En la aldea
19 julio 2024

“Vieja imbécil”

Un tuit generó insultos que se extendieron por tres días de ciberacoso. Pero ante las descalificaciones ocultas en el anonimato, lo que queda a la vista de todos es que nadie se hizo eco del planteamiento hecho en aquel mensaje que, motivado por el fallecimiento de Aristóbulo Istúriz, nadie pudo o quiso argumentar, que si cada vez que un jerarca del régimen cae en las garras de los tuiteros y su rechazo en unánime; entonces, por qué no pensar que esa avalancha de críticas podría ser indicio de una mayoría indetenible, determinada y harta, a la que le bastaría un liderazgo comprometido para guiarla a la transición democrática tan anhelada.

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Milagros Socorro | 11 mayo 2021

El 29 de abril escribí un tuit en clave de interrogación: “El casi unánime obituario de rechazo y condena al jerarca de la dictadura fallecido, ¿no conduce a concluir que, en un posible evento electoral, la opción de cambio triunfaría, llevándose por delante cualquier obstáculo, grande o pequeño?”.

Me refería al deceso del dirigente gremial adeco Aristóbulo Istúriz, que tras apoyar el golpe de Estado de Chávez, en abril de 1992, quedó apuntado a la causa del felón, voltereta de la que obtuvo grandes beneficios, entre los que se cuenta el ejercicio de altos cargos, como el de ministro de Educación, que  detentaba al morir.

La depauperación del magisterio, la destrucción del salario de los maestros y, en general, los destrozos que desde ese despacho se infligió a la labor del educador, así como a la infraestructura, permiten afirmar que Aristóbulo Istúriz ha sido el peor ministro de Educación que ha tenido Venezuela en toda su historia. Nadie ha sido tan nefasto en ese despacho como el antiguo sindicalista, cuya gestión provocó la huida del país de un alto porcentaje de trabajadores, forzados, por “las tablas del hambre” a emigrar lanzándose a pie por las fronteras. Su catastrófica acción y su constante burla a los reclamos de los maestros, así como su presunta propiedad de una costosa nave de recreación, fueron recordadas en los furiosos obituarios aireados en Twitter, la misma red donde yo consigné mi planteamiento. No faltaron intentos de insulto de tinte racista que solo descalificaban a quienes los proferían. Nada de este basural fue tomado en cuenta para la sugerencia que propuse ese 29 de abril; me basaba solo en los balances biográficos que suelen hacerse cuando fallece una persona conocida y que en este caso provinieron de tuiteros que resumían el perfil del fallecido Istúriz con franca desaprobación, que se extendía al régimen del que era funcionario y cuyos dictámenes de devastación, corrupción y represión había acogido el fallecido con notable entusiasmo. Los finales reorganizan las historias y la de Aristóbulo Istúriz cerró con broche de esbirro. En esto, me dio la impresión, había consenso.

Consenso de Twitter, claro. Parecía que en la pajarera los únicos trinos que no le echaban en cara al muerto su maligno aporte al régimen eran los cabecillas de este. Por qué no pensar, pues, que tal unanimidad podría ser indicio de una mayoría oceánica, indetenible, determinada y harta, a la que le bastaría un liderazgo comprometido para guiarla al logro de sus aspiraciones de cambio.

“Creo en documentar la demolición de Venezuela, ladrillo por ladrillo, palmo a palmo, lágrima a lágrima”

Mi humilde tuit (como ya había previsto) fue respondido por los trols que, espabilados por la mera insinuación de que una sociedad organizada, disciplinada, resteada y decidida a poner a la hegemonía de sus verdugos, encontrará obstáculos, eso seguro, pero ninguno más fuerte que su compactación y su multitudinaria obstinación de recuperar su democracia, su convivencia y un destino de paz.

Fueron tres días de ciberacoso. Pero no se confundan, no vine aquí a denunciar a la jauría iletrada. La conozco bien, es indefensa. Más aún, les tengo lástima, porque sé que les pagan muy mal y, por lo general, no tienen preparación para aspirar a un trabajito menos patético. El punto es que las decenas de mensajes eran idénticos en su horror al voto, noción que los hace echar espuma por la boca. Su propósito, muy claro, es demonizar la idea del voto; sembrar la convicción de que no hay nada que hacer; que lo mejor es paralizarse y permanecer encerrados -así ponían varios: hay que quedarse en casa-; persuadir a la mayor cantidad de gente de que el régimen es imbatible; que Maduro miente siempre, menos cuando afirma que hagamos lo que hagamos nos va a revolcar; que si votamos por demócratas, las máquinas dirán que votamos por Arias Cárdenas y cualquier otro vampiro; que si por un milagro permiten que alguien gane, entonces le van a poner un protector; que no hay que votar, que lo hay es que esperar; que, como decía Héctor Lavoe, va a venir un demonio atómico y los va a limpiar…

Muchas de las réplicas argumentan que soy favorable al voto porque soy una “vieja imbécil”, tesis que defienden con mucho encono y sin necesidad. Tengo cuatro décadas en la prensa venezolana y en las aulas de varios países. He publicado libros de ficción y de no ficción, incluso relatos para niños. De manera que mí prolongada existencia y mi proverbial idiotez es materia conocida por varias generaciones de lectores. En varias lenguas, que es lo peor.

