En la aldea
23 mayo 2024

“El socialismo deja a su paso una destrucción física, real, tangible, que afecta la vida total, sin atenuantes”.

El bus fantasma, historias desde el Delta Amacuro

“El hambre, la miseria, la destrucción del sistema de salud (por mencionar solo una de las instituciones) expulsa, produce una masiva huida hacia otra zona del país o fuera de él”. Un relato conmovedor -y a ratos hasta inverosímil- de la Venezuela profunda, aquella que lleva al lector a conocer una zona del país muy lejana de la capital, el estado Delta Amacuro; allá donde pobladores venezolanos no consiguen desde un tensiómetro hasta un transporte que los aleje de tanta desidia y abandono. Y la autora sentencia: “Dar dimensiones a esta tragedia pasa por reconocer la naturaleza del sistema que la ha provocado”.

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Mirla Pérez | 30 junio 2022

El socialismo deja a su paso una destrucción física, real, tangible, que afecta la vida total, sin atenuantes. Va produciendo una práctica que se hace acompañar de una narrativa que no solo interpreta el mundo caótico, sino que trata de encontrar un sentido vivencial en medio de la destrucción. El propósito principal de un sistema totalitario es penetrar y dominar toda expresión de vida. Para explicar esta afirmación me serviré de un relato que muestra cómo se ha venido logrando este propósito. Se trata de una familia que vive en el estado Delta Amacuro*, y que se ve forzada a salir de ahí por las condiciones de vida tan adversas. Nos sorprende la primera afirmación:

Aquí cayó una bomba y nadie la vio, todo desapareció en el Delta, tenemos que huir, cuando vi lo de Ucrania yo me dije, esto es la misma destrucción, pero sin bomba…”.

Al amigo lo llamaremos Juan, tiene una hermana que vive en Caracas, su madre, una india fuerte, robusta, echada para adelante, inesperadamente sufre un cáncer terminal. Pierde el habla, nadie sabe de qué se trata, un famoso médico, neurólogo, amigo de su hija caraqueña le pide de urgencia tomar los signos vitales, entre ellos la tensión. ¡La tensión! No consiguen un tensiómetro en ningún hospital de la zona, tampoco hay en las farmacias. ¡Nadie tiene un medidor de tensión! Parece que la bomba comienza a tener significado.

“La realidad del Delta Amacuro no es un accidente en esta nueva vida que impone la revolución; es la razón de ser, es el proyecto, descolocar, eliminar, destruir el orden que conocemos”

Ha pasado una semana, la mamá de María, la hija que vive en Caracas, no ha podido ser atendida por un médico. ¡No hay médico en la zona! La bioanalista, que no sabemos si realmente lo es, no sabe qué son los electrolitos que el neurólogo caraqueño solicita. Ante la inexistencia de todo: ni medicamentos, ni exámenes, ni tensiómetro, ni transporte, ni comida, etc., María decide traerse a la mamá, sin habla, con problemas de memoria, no sabe qué otra afección puede tener porque es imposible ser examinada. La decisión amerita un plan para ser ejecutado. Madre e hija tienen cerca de 5 años que no se ven, se comunican como pueden, se apoyan económicamente, pero:

Salir del Delta es imposible, no hay transporte, literalmente, no hay medios que te lleven oficialmente fuera del estado…”, dice Juan, compungido.

Juan que vive cerca, hace un plan con la hermana, y su mamá en sus ratos de lucidez busca a sus conocidos, a sus contactos, para que puedan ayudarla a conseguir el tan necesario medio de transporte. Pasada una semana, la madre llama a su hija y le dice:

Mi vecina que trabaja en la alcaldía me ha dicho en secreto que mañana sale el bus, no puede dar detalles, más tarde me dará indicaciones del lugar y hora en la que saldrá…”.

Creada la expectativa, la madre recibe noticias de la vecina:

El bus saldrá mañana a las 5:00am, llegará al descampado, en el lugar donde haya una bolsa anaranjada en un palo, ahí será el punto de encuentro, solo cuando llegue el bus salen a montarse, en el camino se les cobrará”.

Se trata de un bus clandestino, fantasma -como ella misma lo nombra- que sale de las profundidades del Delta y que luego tiene que esperar en Caripe, las horas que sean necesarias, para que se aglomere una cantidad importante de buses que se puedan proteger del hampa que domina la carretera, la vía hacia Caracas.

Este relato parece inverosímil, una ficción producto de la imaginación de un pueblo agobiado. Por raro, trágico, que parezca, no es una invención, es la verdad de una familia que tiene que sobreponerse a la muerte. Este pueblo hoy está quedando despoblado. El hambre, la miseria, la destrucción del sistema de salud (por mencionar solo una de las instituciones) expulsa, produce una masiva huida hacia otra zona del país o fuera de él. Viene la pregunta ineludible: ¿Quiénes hacen ese camino de migración forzada en Venezuela? Ese camino lo hacen familias que viven en el Delta, o como se vive en el Delta, todo indica que esta es la vivencia que identifica este fragmentado y destruido país.

