En la aldea
18 junio 2024

El último tranco de Ocean Bay

La historia del campeón que mataron para comérselo.

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Milagros Socorro | 11 junio 2020

A la una de la madrugada los pasos deben haber atronado. Ocean Bay estaba en su cuadra. Debe haber movido las orejas, primero en actitud vigilante y luego por inquietud cercana al temor. Ocean Bay no había conocido el miedo, porque siempre había sido muy querido y cuidado. Y, por eso mismo, sus hábitos habían sido respetados. Esto de que vinieran a sacarlo a medianoche era extraño. Algo debía estar pasando.

Algo muy grave, pensó Ramón García Mosquera al día siguiente, cuando recibió una llamada del dueño del Haras Alegría para decirle: “Se llevaron a Ocean Bay de la caballeriza”. En realidad, se habían llevado dos ejemplares, la yegua Aquila y el doble coronado, un señor de la distancia.

La llamada se produjo el lunes 8 de junio en la mañana. Ocean Bay había trotado hacia el horror la noche antes. Ramón García Mosquera temió lo peor. En los últimos meses habían desaparecido varios caballos, cuyos restos eran descubiertos luego con señales de haber sido tasajeados. En esta ocasión, no había motivo para estar menos preocupado. A una pregunta suya, el dueño del Haras le confirmó que nadie lo había llamado para darle noticias del caballo ni le habían pedido rescate… Ocean Bay en manos de malechores, humillado y torturado, aquella flecha de músculos, aquel celaje con cascos que había arrancado vítores en las gradas emocionadas. Eso era inconcebible.

Profesión: Entrenador de caballos

En el acto de graduación, los nuevos bachilleres recibían sus diplomas y un profesor al micrófono iba recitando las carreras que estudiarían. Medicina, Odontología, Ingeniería,… Entrenamiento Hípico, dijo cuando le tocó subir al estrado a Ramón García Mosquera, quien avanzó entre las risas del público. Risas equivocadas, porque eso sería lo que estudiaría el muchachito, con tal éxito que, según dicen los entendidos, los mejores caballos de la hípica venezolana han pasado por su caballeriza.

García Mosquera nació en Caracas, el 8 de septiembre de 1976, en el hogar de una pareja de inmigrantes gallegos. De Santiago de Compostela, ella; él, de Orense. “Mi papá era carpintero, pero tenía caballos. En aquella época, en Venezuela se podía tener caballos con el producto del trabajo de un carpintero. Mi papá era amigo del famoso Juan Arias, entrenador de Cañonero, el único caballo venezolano que ha ganado el Derby de Kentucky, en 1971. Por influencia de este, mi viejo compró unos caballitos, que tenía en el Hipódromo La Rinconada; y luego, Juan Arias fue mi profesor como preparador”.

La primera vez que Ramón García Mosquera vio a Ocean Bay fue cuando lo sacaron a subasta. El caballo nació en 2013, en el Haras Alegría. Al salir a la venta, dijeron que el potro era hijo del padrillo Imaginaris Sailor y que su madre era Stellar Babe. “A los dos meses”, cuenta Ramón, “fui a hacer la entrada del caballo en el registro genealógico y me encuentro con que no me lo dejan ingresar. Me dicen que hay un problema. Había un error en la paternidad. Ocean Bay, en realidad, era hijo del padrillo Golden Spikes. En el momento en que fueron a servir, Imaginaris Sailor tuvo un problema y le montaron a Golden Spikes a la madre. En la subasta hubo dos compradores que desistieron de comprarlo por ser hijo de Imaginaris, que no era un semental que hubiera dado una descendencia buena. Al revelarse la confusión, el dueño del Haras ofreció devolvernos el dinero. Dije: ‘No. Déjenme mi caballo’”.

-Era espectacular desde potro -sigue García Mosquera-. Muy llamativo, muy grande. Algo raro: Su madre dio cinco hijos, los otros cinco fueron de pelaje tordillo, Ocean Bay fue el único alazán, y el único bueno.

Después de estar tres meses con el amansador, se lo entregaron a García Mosquera.

“Estaba gordo. Tenía una barriga increíble, porque comía demasiado. Por lo general yo debuto a los animales a los dos años, en septiembre u octubre, a este lo debuté en noviembre. Y todavía estaba gordo. Todo el mundo decía: ‘Mira esa barriga’. Era una carrera para ajustarle la condición (cuando estamos gordos vamos al gimnasio, bueno, eso es lo que yo estaba buscando con esa carrera, porque con los trabajos matutinos solamente no le lográbamos la condición)”.

