En la aldea
19 julio 2024

Hago Uber y delivery mientras me gano o me nominan al Grammy

Pronunciar la palabra migración hoy es hablar de la diáspora venezolana. Un relato visto y sentido desde el exterior que pone en contexto cifras tan dolosas como que el servicio de migración panameño contabiliza que unas 48.430 personas han llegado a Panamá atravesando la selva del Darién, y que de 50 nacionalidades identificadas entre los migrantes, “el 58% son venezolanos”. Mientras, un gremio del que poco se habla en este éxodo de connacionales: los músicos. Una anécdota con sonoridad, talento, sacrificio, reconocimiento y orgullo.

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Marianella Herrera Cuenca | 06 septiembre 2022

La diáspora venezolana continúa (por cierto, Venezuela no se arregló) y por supuesto, la fuga de cerebros también. Duelen los contratiempos que sufren los migrantes mientras la vida en el nuevo país, lo que será el nuevo hogar se estabiliza y lo que han pasado muchos hasta llegar a su destino. No hay que ser un gran investigador para informarse de lo que ocurre en la selva del Darién, está en todas las noticias y redes sociales.

Desde el inicio de 2022, según el servicio de migración panameño, unas 48.430 personas han llegado a Panamá a través de esta peligrosa ruta, y de estos un 15% son niños, niñas y adolescentes. Aun cuando se han registrado unas 50 nacionalidades entre los migrantes, el 58% son venezolanos, que exponen su vida para lograr pasar hacia la ilusión de una vida mejor fuera de su país de origen: Venezuela. 

Pero esta tragedia nos ha alcanzado a todos y uno de los gremios más afectados junto a otros: médicos, profesores, personal de salud, artistas, clase media en general y pare usted de contar; ha sido el gremio de los músicos. Con la crisis económica venezolana, la suspensión de eventos artísticos bajo la premisa de que no son “importantes” y que en crisis no se disfruta, y que el dinero hay que dedicarlo a otros espacios, se afectó notablemente el quehacer de los músicos y claro también de otros espacios del arte. Porque no en todo el país se baila, ni se come gastronómicamente, ni se va al cine, ni se utilizan ropas de moda. Esto ha dejado sin trabajo a todo un gran grupo de personas que laboran en estos ámbitos. Ciertamente, podría pensarse que no son espacios necesarios, hasta que te duele a ti, el mesonero, el músico, el camarógrafo, el restaurador de arte, que te quedaste sin trabajo y sin poder comer.

“Dejar tu país duele, pero dejar el nombre de tu cultura, de los saberes y sabores de tu país en alto refuerza el gentilicio con amor para seguir adelante abriéndose hacia otra página en la vida, sin resentimientos, con aceptación”

Pero no olvidemos, ya lo decía Abraham Maslow, y con un pequeño toque de quien escribe: todo comienza con la satisfacción de las necesidades básicas: comer, respirar, cubrirse del mal tiempo, escuchar el entorno, visualizar el entorno. Es así como, si hay alimentos básicos se puede trascender a la gastronomía como arte, es así como tenemos ropa que nos cobija del mal tiempo y entonces surge la moda, es así como escuchamos el corazón de la madre que es la música primaria y esencial se convierte en arte y espacio de recreación (Para quienes no lo recuerden la recreación también es un derecho humano).

La vida es arte, la educación podría serlo, la ciencia también podría decirse que es una especie de arte, pero para la expresión del arte necesitamos cubrir lo básico, solo así vemos la evolución hacia el espacio del arte.

Con la salida de un número importante de músicos del país, entre los cuales se encuentra mi hermano y amigos muy queridos, la reflexión sobre el quehacer musical no solo en Venezuela sino en el mundo, al menos para mí ha sido muy importante. Más aun, con la pandemia de la COVID-19 que nos obligó a detener nuestras vidas. Para los músicos migrantes tanto como para otros gremios fue devastador, porque los que recién terminaban de vivir su instalación se encontraron con otro reto enorme: sobrevivir a la crisis de la pandemia.

Cuando en semanas pasadas, llegue a ver la obra Papá Cuatro en el Teatro Colony de Miami, la reflexión creció aún más, porque no es lo mismo que escuches como cuentos de camino lo que sucede con una migración forzada, a que lo escuches de sus propios protagonistas. Te das cuenta que hay decisiones que tomas porque ya no vas a poder seguir cubriendo tus necesidades básicas con tu trabajo de músico en tu país y ¿por qué tienes que dejar de hacer lo que te gusta? ¡Claro! Alguien puede decir que puedes trabajar de taxista o de mesonero mientras, sí, pero es que en Venezuela ese complemento no te iba a cubrir igualmente los gastos. ¿Decisión? Me voy, nos vamos.

La historia de cinco músicos contada a través del cuatro venezolano es conmovedora, es hermosa, duele, es todo a la vez. Las peripecias para sobrevivir, hacer oficios como “delivery” o “Uber”, trabajar en algo distinto a lo que te gusta pero siempre con el sueño musical presente. Estos cinco “duros” en el decir venezolano, no dejaron que las adversidades vencieran, hicieron Uber y delivery, dieron clases, tocaron en bares, mientras fueron nominados al Grammy o lo ganaron. Hoy en día, todos tienen una cartera de éxitos no solo en lo musical, sino en lo personal que los ha hecho grandes músicos y mejores personas.

Dejar tu país duele, pero dejar el nombre de tu cultura, de los saberes y sabores de tu país en alto refuerza el gentilicio con amor para seguir adelante abriéndose hacia otra página en la vida, sin resentimientos, con aceptación, con entrega. ¡Bravo!

IG @nutricionencrisis / TW @mherreradef

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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