En la aldea
09 diciembre 2022

Franklin Brito (1960-2010).

A Franklin Brito lo fallecieron el 30 de agosto de 2010

Una historia desgarradora que muchos recuerdan. Tiempos de protestas y manifestaciones que coincidieron con el solitario reclamo de un venezolano que creía en la justicia y en el respeto a la propiedad privada como valores para la vida en sociedad. Franklin Brito, un biólogo que quiso cultivar la tierra en un país donde la revancha política en tiempos del chavismo retó a la vida por encima de la ley. La escritora Faitha Nahmens, autora de la biografía del agricultor, afirma que este fue el Gandhi venezolano.

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Milagros Socorro | 30 agosto 2022

Los últimos días de la vida de Franklin Brito los pasó su familia en un convento en Caracas. Era un refugio secreto. Tal era la persecución a la esposa y los cuatro hijos de la pareja conformada por el biólogo hacendado y su esposa Elena Iguayara Rodríguez Marabay. Allí entrevisté a Elena y a su hija Ángela (la mayor ya estaba casada y tenía vida aparte), con el compromiso de no revelar dónde estaban enconchadas.

Las dos mujeres estaban muy tristes, pero, sobre todo, exhaustas y como perplejas. Todavía les asombraba que aquel hombre, que en la inminencia de su muerte era un saquito de piel y huesos, hubiera sucumbido a la tragedia que se había puesto en marcha un día de mayo de 2003, cuando el Instituto Nacional de Tierras (INTI) otorgó a terceros un par de cartas agrarias sobre dos lotes de terreno que abarcaban gran parte del fundo de Brito, con el agravante de que se le eliminaba toda vía de acceso a “Iguaraya”.

Como es sabido, Brito se dedicó a acudir a diversas instancias nacionales e internacionales para denunciar la situación; y, como en todas partes lo trataron como el loquito que pretende hacer prevalecer la justicia ¡en la Venezuela de Chávez!, optó por la huelga de hambre. La primera la inició en 2005 y ya el 2 de julio de 2009, abrazó esta forma de alegato de manera radical.

“Un día, los hijos o los nietos, recibirán una llamada donde les dirán que Franklin Brito lo logró, que pasen a buscar el documento de titularidad de sus tierras. Ni un milímetro más ni menos de lo que le corresponde”

El día que las entrevisté en el caserón de una monjas, Elena y Ángela tenían fresco un recuerdo que las hacía estremecer. Pocos días antes de su fallecimiento, Brito creyó que algo bueno iba a ocurrir. Aunque con retrasos y reticencias, Juan Carlos Loyo, ministro de Agricultura y Tierras, había ido a visitarlo al Hospital Militar, donde, según el paciente, lo tenían secuestrado. Ángela dice haber presenciado el momento en que el funcionario se asombró al ver a su padre.

-¿Cómo me dejaron poner así? Me estoy muriendo -le dijo Brito a un fornido y poderoso Loyo.

-Te prometo que esto se va a resolver -dice Ángela que le respondió el ministro a su padre. Pero nunca volvió por allí. Y en cuanto tuvo la prensa oficialista delante, hizo declaraciones en el sentido contrario, como hacía siempre. Fue la sentencia de muerte del productor agropecuario.

Un caso para Faitha Nahmens

Cinco años después de la muerte de Franklin Brito, Faitha Nahmens, una de las más notables exponentes del periodismo narrativo en el Continente (aunque su reconocimiento como tal sea tarea por cumplir), empezó a investigar la historia del mártir de la legalidad. El resultado fue este libro: “Franklin Brito: Anatomía de la dignidad”, (Cedice Libertad, Caracas, 2020), en cuya portada aparece un hombre a quien no conocemos: un Franklin Brito, libre y gordito, rodeado de plantas.

