En la aldea
15 junio 2024

“¿Hallacas? No, qué va a estar haciendo hallacas en diciembre. Ni siquiera sabe muy bien cómo son”.

“Lo peor del hambre es la vergüenza”

“La página web de la FAO no incluye el hecho, facilito de comprobar por los científicos, de que no es lo mismo tener hambre que vivir con ella”. El 16 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Alimentación, una efeméride promovida, desde 1979, por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura.

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Milagros Socorro | 16 octubre 2022

La primera sorpresa, enorme, es que Dalia R. no recuerda las hallacas. Así, como suena. Las comió de niña… recuerda una olla inmensa de donde sale una nube de vapor muy perfumada. Evoca el movimiento de los vecinos, de su madre y su tía, de la abuela dando órdenes, pero no puede explicar cómo es una hallaca. Por más que lo ha intentado, explica, no puede encontrar en su mente el sabor, la textura, el deleite del laborioso bocado navideño venezolano.

El asunto sale a flote en una conversación telefónica. Ese tipo de llamada en la que se proponen generalidades, porque quieres ser amable, pero no tienes mucho en común con tu interlocutor o no lo conoces lo suficiente. Dalia es nieta de la señora Leandra, manicurista a domicilio que levantó una familia puliendo y esmaltando uñas. Había venido, de Colombia al Zulia, sola y sin oficio. En la cocina no pasaba de “montar”, como solía decir, un arroz blanco con ají misterioso, que parecía salido de los fogones de los ángeles. Pero con tan escueto repertorio, no podía emplearse en una buena casa, donde le pagaran lo suficiente para mantener a las dos hijas pequeñas que había traído con ella. Un día, al traer café y galletas, se quedó mirando a la muchacha que venía a hacerle las manos a la señora. Observó el ir y venir de la lima, el leve chapoteo de los dedos en el cuenquito, el afán del alicate en las cutículas, el voluptuoso deslizar de la brocha rezumante de pintura sobre las uñas. Le pareció que aquello no presentaría dificultades para ella, que, además, tenía un buen par de orejas para recoger el cuchicheo que acompañaba la labor.

Dicho y hecho. En una década, las hijas de la señora Leandra asistían a un buen colegio y ella había reunido la cuota inicial para un apartamento muy pequeño, pero no mal ubicado. En quince años, a partir de su llegada a Maracaibo, las muchachitas ingresaron a la universidad y, cuando llegó a veinte, las sesiones de manicura incluían la visita de Dalia, quien acompañaba a su abuela de casa en casa, cuando estaba tan pequeña que ni siquiera asistía al kínder.

“Porque tener hambre es muy distinto que pasar hambre. Cuando uno tiene hambre, se pone bravo, grita, patalea. Pero cuando se pasa hambre, no queda sino callar, ahorrarse, ver qué se hace…”

La madre de Dalia se graduó en la Escuela de Educación de la Universidad del Zulia. Muy a tiempo, por cierto, de relevar a su madre, aquejada de artrosis, en la manutención de la familia. La pobre señora Leandra vivió para ver su apartamento, adquirido con tanto sacrificio, vendido por una miseria. Su hija, su nieta y ella se mudaron a un barrio en el sur de Maracaibo y al poco tiempo la señora murió. Hacía mucho que había dejado de trabajar y casi todas sus amigas se habían ido del país, de vuelta a Colombia o camino a los Estados Unidos; y, por si fuera poco, aquellas manos deformes ya no le servían ni para montar un arroz decente. El salario de la madre de Dalia, que nunca alcanzó para alimentar a las tres y pagar los tratamientos y medicinas de la antigua manicurista, no hizo sino hacerse cada vez más precario.

Alguien comentó en Facebook la muerte de la hija de la señora Leandra. Y, bueno, ahí estaba Dalia al teléfono. Tiene tres hijos. En respuesta a una de esas preguntas intrascendentes en las que derivan las llamadas de pésame, suelta el inverosímil dato: ¿hallacas? No, qué va a estar haciendo hallacas en diciembre. Ni siquiera sabe muy bien cómo son. Su gran deseo, casi un sueño, es ponerle un poco de pollo a la pasta que viene en las cajas clap. Con eso estaría muy contenta. Nadie en el barrio hace hallacas, ni habla de eso. Lo dice entre risas, como si estuviera aludiendo a una lotería, algo mágico, improbable e irracional. Lo mismo ha ocurrido con el pabellón, la polvorosa de pollo, la macarronada con jamón y mucha salsa nápoli… la gastronomía venezolana es una especie de historia antigua, algo a caballo entre el mito y la memoria idealizada. Dalia todavía recuerda algo, pero sus amigas del barrio no.

¿Hambre? La risa se corta de repente. “Usted sabe, casi siempre nos las arreglamos…”. La llamada se corta varias veces, pero la comunicación persiste en un tono inesperado: cada interrupción provoca una mayor confianza en el siguiente tramo. Es como si la reanudación del diálogo constituyera un privilegio, una oportunidad que no va a volver a repetirse. Dalia se hace cada vez más cercana.

-Es que esa palabra es como… como que significa todo y nada. Usted puede decir que tiene hambre cuando cuenta con algo para saciarla, pero cuando no es así, cuando no hay comida, cuando no quedan ni los gorgojos del cereal que nos vende la jefa de calle, uno no dice que tiene hambre. Ni siquiera lo piensa. Calentamos agua, si es que hay gas. Acostamos a los niños más temprano.

Lo peor del hambre, dice Dalia, es la vergüenza. «Por ahí dicen que hay unos estudios  para calcular cuántos venezolanos viven con hambre. No crea en eso. Muy pocos lo reconocen. Porque tener hambre es muy distinto que pasar hambre. Cuando uno tiene hambre, se pone bravo, grita, patalea. Pero cuando se pasa hambre, no queda sino callar, ahorrarse, ver qué se hace… Pero decir que los hijos de uno viven con hambre, que solo han conocido lo que viene en esas cajas, es como decir que no son gente».

Este domingo 16 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Alimentación, una efeméride promovida, desde 1979, por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). La página web de esta institución dice que la meta de su Agenda 2030 es “hambre cero”. Faltan ocho años. Es, pues, un imposible. A menos que el mapa del mundo prescinda de Venezuela, como parece que ya está ocurriendo.

La página web de la FAO no incluye el hecho, facilito de comprobar por los científicos, de que no es lo mismo tener hambre que vivir con ella.

«Que de quién es la culpa… ¿acaso importa? Vamos a suponer que sí, que sabemos, que sé de quién es la culpa. Y qué hago con eso. ¿Se lo digo a mis hijos?, ¿se lo cuento a Mamandra, cuando rezo por ella?».

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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