La gran diáspora venezolana es más que un camino sin retorno, es una tragedia humana cuyas dimensiones aún estamos comprendiendo. ¿Cuántos Deltas hay en Venezuela? La expulsión es a sangre y hambre. La crisis nacional explica el por qué millones de personas que se han lanzado a una migración suicida, a un salto al vacío, al peligro que implica el tráfico de personas, o el paso por la selva del Darién o por el Río Bravo. Es que no hay alternativas, o das el salto al vacío o te mueres, como el caso de la mamá de Juan; o de cualquier familia en un día cualquiera que amanecen sin poder dar de comer a los suyos; o el joven que tuvo que huir porque su casa fue tiroteada durante la noche en medio del cobro de una extorsión. Pasa en el Delta, pasa en el Zulia, pasa en Táchira, pasa en el Guárico, y en un largo etcétera.

“Como se vive en el Delta, todo indica que esta es la vivencia que identifica este fragmentado y destruido país”

Dar dimensiones a esta tragedia pasa por reconocer la naturaleza del sistema que la ha provocado. En esto hemos venido insistiendo. En el artículo anterior veíamos cómo el tiempo presente es una línea continua, una sucesión de eventos que no permiten la normalidad, se vive al modo delincuencial, fuera de toda norma, tal como lo interpretamos en el texto “Y salimos a matar gente”. El crimen marca la cotidianidad. El crimen de Estado, pero también el crimen organizado, sin derecho a la vida transitamos por el camino de la revolución.

En este sentido, no basta definir la revolución, hay que definir al hombre que produce la revolución y que al mismo tiempo es él un producto de ella. De modo que Lenin sigue siendo un buen ejemplo para presentar esta naturaleza, esta vez acogerá la definición de Serguéi Necháyev quien plantea que:

El revolucionario es un hombre perdido de antemano. No tiene intereses ni asuntos privados, ni sentimiento, ni vínculos personales, ni propiedades, ni siquiera nombre. Todo en él va encaminado a un solo fin, un solo pensamiento, una sola pasión: la Revolución. En lo más profundo de su ser, el revolucionario ha roto toda relación con el orden establecido y el mundo civilizado, con todas la leyes, convenciones sociales y normas morales de este mundo. El revolucionario es un enemigo implacable y si continúa viviendo en él, es solo para destruirlo mejor”.

Si el revolucionario continúa viviendo en este mundo es para destruirlo, entiéndase, en este mundo social, cultural, humano, económico, etc., lo único esperable para la revolución y su hombre nuevo es la destrucción del mundo en su totalidad, de la vida, de las prácticas tal como las conocemos. Destrucción total e implacable.

Inevitablemente, cuando leí estas líneas, trabajadas hace ya un tiempo, vino a mí la terrible entrevista hecha a Marcos Camacho, alias “Marcola”, capo brasileño del PCC, quien con la misma claridad de Necháyev describe este hombre nuevo y lo que representa para la sociedad:

No hay más proletarios, o infelices, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo Alien escondido en los rincones de la ciudad. Ya surgió un nuevo lenguaje. Es eso. Es otra lengua. Está delante de una especie de post miseria. La post miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas. Es la mierda con chips, con megabytes”.

Me atrevo a enlazar los dos discursos, el criminal y el revolucionario. El Revolucionario es la nueva cultura asesina que ha prescindido de la normalidad y se ha convertido en el enemigo del mundo, tal como lo conocemos, su norte es la destrucción como lo es para el asesino en serie o delincuente que comanda una de las organizaciones criminales más grande de Brasil. Marcola lo entiende muy bien, por eso cierra su entrevista diciendo:

Ustedes sólo pueden llegar a algún suceso si desisten de defender la ‘normalidad’. No hay más normalidad alguna. Ustedes precisan hacer una autocrítica de su propia incompetencia. Pero a ser franco, en serio, en la moral. Estamos todos en el centro de lo insoluble. Solo que nosotros vivimos de él y ustedes no tienen salida. Solo la mierda. Y nosotros ya trabajamos dentro de ella. Entiéndame, hermano, no hay solución. ¿Saben por qué? Porque ustedes no entienden ni la extensión del problema”.

Ni la extensión, mucho menos el fundamento y naturaleza del problema. Tanto el orden criminal como el revolucionario parten de la subversión del orden, de la eliminación de toda normalidad, cotidianidad, tranquilidad, vida.

La realidad del Delta Amacuro no es un accidente en esta nueva vida que impone la revolución; es la razón de ser, es el proyecto, descolocar, eliminar, destruir el orden que conocemos. Solo si hacen eso los revolucionarios tendrán ganada la guerra con bomba o sin ella.

*El estado Delta Amacuro, capital Tucupita, está ubicado en la región Guayana, limitando al norte con el Golfo de Paria, al este con el Océano Atlántico y el territorio en reclamación de la Guayana Esequiba, al sur con el estado Bolívar y al oeste con el estado Monagas.

*Profesora Titular de la Universidad Central de Venezuela. Investigadora del Centro de Investigaciones Populares.
@mirlamargarita

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