Franklin Brito es el Gandhi venezolano -afirma Faitha Nahmens. Es una persona que, con tanta humanidad, pareciera sin embargo constituido de un temple extraordinario, incluso extraño. Muy poco visto. Uno ve los guerreros en la historia: se preparan, los va nutriendo la emocionalidad para enfrentar la muerte; de manera que, además de las armas, cuentan con un entrenamiento y una motivación atizada desde el exterior, el amor a la patria y el odio al enemigo, pero Franklin Brito fue a su lucha solo con su propio cuerpo, con su vida, con la certeza de que lo asistía la razón. Y no es arrogancia.

«Franklin Brito era biólogo», sigue Faitha Nahmens, «y quería tener una finca. Para reunir el dinero, vendió su casa en Caricuao, Caracas. La familia se va para el estado Bolívar, donde empieza a trabajar en su finca. Como estaban empezando y la tierra no les había reportado recursos, Brito y su esposa se emplean, él como profesor de Física, Química y Matemática en un liceo; ella, como maestra de escuela. Todo va bien, pero un día Brito se entera de que se ha esparcido un hongo que está contagiando el ñame (60% de la producción nacional de este tubérculo se cosechaba en la zona). Ni siquiera los que él había sembrado, sino los de los vecinos. Brito decide investigar el agente patógeno, para lo cual viaja a Caracas, donde descubre que en Nicaragua habían controlado el hongo mediante cruces con cepas sanas. Una solución un poco lenta, pero segura y sin efectos colaterales.

«De vuelta en Bolívar con la información, topa con el alcalde chavista del lugar, quien había decidido que la solución era una fumigación intensiva… El ardor del funcionario con el rocío de insecticida y el furor de su negativa a siquiera escuchar al biólogo movieron a algunos a sospechar que la operación de saneamiento química incluía alguna ventaja económica para el alcalde…

«Ahí empieza la persecución contra Franklin Brito. Y la primera manifestación es sacarlo del trabajo en el liceo (el alcalde estaba emparentado con la directora del plantel). Primero a él, luego a la esposa, quien quedaría vetada e imposibilitada de trabajar con el Estado. Esto ocurre en la época en la que el chavismo postula la repartición de tierras baldías. Desde luego, la de Franklin Brito no es baldía y aun así le quitan una esquina de la propiedad para dársela al vecino. Visto esto, otros vecinos le quitan más tajadas.

Entonces, se desata la seducción del sufrimiento ajeno, el placer de sentirse poderoso, que algunos sienten al ejercer la injusticia sobre otros. Los dos vecinos ponen una cerca y, como la finca de Brito estaba contra un cerro, una vez tendida la cerca, él no pudo entrar más a su propiedad, a menos que lo hiciera por el cerro. Brito intentó salvar este obstáculo y los vecinos hicieron una zanja con la profundidad suficiente para impedirle el paso al legítimo dueño. El abuso desencadenado por el alcalde se contagió a unos cuantos, que se prestaron a continuarlo con gusto creciente.

«Brito acude a los tribunales. Como ninguna instancia en Bolívar le presta atención, se va a Caracas. Confiado en que logrará pronta solución, va al Ministerio Público y hace una primera huelga de hambre plantado en su fachada. De nada le vale. Pide una cita con José Vicente Rangel, intenta ser oído por otros jerarcas. A todas partes lleva la documentación que sustenta su posición. Las amenazas no cesan. En esto estará siete años.

-¿Cuál era el objetivo de Franklin Brito?, ¿qué lo movía?, ¿quería morir?

-A Franklin Brito lo movía el anhelo de justicia. Estaba movido por la certeza de que sus tierras eran suyas y él tenía derecho a trabajarlas. Si la ley no le respondía, él buscaría formas de denunciar una situación de injusticia. Franklin Brito se comprometió con la lucha por lo que le correspondía: la titularidad de las tierras, el desalojo de los invasores, el cese de las persecuciones (le hacían entrar chivos a lo que le quedó de tierra para que se comieran todo) y aun así logró cosechar patillas enormes, las más grandes que se hubieran visto en los alrededores). La esposa explica que su marido, el biólogo, era un enamorado de la vida hasta en sus manifestaciones más insignificantes. De manera que no, no había en él la menor traza de inclinación a la muerte.

