquia Altagracia.

Conocí a Ramón Piñango hace un montón de años, cuando yo era joven y linda. Muchos me dijeron que yo no tenía el perfil para estudiar en el IESA. Que para allá solo iban los duros en números, ecuaciones, curvas, gráficos y códigos, no los de las letras. Como soy muy picada, bastó que me dijeran eso para que decidiera que allí estudiaría. La entrevista de ingreso me la hizo Julián Villalba (QEPD). Creo que me vio como una sifrinita necia, y tuvo prejuicios. Lo más suavecito que me dijo fue: “Alguien como tú en el PAG va a sudar tinta china; capaz que hasta te retirarías”. ¿Alguien como yo? A Julián, que era un tipazo muy divertido, le dije: “Los mexicanos tienen una expresión: -¡no y que no! -eso te diré cuando me gradúe”. Total, me inscribí en el Programa Avanzado de Gerencia -PAG- y desde el primer módulo arrancó el cante jondo. Casi todos mis compañeros eran gerentes de PDVSA, CVG, EDC, Polar, empresas financieras y de seguros, y tres oficiales militares. Había algunos “humanistas” que, como yo, caminaban a tientas.

“No hay liderazgo efectivo si la gente no siente que hay coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, y sin consistencia en la permanencia de esa coherencia en el tiempo”

Ramón Piñango

En el módulo de Sociales/Educación, uno de los profes era Piñango. Un papaúpa. Decían que era “el coco”. A mí no me lo parecía. Más bien me lucía como un profesor afable, de carácter llevadero. Sus clases eran buenísimas, entretenidas y muy aterrizadas. En el PAG en cada módulo hay que escoger un tema y sobre ese particular presentar un trabajo en equipo. Mis compañeritos de grupo, tan lindos ellos, me escogieron para hacer la presentación por ante profesores y alumnos.

Trabajamos el tema de la educación primaria en áreas urbanas con carencias socioeconómicas. De veras nos quedó buenísimo. La tarde de la presentación fui a un “Copicentro” para hacer las láminas. No existían entonces las facilidades tecnológicas de ahora y los que no teníamos respaldo de empresas hacíamos las presentaciones con acetatos sobre un retroproyector. En el comercio le entregué las hojas en PowerPoint (en su primera versión) al dependiente que haría las copias en acetatos. A los minutos, olor a quemado. El local se llenó de humo. Al ratico, el muchacho, con cara de crisis, olor a extintor y los dedos tiznados, me entregó las hojas de papel y los acetatos con los bordes chamuscados y huecos por los que cabía un dedo. Se me heló la sangre. Vi la hora. 4:15. Ni con magia tendría tiempo para regresar a casa, imprimir de nuevo la presentación, hacer acetatos y llegar a tiempo al IESA en San Bernardino. Todo pintaba de crisis.

En el IESA hay varios “imperdonables”. Uno es la puntualidad. La obsesión por la hora supera la de John Harrison. Otra manía es la intolerancia a las  excusas. 5:15. En el cafetín le enseñé a mis compañeros de grupo lo que había pasado. Se quedaron de una pieza. Si pedíamos prórroga, nos la darían, pero con muecas y costo en evaluación. Descartado, pues. Mis amigos me dieron un voto de confianza. El equipo “trabaja en equipo” y cree en el equipo.

Antes de mí, hubo una presentación de un grupo de PDVSA. Por supuesto, atómica, high tech, full color, sonidos en surround. Me temblaban hasta las uñas de los pies.

Y bueno. Llegó mi turno. Me encomendé a San Antonio y agarré mi carpeta; saqué el primer acetato (chamuscado), lo puse en el retroproyector. Antes de encenderlo, dije: “La presentación que ustedes acaban de ver es el deber ser. Yo los felicito. Así, con esa calidad, debe ser todo lo de la educación en Venezuela. Tuve un percance técnico y este debe ser el peor material con el que he tenido que lidiar en mi vida. Estuvimos tentados de pedir a los profesores que nos dieran un aplazamiento para poder hacer la presentación como Dios manda. Pero luego pensamos que así, como lo que ustedes van a ver, en estado deplorable, sería para cualquier maestra de cualquier escuela de nuestros barrios, un lujo; esto sería tecnología de la NASA. Así de grave es la situación en nuestras escuelas…”. Y encendí el aparato. La cara de los profesores era un poema. Minutos después, al finalizar, denso silencio. Hasta que escuché unas palmas -de Ramón Piñango– y a seguir un aplauso  colectivo. Sentí que me volvía el alma al cuerpo.

