El exilio de los que regresan: la patria como territorio extraño

Nixon Dominguez explora la compleja y dolorosa experiencia del retorno para los emigrantes venezolanos. Describe cómo la memoria del exiliado a menudo se congela en el momento de su partida, preservando una imagen de catástrofe que choca bruscamente con la realidad de un país que mutó para sobrevivir.

Hay una forma perversa de piedad en la memoria del emigrante. Quien junta tres maletas y atraviesa una frontera suele llevarse consigo el cadáver perfectamente embalsamado de su propio desastre. En el equipaje del exiliado no solo viajan el olor de la infancia, las páginas marcadas de los libros fundacionales o la nostalgia de la luz de muchas tardes.

Viaja, sobre todo, con una contabilidad minuciosa de la catástrofe. Guarda el apagón generalizado como si fuera una reliquia sacra; conserva el crujido de las tripas de la escasez, las colas kilométricas bajo el sol para conseguir alimentos, el colapso sistemático de cada tubería y la imagen fija de un país que se desmoronaba en tiempo real.

Se fueron convencidos de que dejaban un cementerio a oscuras y, durante años, en las tardes lluviosas de Bogotá, en el invierno filoso de Santiago o en el bochorno de un verano en Madrid. Se alimentan con la secreta certeza de que esa ruina era inmutable. Es un consuelo perverso, casi neurótico: necesitar que la tierra abandonada siga sangrando para justificar el dolor insoportable de haber salido. 

Sin embargo, el análisis del fenómeno migratorio contemporáneo —ampliamente documentado en la sociología del retorno y en los ensayos sobre la diáspora hispanoamericana—, demuestra que la memoria del migrante sufre de una atrofia cronológica.

Como bien han señalado diversos estudios sobre las dinámicas de movilidad humana en la región, la distancia geográfica suele producir una parálisis narrativa. El sujeto fija la imagen del país en el instante preciso de su partida, incapacitándolo para aprehender las transformaciones subterráneas que ocurren en su ausencia. El país, que siempre ha sido un maestro del sarcasmo y la desmesura, se niega obstinadamente a obedecer las leyes de la tragedia clásica.

El viajero regresa esperando encontrar las cenizas heladas de su dolor y tropieza con una escenografía insólita. Luces alimentadas por motores ruidosos, bodegones y restaurantes de lujo instalados sobre el polvo de los viejos derrumbes y un pragmatismo comercial que simula una opulencia artificial pero apabullante.

Es la trampa del retorno. La migración impuso la construcción de una patria portátil —esa arquitectura subjetiva hecha de fotografías guardadas, expresiones lingüísticas desfasadas y una cartografía urbana helada en el tiempo—, pero la realidad del regreso impone un choque epistémico devastador. El migrante que decide emprender el viaje de vuelta no retorna a un hogar ni a una estación de llegada reconfortante; ingresa, sin saberlo, a las dependencias de un segundo exilio.

Durante años, la narrativa producida desde el exterior redujo la compleja reconfiguración venezolana a la existencia de «burbujas» circunscritas a ciertos sectores privilegiados de la capital. No obstante, al contrastar esta visión con la literatura ensayística reciente y los reportajes de investigación sobre la vida cotidiana en las provincias, lo que el retornado descubre al recorrer los espacios urbanos e intermedios es un fenómeno mucho más denso y complejo.

No se trata simplemente de un puñado de islas de consumo insular, sino de una gigantesca mutación antropológica y funcional. Ante la muerte del Estado providencia y la ineficiencia crónica del servicio público, la sociedad no se quedó petrificada en el luto ni en el colapso definitivo. Operó, en cambio, un lento, desigual pero indomable proceso de adaptación para poder continuar viviendo.

El problema de la electricidad, por ejemplo, persiste y en muchas regiones se ha vuelto estructuralmente más violento y despiadado. Pero la respuesta ciudadana no fue la parálisis, sino la privatización atávica de la supervivencia. Los comercios, los talleres, las clínicas y los hogares terminaron por adquirir plantas eléctricas a combustión, transformando el paisaje sonoro de las ciudades en un zumbido interminable de motores a gasolina o diésel. Lo mismo ocurrió con el acceso al agua potable, resolviendo la ausencia de acueductos mediante la perforación de pozos profundos en las urbanizaciones; y con la moneda nacional, desplazando al valor oficial por la circulación salvaje e inevitable de divisas convertibles.