-¿Cree que Brito tenía una conducta obsesiva o destellos de algo patológico?

-Obsesión, sí. Patológico, no. Franklin Brito era de una verticalidad excepcional. Una conducta cabal, nutrida por su espiritualidad. Tan rígido era que cuando su hija Ángela, la segunda de sus cuatro hijos, su gran compañera en todo el martirio, le preguntó: “¿Si a mí me secuestran, qué haces?, ¿no pagarías el rescate porque, como dices, con delincuentes no se hace tratos?”. Y su padre le contestó que no, que no pagaría. La hija volvió a la carga: “Entonces, ¿no harías nada?, ¿qué me maten?”. A lo que el padre les respondió: “Cómo que nada. Haría mucho, todo lo que pudiera para rescatarte, pero pagar un rescate, no; porque eso es alimentar ese crimen. Es hacerse cómplice”. Tanta rectitud, mucho más en una época en que veíamos tanta gente brincando para acomodarse, puede resultar incomprensible. Por eso, hubo quienes lo señalaron de no estar en sus cabales, porque su rectitud no era normal. Por lo menos, no era común.

-¿Suscribes esta afirmación (de Oscar García Mendoza)?: «Franklin Brito valoró por encima de todo sus principios. Vivió y murió por ellos. Defendió la propiedad privada, fundamento esencial de la libertad, con su vida».

-Sí. Es un hecho que Franklin Brito valoró, incluso sobre su vida, sus principios. Sabía que se enfrentaba a gente que no haría cumplir la ley, que no impediría su muerte. Pero para él la vida era vivir en justicia. A Franklin Brito le dispararon con el arma de la ilegalidad. Ahí está la historia, todo está documentado. Franklin Brito pasó de más de cien kilos a 33, delante del país, del régimen, del mundo. Esto es historia, no es una leyenda, en lo que espero que no se convierta.

-¿Piensas que algo ha podido hacerse para evitar su martirio? O, por el contrario, ¿sientes que una vez que empezaron a moverse las piezas del engranaje, la tragedia era inevitable?

-Lo único que podía hacerse para evitar el martirio de Franklin Brito era la justicia. Así como el ministro Juan Carlos Loyo llegó a la Plaza Miranda, Caracas, donde hacía huelga de hambre con una bolsita de dinero y se la extendió diciéndole que, con lo que había ahí, resolvería sus problemas. Así, como se devolvió con la bolsa, -que Brito rechazó-, ha podido ofrecerle justicia. Han podido permitir que se cumpliera la ley. Han podido dejar de perseguirlo, de hostigarlo. Han podido inhibirse de burlarse de él, como cuando, ya en las últimas, en el Hospital Militar, venían a comer chocolate delante de él y a relamerse.

-¿Quiénes fueron los antagonistas más crueles de Franklin Brito?

-¿Además del Ministerio Público, de los jerarcas del chavismo y de algunos médicos del Hospital Militar que desfilaron por su cuarto para burlarse del paciente en huelga de hambre?, ¿además de quiénes lo secuestraron, lo metieron en un carro, lo golpearon y le dieron vueltas por horas? Hubo mucha crueldad, mucha burla y mucha incomprensión. Un ejemplo es el escritor José Roberto Duque, quien, al día siguiente de la muerte del hacendado, escribió en su blog: «Franklin Brito olía a formol desde el día en que lo convencieron de que la propiedad privada era más importante que la vida, incluida la suya propia. Franklin Brito siguió oliendo a formol cuando su familia confundió esa actitud suicida con dignidad y bandera de lucha. Franklin Brito olió todavía más a formol el día que la derecha venezolana lo estimuló y le otorgó un falso carácter de heroísmo a su decisión de morir…».

-¿Franklin Brito logró la titularidad de sus tierras?

-No. Ni siquiera su familia lo ha logrado a doce años de su muerte. Pero estoy segura de que un día, los hijos o los nietos, recibirán una llamada donde les dirán que Franklin Brito lo logró, que pasen a buscar el documento de titularidad de sus tierras. Ni un milímetro más ni menos de lo que le corresponde.

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