Cuando era, pues, un potrillo, Ocean Bay fue encomendado a García Mosquera, quien le diseñó una rutina en la que el futuro as debía caminar, trotar, galopar y correr. Cada día, un programa diferente. El caballerizo lo sacaba, lo arreglaba, lo sacaba a caminar al picadero por una media hora, luego lo subían a la pista a hacer el trabajo que correspondiera, según el día. Luego de trabajar, regresaban a la caballeriza, lo bañaban con champú, lo ingresaban a su puesto, le ponían su comida y ahí se quedaba hasta el otro día. Si mostraba algún quebranto, de inmediato lo veía un veterinario, que podía recomendarle fisioterapia (masajes) o acupuntura. No hubo mimo que no se le dispensara.

Ocean -dice Ramón García- se ponía de espaldas a la puerta mirando hacia la pared del fondo. Los caballos son como la gente, cada uno tiene personalidad y gustos diferentes. Este era muy, muy tranquilo, muy dócil. Nunca dio problemas por mal carácter o de flojera para trabajar. Tenía madera de triunfador, eso lo vi desde el primer día. No me sorprendió cuando empezó a ganar carreras. Hice el plan de trabajo. Debutó. Y llegó de segundo, en 1.200 metros. Al mes, fue a una carrera de 1.400 metros y ganó por casi 7 cuerpos.

En 2016, ganó las dos primeras carreras de la Triple Corona de ese año. El campeonato Triple Corona, seguidilla de tres carreras donde compiten caballos de tres años, abarca el Clásico José Antonio Páez, el Clásico Cría Nacional y el Clásico República Bolivariana de Venezuela. “Al primer clásico llegó perfecto, pero solo le teníamos fe nosotros, el dueño, el caballerizo, el jinete y yo. Corrían 14 caballos y él era el que más pagaba de todos: El favorito pagaba 22 bolívares a ganador, y él pagó 223 bolívares.

Yo no juego, por eso no le aposté. Pero yo le había dicho al dueño: Este es el ganador del José Antonio Páez. Y así fue”.

-El lunes, en su revisión de rutina, -sigue Ramón- llegó con una microfractura en la mano derecha. No lo podíamos parar. A las tres semanas teníamos la segunda de la Triple Corona, 2.000 metros. Logramos estabilizarlo. Trabajamos con frío, calor, infiltraciones. Era arriesgado, tenía que correr el segundo. Y lo ganó. Pero llegó con una lesión considerable. Fue una de las decisiones más difíciles que me ha tocado tomar: La de no correrlo más. Si iba a la tercera, seguro ganaba, porque iba a correr con los mismos, pero yo no lo iba a arruinar. Lo operaron y estuvo ocho meses sin correr. Regresó a las pistas en 2017. Y volvió a ganar: Tres veces, una copa y dos clásicos. En 2018 ganó sus dos últimos clásicos. Después tuvo un bajón. Corrió contra caballos superiores a él y llegó de segundo. En octubre de 2019 ganó una carrera normal (ni clásico ni copa). No corrió más. Yo no quería que se fuera a lesionar. Recomendé que se lo llevaran para cría. Se lo llevaron al Haras Alegríacomo padrillo. Hace 15 días pedí un video, quería verlo. Me lo enviaron. Había tenido un cólico, estuvo a punto de morir, pero sobrevivió, como siempre, un guerrero. Estaba en el proceso de recuperarse. Me dijeron que había servido 12 yeguas. Y el lunes me llamaron para decirme que lo habían secuestrado.

Por hambre y de hambre

El mismo lunes 8 de junio se supo que habían encontrado a Ocean Bay descuartizado. Lo habían matado para comérselo. Fue, por cierto, la misma suerte de Stellar Babe, su madre, quien hace unos meses terminó también en las fauces hambrientas de sus captores. Porque un hecho muy llamativo es que los ejemplares sustraídos siempre son destacados. Lo que roban es un linaje distinguido. Esto es lo que lleva a muchos a sospechar que hay algo más, además del hambre, que es un flagelo innegable en el país. Pero, entre 40 yeguas, por qué Stellar Babe y, entre tanto rocín, por qué uno con la testa muchas veces coronada. 