Aquí se fractura la mirada del observador cívico: el país no se curó de sus males, pero aprendió a bordearlos. Lo que para el emigrado era una herida abierta e insoportable, para el que permaneció se transformó en la norma de una vida que rehúsa a detenerse. El retornado tropieza así con una estructura social que ha desarrollado una resistencia cínica, donde la precariedad y el consumo coexisten en un equilibrio inestable. Quien regresa intentando aplicar los esquemas analíticos aprendidos en la academia o en el debate cívico extranjero se encuentra con una realidad que desafía las categorías tradicionales de la sociología política: la vida no se ha normalizado, pero la anomia se ha vuelto cotidiana.

Ahí germina la verdadera intemperie del que regresa. Al cruzar la frontera de vuelta, se produce un sordo y doloroso desclasamiento simbólico. Quien vuelve con la experiencia acumulada en el extranjero, con el hábito del rigor cívico, la formalidad institucional, la disciplina laboral de otros mercados o la fluidez del debate académico internacional, descubre que sus destrezas carecen de valor en una trama donde la transacción informal, la amnesia selectiva y la inmediatez lo rigen todo. Las herramientas intelectuales y operativas construidas con esfuerzo durante los años de itinerancia se revelan inútiles frente a una lógica local que prioriza la astucia de la supervivencia inmediata sobre cualquier proyecto a largo plazo.

Se establece de este modo una incomunicación silenciosa entre dos capas de la misma generación. El que se quedó mira al recién llegado con un recelo imperceptible pero constante —«tú no estuviste aquí para entender el peso de estos años»—. El que regresa, por su parte, observa la cotidianeidad con el asombro atónito del que no reconoce la casa paterna ni las intenciones de quienes la habitan. Hay un juicio implícito en ambas direcciones: la sospecha del abandono frente a la sospecha de la acomodación.

Se habita entonces un «no lugar», una zona neutra de la existencia donde la pertenencia se vuelve imposible. Ya no se pertenece del todo a las avenidas extranjeras donde se aprendió a migrar, a los cafés donde se discutía la distancia o a las instituciones que otorgaron cobijo temporal; pero se ha pasado a ser un forastero irredimible en la misma esquina donde se aprendió a nombrar el mundo. El espacio urbano, que en la memoria funcionaba como un archivo afectivo de certidumbres, se presenta ahora como un plano indescifrable donde los nombres de las calles son los mismos, pero los significados se han evacuado por completo.

Volver no es recuperar el tiempo traspasado ni restituir la geografía de la infancia. La geografía, después de todo, es un dato terco que permanece intacto bajo la misma luz del trópico; pero la patria —entendida como ese territorio hecho de certidumbres compartidas, complicidades de la mirada, memoria institucional y palabras comunes— se ha extraviado para siempre. El retornado comprende tarde que la nostalgia es un artefacto engañoso que no reconstruye casas, sino ilusiones. La ilusión de que la partida era apenas un paréntesis y de que al cerrar el libro del viaje la página del origen continuaría intacta.

La investigación sobre la memoria colectiva nos enseña que las naciones no son solo límites cartográficos, sino pactos invisibles de lenguaje y sentido. Cuando ese pacto se rompe por la diáspora masiva y la mutación drástica del espacio vital, la noción misma de «regreso» pierde su fundamento histórico. El migrante que vuelve no se reincorpora al flujo de la historia nacional. Inicia, en realidad, un proceso de aculturación dentro de su propia tierra, viéndose obligado a aprender los códigos de un país que se sobrepuso a su ausencia sin pedirle permiso ni guardar su sitio en la mesa.

Al final de la jornada, los que regresan comprenden la amarga verdad que los persigue desde el primer día de la partida: que el verdadero exilio no consiste en estar lejos de la tierra donde se nace, ni en soportar las inclemencias del desamparo extranjero, sino en descubrir, con el corazón encogido y las manos vacías, que los caminos de la infancia han sido borrados por la hierba del olvido y que se ha vuelto radicalmente imposible regresar a los días en que fuimos felices.

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