“Por eso hablo de un país sin élites, élites creativas, dispuestas a liderar el desarrollo del país (…) Hay que entender que estar bien en un país que está mal, es una ficción”

Ramón Piñango

Meses más tarde, para el acto de graduación, mis compañeros de curso me eligieron para dar el discurso. Dije: “El IESA será una institución exitosa si gradúa gerentes que también sean mejor gente”. En el brindis, se me acercó Piñango: “Eso que advertiste es clave”. Julián Villalba me dio un beso en la mejilla y me dijo: “Antes que me digas ‘no y que no’, te digo que sí y que sí”. Y a mi orgullosa mamá le dijo: “Señora, su hija está loca pero sabe lo que hace”.

Aquí estoy, 27 años después, con Ramón Piñango, un gurú en políticas públicas. Esposo de Norma González, papá de Anselmo y María José, abuelo de Valeria y Mauricio. Y hay además otros tres personajes, Pelusa, Sara y Sol, unas hermosas perras que son patrimonio de la familia, dueñas de los corazones de todos.

Ramón sabe que no hay peor cepo para un ser humano que privarlo de educación. Quiero tentarlo a dejarse hablar, no en una desgastante y achacosa letanía del descalabro, sino sobre alternativas, propuestas. Hay problemas, graves; hay que solucionarlos.

Ramón es bueno en el lenguaje del ciudadano normal y corriente. No es un académico rancio y tieso que solo habla con sus pares en saber.

En un discurso reciente dijo: “Debemos reconocer que, si bien los logros fueron significativos, como sociedad algo hicimos mal, o dejamos de hacer, para cambiar el rumbo de un país que, en opinión de muchos estaba cercano a ser considerado un país desarrollado”. Y sí, algo muy mal hicimos que nos trajo a este triste y penoso estado. Esa misma lógica, pero a la inversa, debe llevarnos a deshacernos del virus de la inconsciencia e impulsarnos como individuos y como sociedad a hacerlo bien. Si simplemente seguimos dejando que las cosas nos pasen, nos pasarán buenas cosas, pero daremos puerta franca a que nos sigan pasando cosas muy malas.

“Tenemos la ilusión de un país posible. Y la educación tiene todo que ver con la creatividad para hacer realidad esa ilusión”

Ramón Piñango

Oriundo de la caraqueñísima zona de Los Rosales, este sociólogo de signo escorpión, con un montón de estudios y títulos, a quien pasé de llamar “Profe” a, con su autorización, por su nombre de pila –Ramón– es mi invitado. Esta conversa no es una clase de doctorado. Es una tertulia entre dos que pintan canas y arrugas, que se preocupan y se ocupan, que creen que no puede existir buena educación sin democracia, ni democracia sin buena educación. Y, claro, está  el espinoso tema del liderazgo. Sin la amalgama de esos tres, pues el país no dejará de ser esta coincidencia geográfica de un gentío, este barco a la deriva bamboleado por chubascos.

Recientemente, Ramón escribió un tuit: “Duele haber vivido en una Venezuela inmensamente mejor, haber visto al país progresar, ofrecer oportunidades a muchos. Lejos de ser perfecto, pero mejorando año tras año. Y ahora ver este desastre que cada día es peor y peor…”. Eso no es un quejido lánguido, es un llamado de alerta, una sirena de alarma. Sabe Ramón que estamos a tiempo para dejar de hacerlo mal, a tiempo de corregir. Pero se requiere de nuestro coraje como sociedad.

Le hice preguntas como si estuviéramos sentados en un café hablando de lo sublime y de lo pedestre, por ejemplo, nuestro amor por los perros. Dos que se conocen, se aprecian, se respetan, que se toman la vida y el país en serio, pero ahuyentando el nocivo radicalismo. No es un Sófocles en versión criolla. Es un severo crítico, pero un constructor de soluciones. Creo que tiene claro eso que dijo Bertrand Russell, que “lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar”.

Este es Ramón. Les invito a hallar en sus palabras varias claves para el futuro que podemos construir.

“No es casual que en todos los países desarrollados los educadores no son mártires ni sacrificados héroes, son profesionales de la mayor respetabilidad y estima”

Ramón Piñango

-Sin educación es imposible el progreso. ¿Qué le dirías a quienes tienen que decidir el rumbo, para que la educación en Venezuela deje de ser una prioridad menor?

