En la aldea
24 mayo 2024

El Béisbol en Venezuela: El Estadio Universitario de Caracas (y III Parte)

Carlos Feo entra al Estadio vestido de blanco, portando la llama que está a punto de terminar su recorrido de 1.760 kilómetros desde Colombia. Aquel 5 de diciembre de 1951, la ceremonia de inauguración de los III Juegos Bolivarianos hizo estallar de alegría a las gradas. Venezuela ganó la medalla de oro en béisbol de manera invicta, mientras que en la tabla general de los Juegos los de casa terminaron en la segunda plaza, detrás de Perú. Gracias a la feliz coincidencia de la tercera edición de los Juegos Bolivarianos, los venezolanos y en especial los caraqueños cuentan con dos estadios de tan importantes dimensiones. ¡Bienvenido el Estadio Universitario de Caracas a la historia de nuestra pelota!

Lee y comparte

Es el 5 de diciembre de 1951. Un cielo azulísimo sirve de techo a 30 mil almas que se aprietan caderas con caderas a lo largo de los escalones de concreto de las gradas del Estadio Olímpico de Los Chaguaramos. En las tribunas, sentados en cómodas sillas, los invitados especiales del día reposan bajo la sombra del imponente techo que, sin columnas, se sostiene en lo alto como por arte de magia. Cada uno de estos privilegiados de la alta sociedad caraqueña ha sido seleccionado de manera minuciosa por el aparato de seguridad de la Junta de Gobierno, apoyada en todo momento por la Seguridad Nacional, que meses antes había estrenado un nuevo director: Pedro de Alcántara Estrada Albornoz.

Ahí, en la primera fila de la tribuna, Germán Suárez Flamerich se prepara para presidir la ceremonia de inauguración de los III Juegos Bolivarianos. Luego del asesinato de Carlos Delgado Chalbaud, quien año y medio antes había puesto el primer pilote en lo que ahora era el Estadio Olímpico, los otros miembros de la Junta Militar, Marcos Pérez Jiménez y Luis Llovera Páez, buscaron a Suárez Flamerich -un civil- para “ponerlo al frente” y así darle un baño de simpatía popular al mandato de lo que pasó a llamarse Junta de Gobierno. El civil estaba al frente, es verdad, pero quien movía la cuna era el recién ascendido al grado de coronel, Pérez Jiménez.

El 25 de noviembre, semana y media antes de la ceremonia, la Junta Militar había inaugurado el complejo deportivo de la Ciudad Universitaria. Sin embargo, los arreglos finales del Olímpico no estuvieron listos sino hasta dos días antes de la fecha inaugural. Algunos días después lo estaría el Universitario de béisbol. Todo esto sucedía, por cierto, a pocos días del allanamiento de la Universidad Central de Venezuela en su antigua sede, lo que es hoy el Palacio de las Academias.

La ceremonia de inauguración de los III Juegos Bolivarianos empieza y las gradas estallan de alegría. Al frente del desfile marcha Luisa Guánchez, elegida dos días antes como Reina del evento en un acto celebrado en el Teatro Municipal. La joven camina bellísima, y quienes la observan desde las gradas quedan admirados por el contraste de su silueta con la estampa de una figura de piedra de Cumarebo que a lo lejos se dibuja imponente. Se trata de El Atleta, escultura de escala monumental del artista margariteño Francisco Narváez, definida por expertos como una referencia a la majestuosidad de las figuras faraónicas de los egipcios. La obra fue encargada por Carlos Raúl Villanueva para custodiar la fachada sur y entrada principal al área de acceso a las tribunas del Olímpico.

La ceremonia transcurre de acuerdo con lo programado. Las delegaciones de Bolivia, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela desfilan con trajes y estandartes de suprema elegancia. Luego, los discursos. Suárez Flamerich, desde su lugar de honor en la tribuna, declara abiertos los juegos. De inmediato Leopoldo Márquez, en representación de los atletas, realiza el juramento con el que se comprometen a competir de acuerdo con las normas de sus respectivos deportes. Entonces, Carlos Feo entra al Estadio vestido de blanco, portando la llama que está a punto de terminar su recorrido de 1.760 kilómetros desde Colombia, en el que ha cambiado 1.760 veces de mano para que 1.760 atletas la llevaran durante un kilómetro cada uno. En lo alto de las gradas, justo en frente de la tribuna, espera el pebetero que sostiene María Lionza; ¿o quizás no?

“Con los equipos calentando allá abajo mientras los encargados pintan las rayas de cal que parecen flotar sobre la tierra arcillosa, produce una sensación cargada de una magia inigualable”

Aunque no se puede afirmar quién dio la orden, se cree que fue el mismo Pérez Jiménez quien pidió al escultor caraqueño Alejandro Colina hacer esta obra para que sirviera de pebetero para los Juegos Bolivarianos de Caracas. La escultura de granito, arena y óxido compactado con agua, nació a tan solo dos kilómetros del Estadio Olímpico, en los talleres del artista en Hornos de Cal, en San Agustín del Sur. Varios moldes unidos y reforzados con armazón de acero dieron forma a la estatua hasta que estuvo lista para ser liberada. Se supone que la obra fue ubicada en el borde del Estadio para que la vasija, elevada por los brazos de la Diosa, alcanzase la altura máxima de las gradas desde donde la llama pudiese ser encendida. No sé si la estatua se terminó usando para tal fin, o si en algún momento los planes cambiaron. Lo cierto es que el día de la ceremonia la mujer sobre la danta estuvo lista y disponible en el lugar acordado, exhibiendo esa estampa que derrocha poder. Cuando los Juegos culminaron, la estatua permaneció ahí por varios años, entre el Olímpico y el Universitario de béisbol, al borde del río y al lado de lo que en aquel entonces todavía era la Avenida Roosevelt.

