En la aldea
18 mayo 2024

Gustavo Petro, el izquierdista candidato a la Presidencia de Colombia, “miente a conciencia”.

Petro, mentiroso e insensible

Prefiere usar el ejemplo de Venezuela a conveniencia en un discurso acomodaticio cuya postura en relación al país vecino parece regirse, sobre todo en tiempos de elecciones, por sus asesores de campaña. Gustavo Petro, el izquierdista candidato a la Presidencia de Colombia, sabe hacer uso de una narrativa que se debate entre manipulación y mentiras; porque los reproches y las críticas al régimen de Maduro parecen abonarle el camino a la Casa de Nariño. ¿Sabrán los colombianos distinguir el empleo frívolo de una dolorosa devastación frente a la realidad que muestra la migración venezolana que surca su país?

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Milagros Socorro | 03 marzo 2022

Casi el tope. Cuando Gustavo Petro, el izquierdista candidato a la Presidencia de Colombia, admita que el legado de su amigo Hugo Chávez ha sido la destrucción de Venezuela, tras la instalación de una dictadura violadora de derechos humanos, confiscadora de las libertades y aliada de diversas organizaciones mafiosas, habrá llegado a la cima de la verdad. Hasta ahora ha subido varios escalones, eso no se puede negar, pero lo ha hecho con lentitud, ambigüedad, no poca manipulación y varias mentiras.

El más reciente pronunciamiento de Petro, hecho el jueves 17 de febrero, supuso una mezcla paradójica: por un lado, trazó franco ascenso hacia la realidad y, por el otro, dijo una gran mentira. Cuando le volvieron a decir, por enésima vez, que si ganaba las elecciones, Colombia “se convertiría en Venezuela”, Petro negó el señalamiento y, para sonar sincero, afirmó que el actual presidente Iván Duque ha dejado al país “peor que Venezuela”.

Al poner el desastre venezolano como referencia de mala administración, Petro, ex guerrillero y dirigente populista, reconoce que este país vive una tragedia y que fue causada por un gobierno (no por una guerra o una catástrofe natural masiva, que es lo que parece), sino por un gobierno de izquierda que en el pasado apoyó y del que se dice que recibió dinero. Mucho dinero. Esa ha sido la consideración más severa sobre el chavismo, que ha hecho Petro, quien en marzo de 2013 escribió en Twitter: “Viviste en los tiempos de Chávez y quizás pensaste que era un payaso. Te engañaste. Viviste los tiempos de un gran líder latinoamericano”. Por cierto, en esa ocasión también hizo gala de la ambigüedad que parece ser su marca: ¿cómo vas a elogiar a alguien estableciendo, de entrada, la alta probabilidad de que se le tenga por payaso?, (como efectivamente ocurría con mucha frecuencia).

“El embuste no sorprende, ese viene con el paquete populista, ya verán los colombianos si le creen al abanderado que ‘Colombia está peor que Venezuela’”

Cinco años más tarde, afirmó, ante periodistas internacionales que el gobierno de Chávez no había sido una dictadura y que el verdugo de Radio Caracas Televisión, entre tantos otros medios, “respetó a los medios comunicación”. Mentía a conciencia.

Casi diez años después, en trance de aspirar por segunda vez a la Presidencia y con muy claras trazas de haber pasado por un intenso entrenamiento en campañas electorales, Petro se deslinda del chavismo, uno de los lastres más pesados en la historia del Continente, pero lo hace con una mezcla de falsedad y ausencia de empatía que ha ofendido a muchos venezolanos. El embuste no sorprende, ese viene con el paquete populista, ya verán los colombianos si le creen al abanderado que “Colombia está peor que Venezuela”. Claro que eso supondría que por la frontera han pasado dos millones de colombianos hacia este lado, a pie y con sus pertenencias en la espalda; que sus jubilados perciben una pensión que no llega a los dos dólares (sí, dólares, porque el peso tendría que haber desaparecido para estar no peor sino igual a Venezuela); que los profesores universitarios devengan menos de 20 dólares al mes y, cuando se enferman, deben recurrir a la ayuda solidaria de familiares, amigos y extraños; que más del 60% de la población está en pobreza crítica y que millones de niños están en la desnutrición; que los hospitales están arrasados; que los maestros han huido de las escuelas y del país porque sus salarios no les alcanzan para pagarse el transporte, ya no digamos para una alimentación de mediana dignidad; que la imagen de familias hurgando de la basura para servirse de ella bocados rancios bañados en salsas putrefactas; que la prensa y los medios audiovisuales, perseguidos, desvalijados, clausurados, han sido disminuidos a la mínima expresión; que los productores agrícolas y pecuarios han visto mermar sus rendimientos porque han tenido un régimen confiscador por dos décadas; que su país está destrozado, como si le hubieran llovido bombas, saqueado, como si lo hubieran atravesado hordas enemigas empeñadas en su aniquilación, y mustio porque es el mucho dolor y ha sido mucha la opresión y la humillación. Petro miente a conciencia.