-Tenemos una severa crisis en educación. Eso hace que las élites estén frente al enorme desafío de avanzar y progresar para salir de este desastre, a pesar de la escasez de recursos cada vez mayor. El reto es difícil; se trata de imaginar, crear, inventar. Ya repetir las experiencias del pasado no basta. Son tremendamente insuficientes. Tenemos que plantearnos y lograr metas muchísimo más elevadas. Estamos en una situación realmente lamentable. Lo sabemos. Pero hay que evitar una trampa, la de creer que con la experiencia basta. Necesitamos experiencia, sin duda, pero también preparación y, sobre todo, creatividad. No podemos caer en lo obvio, eso de dar las cosas por supuestas, porque muchas veces lo que se da por obvio y por supuesto está equivocado. O no va más. Necesitamos una educación que prepare a la gente precisamente para dudar de lo obvio, de lo que siempre se ha dicho o enseñado. Y eso es un gran esfuerzo. Un dato interesante: en los ‘60 y ‘70, en la conversación entre amigos y familiares era común discutir si el Liceo Andrés Bello o el Fermín Toro eran mejores o peores que el San Ignacio, que era considerado entre los mejores colegios del país. Esa discusión, acalorada, porque había gente que decía que era incomparable el San Ignacio con cualquier liceo público, desapareció. Quedó a la vista de todos que el San Ignacio y otros colegios privados eran mejores que cualquier institución pública. Ojalá podamos llegar a ser algún día un país en el que la gente de los estratos medios y hacia arriba prefiera enviar a sus hijos a un liceo público, no porque no tenga que pagar, sino porque sea muy bueno. Cuando lleguemos a ese punto diremos que hemos logrado algo en educación. Necesitamos indicadores concretos de lo que debemos aspirar. Eso es un indicador.

-Hace años hiciste una propuesta muy específica: Mínimo de 200 días de clase por año escolar; jornada escolar completa de 9am-4pm y almuerzo escolar. Más allá del clásico “yo te lo dije”, acaso la frase más inútil, ¿cómo hacemos para que la sociedad exija que este tipo de propuestas no sean papel mojado?, ¿cómo hacemos para metabolizar que la educación es un problema de todos, y que cuando falla el fracaso es de todos?

-Para lograrlo tiene que haber un esfuerzo mancomunado de la sociedad civil, en el más amplio sentido, incluyendo movimientos de base junto con actores políticos. Y me refiero a un esfuerzo que busque, apuntale y haga énfasis en la creatividad, no como un adorno, sino para encontrar nuevos caminos, nuevos modos. Hablo de creatividad en el pensamiento, en las ideas y por consecuencia en los planteamientos. Luce sencillo, pero no lo es. Precisamente por eso es un reto para las élites del país. Quiero decir élites como lo concebía Ortega y Gasset, es decir, no como una categoría social, sino como ese conjunto de individuos que intentan superarse a sí mismos y que, por ello, son más nobles, más eficientes. No importa que sean pobres o ricos, que estén en posiciones altas o bajas de poder, que sean aplaudidos o repudiados. Son élite por el tipo de personas que son. Es cierto que vivimos soñando, y hablando de ese sueño. Tenemos la ilusión de un país posible. Y la educación tiene todo que ver con la creatividad para hacer realidad esa ilusión. Con la superación, con que cada generación sea mejor y sepa más que la anterior. La educación es un proceso, largo, pero que funciona. Y eso tiene que ser importante para todos en el país. Para los educadores, para los estudiantes; para los trabajadores y los empresarios; para los sindicatos y los gremios; para las instituciones educativas; para las iglesias; para los políticos y  los que gestionan lo público; para los padres, para todos los ciudadanos. Y eso comienza por darle la mayor importancia a la profesión de enseñar. Los maestros tienen que ser vistos como individuos importantes, bien pagados, con carrera alabada. No es casual que en todos los países desarrollados los educadores no son mártires ni sacrificados héroes, son profesionales de la mayor respetabilidad y estima.

“Necesitamos una educación que prepare a la gente precisamente para dudar de lo obvio (…) Necesitamos indicadores concretos de lo que debemos aspirar”

Ramón Piñango

-La tecnología, la dotación, la estructura física. Si algunos tienen eso y otros no, aumenta la grieta social. Podemos quejarnos del gobierno de turno, pero ¿qué puede y debe hacer cada venezolano para acabar con esa grieta?

-Por supuesto que las diferencias por estratos o clases hacen que la brecha social crezca, se haga más honda. Eso viene pasando desde hace tiempo. Pero en los últimos años ha empeorado. Son evidentes las diferencias en la calidad de la educación en instituciones públicas y privadas. Un caso interesante es el de Fe y Alegría. Sus escuelas están en los barrios, en los sectores populares. La gente ahí las prefiere a las públicas que están en la misma zona. Y sé de casos de familias que hacen un esfuerzo enorme para que sus niños vayan a una escuelita privada que, al menos, ofrece más días de clase al año que las públicas. Ese es un modo de disminuir la grieta. También se puede y se debe crear movimientos de base para presionar por una mejor educación pública. La gente debe protestar. Una limitación importante está en que los sectores medios y altos no han exigido más y mejor educación pública porque, bueno, creen que no son sus dolientes. En realidad, cuando la educación pública falla, todo el país es doliente. La actitud en la práctica es: “Ese no es mi problema; yo sé dónde dan buena educación y mis hijos pueden estudiar en las mejores escuelas”. En pocas palabras, que el Gobierno resuelva el problema de la educación pública. Por eso hablo de un país sin élites, élites creativas, dispuestas a liderar el desarrollo del país. No se trata de luchar por lo que está en mi círculo. Hay que entender que estar bien en un país que está mal, es una ficción.