“Creo en la política y en los consensos”

No tengo ningún inconveniente en admitir que soy una anciana bobísima, con el agravante de que no hago el menor esfuerzo por dármelas de carajita. Y, precisamente por estar a pocos meses de empezar a mascar el agua, no tengo que complacer a nadie. Ya no voy a ser candidata a nada y cada día me importa menos el parecer ajeno (con excepción de los cuatro gatos cuya opinión escucho y aquilato). Por vieja y por diabla sé que esos tuits escritos desde el anonimato y con la misma tijera son encargo del régimen, único interesado en que sus adversarios estén encogidos y aterrados, convencidos de que aunque son una mayoría colosal, innegable, perderían unas elecciones ante un régimen que tiene una o más víctimas en cada casa.

Pues sí, estoy demasiado vieja para estar en el clóset, ocultando mi verdadera naturaleza, que resumo en el siguiente sistema de valores:

-No creo en quedarse mano sobre mano. Crecí en un pueblo pequeño, donde las niñas y mujeres éramos observadas con mirada aviesa; y mis padres me animaron a desarrollar la autonomía de criterio y a no detenerme (aparte de que nací en la democracia de Venezuela y sus rituales democráticos están en mi información genética).

-No creo en el exterminio del contrario, ni siquiera cuando ha incurrido en crímenes y violaciones de derechos humanos. Porque creo en la justicia, no en la venganza. Como creo en la contraloría y en los mecanismos de recuperación lo robado, no en el arrebatón ni en el saqueo. Y creo que los criminales son unos pocos: el pueblo chavista, como el demócrata, es tan víctima de los sátrapas como quienes los hemos denunciado y queremos sacarlos del poder.

-No creo en arredarse frente al contrario, por mucho que nos muestre los colmillos y se pavonee de una fortaleza que ha dado muestras de estar lejos de tener.

-Creo en remangarse, en prepararse, en estudiar, en reflexionar, en buscar aliados y con ellos trazar un plan para enfrentar al contrario y vencerlo en todos los tableros institucionales.

-Creo que si me la ponen difícil, redoblo el esfuerzo, reviso mis acciones y omisiones para detectar qué puedo mejorar, cómo puedo hacerme tan fuerte como el desafío que tengo delante.

“Creo en la justicia, no en la venganza”

-Soy el tipo de vieja que, lejos de perder el pelo en su trajinar por los siglos, tiene un greñero que mi pobre madre escarmenaba en mi infancia con gran  esfuerzo mientras me susurraba al oído: «Tienes que estudiar. Tienes que prepararte para valerte por ti mi misma. No se te ocurra depender de un hombre. Ni de nadie». De manera que mal podría poner mis esperanzas en tropas extranjeras que vengan a sacarnos las patas del barro. Al contrario, la posibilidad se me antoja humillante. No necesito al “policía del mundo” debajo de mi farol. Yo no, ni de vaina. Creo en nosotros, los venezolanos, en nuestra inteligencia estratégica y nuestra madurez para ceder en los egos y particiones en aras del bien del país.

-No creo en eliminar a nadie. Ni física ni simbólicamente. No creo en borrar gente de las fotos, episodios de los libros de historia ni poetas de las antologías. Creo en documentar la demolición de Venezuela, ladrillo por ladrillo, palmo a palmo, lágrima a lágrima; y exponer el inventario de horrores al país, con pruebas, con nombres y apellidos, con cruces en los cementerios y sellos en las fronteras, para que el país se haga cargo de lo que hizo, de lo que permitió, pero sobre todo de lo que sobrevivió.

-No creo en que, si uno le dice al problema “Vete ya”, se va a ir. Estoy hecha a la brega. Nada se me da fácil, excepto leer novelas y bailar con la Dimensión Latina. Tampoco creo que los grandes problemas tengan soluciones fáciles o que un día se amanece y resulta que el monstruo ya no está, como la noche de aguacero da paso a la mañana radiante. Creo en echarle mucho pichón. Mis estudiantes lo han oído muchas veces: Yo voy a triunfar, claro que sí. Pero otro día. Hoy voy a trabajar.

-Creo, pues, en la esgrima política, en la prensa, en el aula, en el activismo democrático, en el debate desplegado en el espacio legislativo así como en las tribunas de los mítines, en las esquinas y en los cafés. Porque creo en la política y en los consensos.

-Creo en la conservación de la memoria histórica y a ello he dedicado parte de mi vida que, como reportan los troles, ya va siendo muy larga. Pero también creo en el olvido: no podemos recordar todo, también en esto hay que hacer una curaduría con criterio inteligente y amoroso.

-No creo en cultivar rencores, vivir en una arrechera eterna, ni guardarse para el día de la revancha. Otra vez, creo en batirse en las páginas de los periódicos, en las campañas electorales y en las curules de los parlamentos.

En fin, soy demasiado vieja para decir algo distinto a lo que pienso y me constituye; y lo suficientemente imbécil como para hablar de mí y de mis creencias en la esperanza de que a alguien le pueda interesar.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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