“Petro se deslinda del chavismo, uno de los lastres más pesados en la historia del Continente, pero lo hace con una mezcla de falsedad y ausencia de empatía que ha ofendido a muchos venezolanos”

Usar a Venezuela como arma arrojadiza es una gran afrenta del oportunista Petro, porque hace un empleo frívolo de una dolorosa devastación, que desconoce y minimiza. Hace unas semanas, en una entrevista con la revista Semana, al preguntarle qué opinaba de Nicolás Maduro, respondió: “Es un tipo que no ha sido capaz de desligar a Venezuela del petróleo, es una persona que está dentro de las dirigencias de la política de la muerte”.

Un tirano que se ha cansado de asesinar venezolanos que protestaban en las calles; que tiene centenares de presos políticos en cárceles inhumanas; que ha forzado la huida de millones de personas; que creó unos escuadrones de la muerte llamados FAES para aterrorizar a las comunidades populares y asesinar muchachos pobres, sospechosos de ser delincuentes, delante de sus familias; que ha causado gravísimos daños ambientales; que ha devaluado la moneda lo mismo que el voto y los procedimientos electores; que pisotea la Constitución cada vez que respira; un capo acusado de contubernios con traficantes de drogas, de oro y otros minerales, así como de tratantes de personas, ¿lo que le afeas es que, aún después de acabar con Petróleos de Venezuela, todavía produzca unos pocos barriles…?

Lo otro es que el discurso ambientalista no estaba en el repertorio de Gustavo Petro hasta hace poco. Esa no fue su causa cuando fue candidato la primera vez ni parece haber sido su blasón en el Senado de la República donde ocupa una curul. Ahora lo enarbola con a cada rato; por cierto, después de que el partido español, PSOE, lo invitó a Madrid (dos veces en cuestión de semanas) y le arregló reuniones con los más importantes grupos de poder de ese país. Ahora los problemas de Colombia no son, por ejemplo, el desempleo y los malos salarios, o la desaparición de pequeñas y medianas empresas, sino la violencia contra la mujer y los daños ambientales. No es que no sean poco flagelo, ¿pero son en Colombia tan graves como en el país de sus coachs del PSOE?, ¿o será que a Petro, uno de los líderes más conspicuos del Paro Nacional en Colombia de 2021, no le preocupa el deterioro de los sectores productivos en su país?

El hostigamiento al empresariado de Venezuela, por parte de Chávez, es sabido que no le preocupó. Al contrario, le pareció buenísimo. En junio de 2003, Petro fue entrevistado por la Revista Dinero, que lo presentó como “uno de los más cercanos asesores de Chávez en el nuevo modelo que se está gestando en Venezuela”; y cuándo le preguntaron en qué consistía ese nuevo paradigma, Petro se incluyó en la bolichada diciendo: “Estamos en una etapa de transición de un modelo neoliberal a otro, que yo bautizaría como neopopulismo […] el gobierno de Chávez ha querido incentivar la construcción de un nuevo empresariado, que intenta captar los mercados que dejan los viejos empresarios. Hasta ahora es muy incipiente y nadie garantiza que ese empresariado surja, lo que hubiera sido una oportunidad para el empresariado colombiano. El mayor ganador de la crisis venezolana habría podido ser el empresariado colombiano, pero desgraciadamente le apostó al viejo empresariado”.

Desde luego, esos “viejos empresarios” venezolanos que “dejaban los mercados” eran los empresarios que Chávez encontró a su llegada al poder y a quienes se propuso barrer. El “nuevo empresariado” sería el integrado por los enchufados, los testaferros, los militares, los cubanos, rusos, iraníes y chinos, y los propios jerarcas y sus familias. Lo más cruel, lo que retrata a Petro de cuerpo entero, es cuando dice que nuestra desgracia hubiera podido constituir una gran ganancia para el empresariado colombiano. Además de ignorante, puesto que en realidad la empresa de Colombia perdió un mercado que era interesante mientras estuviera vivo, exhibe una bestialidad que hiela la sangre.

Petro dirá lo que sus entrenadores lo mandan a decir. Y ya se sabe que la izquierda española se contorsiona para no aparecer como cómplice de Maduro ni admitir sus crímenes, muchos de ellos de lesa humanidad.

Hasta hace poco, Petro se expresó del chavismo con el tono de quien le reprocha a Hitler el uso de vagones incómodos para el traslado de centenares judíos que viajan a medianoche y sin equipaje. Esta semana se quiso poner contundente (le habrán dicho que Maduro no sirve para cualquier candidato de la izquierda latinoamericana) y no se le ocurrió nada mejor que banalizar la demolición de Venezuela para crear la sensación de que no tiene ni aires de familia con un régimen con el que sostenía reuniones secretas en Caracas, a las que acudía con una libretica para apuntar las instrucciones de Chávez, tras cuya muerte declaró que el espíritu del gorila de Barinas perduraría en Latinoamérica para siempre.

En aquel momento muchos tomamos esa afirmación como una amenaza. Solo Dios sabe cuánto deseamos estar equivocados.

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