-Tú sabes mucho de liderazgo y de negociación política. Estamos en medio de un proceso en México. Digamos que te dan unos minutos para hablarles a todos los que ahí participan. ¿Qué les dirías?

-Sé más de liderazgo. De negociación opino guiado tal vez por lo que sé de sociología y por mi intuición, por lo que siento como ciudadano que puede ser afectado por un proceso feliz o infeliz. Si pudiera hablarles a todos les diría que deben tomar en cuenta al país opositor. Hablarles, explicarles lo que están haciendo. No hubo explicación clara antes de irse a México. No hay liderazgo efectivo si la gente no siente que hay coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, y sin consistencia en la permanencia de esa coherencia en el tiempo. Les diría que, acuerden lo que acuerden, nada se podrá hacer para lograr un cambio político de fondo que trace un nuevo rumbo al país si no contamos con árbitros institucionales creíbles para gran parte del país. Y por árbitros creíbles me refiero al Tribunal Supremo de Justicia, a todas las instancias del sistema judicial, a la Asamblea Nacional, a los Concejos Municipales. El CNE debió haber sido seleccionado por una Asamblea Nacional legítima. Como se hicieron las cosas, cualquier acuerdo depende de la confianza en la palabra de quienes hacen lo que les da la gana para mantenerse en el poder. Quienes aspiran a liderar el país en cualquier ámbito deben entender que sin credibilidad no hay liderazgo efectivo. El liderazgo puede atraer, entusiasmar a muchos, pero no ser virtuoso. Ese, el liderazgo virtuoso, responde a valores. Es responsable pero no usa una supuesta responsabilidad para evitar riesgos por cobardía o para perder influencia. Me preocupa que en Venezuela se esté creando un vacío de liderazgo. Y la historia nos dice que los vacíos de liderazgo se llenan y no siempre de la forma más feliz para una nación. Puede surgir un “outsider” muy bueno, o muy perverso. Quiera Dios que las nuevas negociaciones no creen el clima para que se profundice el desastre y se haga más difícil una salida verdadera de la situación que hoy sufrimos. Les diría que tengan cuidado, mucho cuidado. Que lo que está en juego es el país.

“Tenemos una severa crisis en educación. Eso hace que las élites estén frente al enorme desafío de avanzar y progresar para salir de este desastre, a pesar de la escasez de recursos cada vez mayor”

Ramón Piñango

-¿Qué tiene que pasar para que Ramón Piñango pueda pararse frente al espejo y decirse “ahora sí, ahora sí vamos por donde tenemos que ir”?

-Hay dos citas que me repito una y otra vez; una de T.S. Eliot: “¿Dónde está la sabiduría perdida en el conocimiento?, ¿y dónde el conocimiento perdido en la información?”. La otra es de Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Creo que voy a sentir que vamos por donde tenemos que ir cuando encontremos ese conocimiento, cuando entendamos que tenemos que salvar a la circunstancia para poder salvarnos. Entretanto, seguiré estudiando, buscando, enseñando, luchando; y seguiré sintiéndome honrado de que tantos me llamen “Profe”.

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¡Paren el mundo que me quiero bajar!”, dice Mafalda en uno de sus gritos más famosos. Eso sentimos. Pero el mundo no se va a parar para dejarnos bajar. Ramón y yo hemos conversado, él en San Antonio de Los Altos y yo en Pampatar, con serenidad pero poniendo la marca de la urgencia. Tenemos que sacar a la educación de esta catalepsia para que los niños puedan tener un porvenir mejor, que este presente deshilachado que tenemos. Necesitamos a nuestros niños en algarabía en escuelas maravillosas. Es ese el sonido del progreso. “Cuando se tiene un hijo, se tienen todos los hijos de la tierra, al hijo de la casa y al de la calle entera…”.

Bien haremos en mirar hacia el futuro y entender que no tenemos derecho a robárselos. Ojalá ellos no tengan que decir que en lugar de los hijos infinitos fueron los hijos olvidados.

Mi novela “Hijos de los vientos” cierra con un brevísimo párrafo: “A la mañana siguiente comenzaron a ser lo que todos alguna vez tenemos que ser: gentes que caminan con los vientos a favor. Que la vida, al fin y al cabo, no es sino eso, un camino. Y como dijo una vez un hombre sabio, peregrinar es rezar con los pies”.

Hay que buscar los vientos a favor.

*La fotografía fue facilitada por la autora, Soledad Morillo Belloso, al editor de La Gran Aldea.

[email protected]
@solmorillob

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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