¿Hasta cuándo?

Carlos José Faillace Carreño plantea un contraste frontal entre los tiempos de la geopolítica en Washington —guiados por intereses petroleros y electorales— y el colapso diario que padecen los venezolanos

Las agujas del reloj en el despacho oval y en el Departamento de Estado se mueven con la lógica intencionada de quienes calibran intereses globales específicos (o imperiales, según se vea). En el actual caso de nuestro país, el movimiento de esas agujas se mide principalmente en pingües flujos petroleros y balances electorales (léase electoreros) internos.

En las calles de Venezuela, en cambio, el tiempo no se mide en tutelas cuasi coloniales, ni en grises discursos diplomáticos. Se mide y se siente en la urgencia diaria de un país en el marasmo total. Se mide y se padece en pobreza generalizada, angustia constante, inflación implacable y devaluación galopante de la moneda a diario, entre otras muchas desgracias.

Y sobre todo, se mide y se siente en una desesperanza creciente que —según mi opinión—, abate a la gran mayoría. Que, poco a poco, agota la heroica resiliencia; en la ya demasiado larga espera por una acción objetiva eficaz de los líderes. Una acción específica que vaya mucho más allá de las declaraciones cuidadosas, sensatas y hasta inteligentes. Así como de las prudencias “estratégicas” que obligan a contorsiones ético-politicas “necesarias” pero, sumamente dolorosas y descorazonantes.

El hambre y el desamparo generalizado no se deben manejar únicamente con palabras bienintencionadas. Se deben encarar con acciones pragmáticas tangibles sobre el terreno propio. Nadie desconoce los riesgos que ello implica. Desafiar a una administración estadounidense no es fácil en las condiciones históricas actuales.

Tampoco lo es cuestionar su supuesta caución política y distanciarse de las acciones tutelares reales de figuras como Donald Trump, Marco Rubio y su maga-gobierno. Tal actitud puede representar un salto al vacío para cualquier liderazgo opositor. Muy particularmente para el de María Corina Machado, la cabeza indiscutible e indispensable de la oposición venezolana.

No obstante, me pregunto, con el respeto debido, lo siguiente:

¿Hasta cuándo tendremos que esperar, dentro de este país-tragedia, a que nuestra líder indiscutida se haga presente en su (nuestra) tierra?

Esta pregunta básica es la que nos hacemos, me parece, a la par de grandes sectores de la población venezolana doliente.

Tal interrogante se corresponde con la sensata convicción de que la comparecencia de MCM en Venezuela no puede dilatarse más. El tiempo de los procesos históricos suele ser lento y abstracto, pero la vida limitada y las aspiraciones de los seres humanos son trágicamente finitas.

Sé bien que cruzar de nuevo la frontera entraña un peligro real de persecución y encarcelamiento por parte del poder despótico en Miraflores (y hasta de acciones más extremas).Nadie debería exigir tan grande martirio a la ligera, y mucho menos a alguien que lo ha arriesgado todo por su país.

Sin embargo, también me pregunto: ¿hasta qué punto el cuidado profuso que ha caracterizado las últimas actuaciones de nuestra líder, de cara a ese impositivo tutelaje externo, ha terminado por limitar en demasía la iniciativa propia?

Creo firmemente en que la comparecencia expedita de MCM en Venezuela es el camino más eficiente para su democratización perentoria. De tal creencia nacen las preguntas formuladas en este escrito.

La Historia enseña que la geopolítica internacional rara vez regala democratizaciones. Esta fría actriz suele acomodarse, con una regularidad pasmosa, a los hechos consumados y no a las esperanzas de las mayorías.

Mientras en Washington el supuesto interés por acelerar una transición democrática se diluye, adrede, en medio de la oscuridad y el engaño de transacciones dolosas, en Venezuela el capital político acumulado por las mayorías populares corre el riesgo de enfriarse.

Pienso que ha llegado el momento de desafiar tanto la inercia obscena de la Casa Blanca, como el cerrojo autoritario, nefasto e incapaz de Miraflores.

Si la soberanía y la legitimidad de una nación residen en el mayoritario respaldo popular interno, el próximo paso decisivo exige la presencia física urgente. Enfrentar ambos desafíos (el tutelaje forzado extranjero y la autocracia ilegítima local) puede ser el único camino para articular un movimiento masivo sobre el terreno que exija, sin intermediarios ni concesiones a tiempo inasible, una elección presidencial libre, supervisada e impostergable.

La libertad de Venezuela no se firmará en un escritorio de la capital estadounidense. ¿la líder se atreverá a romper el guion precavido?, que hasta ahora ha reinado en sus acciones y declaraciones. ¿Optará más bien por regresar con prontitud?, para así acelerar la historia en el lugar donde verdaderamente se decide, su nativa “tierra de gracia prometida”.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.