-Es muy delicado el tema -dice el tuitero Alejandro Briceño, a quien consultamos por haber aludido a la curiosa selección en la que incurren los criminales-. Ya eso ha pasado en múltiples oportunidades […] Estoy sospechando que tiene otro fondo, que no es el hambre. Puede ser cobro de vacuna, venganza, complicidad”.

El martes otra noticia vino a abrumar aún más el ánimo de Ramón García. Unas horas después de concedida la entrevista para esta nota, escribió en su cuenta de Twitter @RamonRamong26: “Triste semana para mí, en materia profesional. Mis dos grandes guerreros (los que trabajamos con ellos saben por qué lo digo) rabia, impotencia, dolor es lo único que puedo decir. Dios los tenga en la gloria por haberme hecho crecer como profesional”.

Se refería a la muerte de Río Negro, otro caballo que había preparado y al que tenía entre sus grandes afectos. No mencionó la causa, pero en la red social hirvió la indignación, varios tuiteros afirmaron que Río Negro había muerto no por el hambre ajena, como Ocean Bay, sino de hambre. El tuitero José Eduardo Chacón @joseechacon consignó: “Ayer dije que Río Negro iba a morir en la próximas horas y así ocurrió.

En pueblo chiquito (Belén, estado Carabobo) se sabe todo. Agrego que el Haras [Vista Hermosa, donde se encontraba Río Negro] además de estar abandonado tiene contaditos trabajadores, el portero y muy pocos peones”.

Por su parte, el titular de Pura Hípica @hipicapura glosó la tragedia con la concisión propia de Twitter: “En la hípica, todos admiran e idolatran los ejemplares campeones [que] por lo general mueren de viejos. Aquí, en nuestra hípica, ahora mueren por hambre y de hambre”. Este tuitero agregó que la inopia alcanza también a los caballerizos. “Qué ha hecho la fundación”, escribió, “porque los caballerizos están muriendo de hambre. Ni una bolsa de comida les dan regularmente. Uno pasa por las caballerizas y desde que uno pisa el portón empieza la lloradera y la pedidera. No tienen agua potable, ni uniformes, ni medidas de prevención, ni botas”.

José Eduardo Chacón @joseechacon había divulgado lo que llamó “hilo-denuncia”: “A propósito del lamentable delito cometido contra Ocean Bay, recibí la denuncia de una habitante del pueblo de Belén, estado Carabobo, sobre las malas condiciones en que se encuentran los ejemplares alojados en el @H_VistaHermosa y que días atrás había sido desmentida. […] Las yeguas madres y los potros al pie se encuentran abandonados a su suerte en los potreros, mientras que los padrillos están en sus puestos desde hace dos meses, sin recibir su ración de alimento, porque presuntamente nadie se ocupa de ellos. Los padrillosTreasure Cay, King Lenox murieron en sus puestos hace pocas horas y el padrillo Río Negro está en muy malas condiciones de salud y seguramente morirá. […] Se trata de la vida de decenas de ejemplares que cada fin de semana directa o indirectamente entretuvieron o entretendrán nuestras vidas como buenos amantes del hipismo que somos”.

Abrumado por los violentos acontecimientos, Ramón García Mosquera intentó una explicación para el fin de Río Negro: “Lamentablemente, todo se juntó. Cuarentena, escasez de gasolina, paso cerrado a los estados; y se confió en las informaciones dadas por el Haras. Sé del amor de José Carlos Gómez por sus animales y que nunca les niega nada de lo que ellos necesiten y menos a Río Negro…”. Como se ve, no niega que este otro príncipe del turf nacional haya sucumbido por hambre, solo niega que la culpa sea de los propietarios del acaballadero.

“No quiero verlo”

Hallados los restos, alguien hizo un video que enviaron a Ramón García Mosquera. “No quiero verlo”, dijo en la entrevista. “Ocean Bay era sereno y confiado. Yo siempre lo tuve en el segundo puesto, en la entrada de mi caballeriza, y todo el que pasaba lo acariciaba”.

-No quiero imaginarme cómo fue eso -dijo García Mosquera-. Estoy muy afectado. Alguien que daba su corazón en cada carrera, que se recuperaba de toda adversidad, que salía adelante y daba todo cuando se le exigía. Seguro que no lo agarraron de buena manera, que le pusieron un mecate en el cuello y lo halaron, apurándolo para que saliera rápido. Seguro que no tuvieron la piedad de darle un tiro. Seguro que lo degollaron o le dieron un palazo por la cabeza… No merecía eso. Era un ser indefenso. Un campeón.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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