Villanueva nunca consideró la obra como parte de la colección Síntesis de las Artes Mayores, que reúne las piezas artísticas de la Ciudad Universitaria de Caracas. Trece años después, en 1964, Colina reemplazó la vasija por el hueso sacro de la pelvis de una mujer y la obra fue reubicada a pocos metros, entre las vías de la Autopista Francisco Fajardo que, aunque muy cerca, estaba ya fuera de los predios de la Ciudad Universitaria. Desde ahí, la creación de Colina ha cumplido un rol fundamental en la urbanización del mito marialioncero, proceso que logró apuntalarlo más allá de las montañas de Yaracuy.

Una vez encendido el pebetero se iniciaron los Juegos. Horas después, el público pudo ver las acciones del primer partido de fútbol en el gramado del Olímpico. En ese juego inaugural Colombia derrotó a Perú uno por cero. Venezuela, que aún no era la Vinotinto, disputó dos semanas después el duelo ante Colombia por la medalla de oro. Los de casa cayeron vencidos dos goles por uno y se tuvieron que conformar con la plata.

El Estadio Universitario de béisbol, por su parte, inauguró acciones el 12 de diciembre con el juego entre Venezuela y Colombia. Aquí la situación fue distinta a la vivida en el gramado vecino: entre las rayas de cal los anfitriones eran los fuertes. Los errores cometidos cuatro años antes en Lima, cuando Colombia desplazó a Venezuela y lo relegó a la medalla de plata del béisbol bolivariano, fueron corregidos. En casa no sucedería lo mismo.

Blas Rodríguez

El pícher abridor por los criollos fue Blas Rodríguez, quien para el momento atravesaba un estupendo momento en las arenas aficionadas y prometía un futuro brillante en el ámbito profesional. Blas venía de vencer a Cuba 4 por 3 en los primeros Juegos Panamericanos celebrados en Argentina entre febrero y marzo de ese mismo año. En aquella oportunidad, Blas frenó en siete hits a los antillanos durante catorce entradas. Un mes antes, Rodríguez había desempeñado una labor clave como parte de la selección venezolana que obtuvo el subcampeonato en la XII Serie Mundial de Béisbol Amateur celebrada en México. No había dudas de que Blas era la mejor carta del equipo local para abrir el juego contra Colombia, que representaba quizás el único reto de peso para la conquista de la presea dorada.

En los actos inaugurales del torneo del béisbol bolivariano, que marcaban también el inicio de una larga historia de nuestra pelota que aún hoy se escribe en esas instalaciones, acudió la Junta de Gobierno en pleno. La importancia del deporte de las cuatro esquinas en el país era indiscutible. Ante un estadio repleto a reventar, los mandatarios caminaron hasta la lomita para que Suárez Flamerich hiciera el lanzamiento inicial. Quedaba así inaugurado el templo de Los Chaguaramos, y listo para la acción.

Hay un efecto que desde niño me produce este estadio que se repite idéntico año tras año. Es cierto que salir al propio terreno a jugar es algo abrumador. Tengo la suerte de vivir esa experiencia en el Universitario desde que tengo uso de razón, con el que era el equipo de hijos de profesores. Sin embargo, entrar como aficionado a ese recinto lleno de gente, de movimientos, de aromas y de colores, con los equipos calentando allá abajo mientras los encargados pintan las rayas de cal que parecen flotar sobre la tierra arcillosa, produce una sensación cargada de una magia inigualable. Si eso es hoy, imaginen por un momento lo que aquella experiencia debe haber significado hace 70 años. Estoy seguro de que quienes leen estas líneas y tuvieron el privilegio de haber vivido de niños aquellos momentos, pueden describirlo con emoción. Yo, que no estuve ahí, me voy a valer de las palabras de un amigo de tres horas que tuve durante un juego de los Panamericanos de 1983, mientras estaba sentado en las tribunas del Universitario:

Mi primo y yo éramos unos niños y mi amigo desconocido un señor que, en aquel momento, me parecía muy pero muy mayor. Mi amigo estuvo hablándonos de beisbol durante todo el encuentro. En algún momento, en las postrimerías del juego, sus palabras comenzaron a destilar la nostalgia de “aquellos tiempos”, y enseguida lamentó que el Universitario fuese aún el mejor Estadio del país. “Yo estuve aquí cuando este estadio fue inaugurado en 1951”, dijo el señor, y de inmediato pasé a sentir que me encontraba hablando con una especie de leyenda. Luego el hombre remató su melancolía con estas palabras: “En aquel momento recuerdo que sentía que estaba en el mejor estadio del mundo, una estructura de otro planeta, nada parecía que podía igualarlo”.

Ese amigo, que no me volví a encontrar, debe entonces haber visto cuando la selección criolla saltó al terreno aquella tarde de 1951, y Blas Rodríguez comenzó a hacer los lanzamientos previos de rigor. Lo que siguió después fue épico. Entrada tras entrada Rodríguez retiraba a todos los rivales que enfrentaba. Luego de algunos episodios, la posibilidad de un juego sin hits ni carreras empezó a danzar entre susurros en gradas y tribunas. Y así, con la pizarra 4 por 0, cayó el último out. El balance de la labor de Blas fue la siguiente: Ni una sola base por bolas, solo cuatro pelotas fueron bateadas más allá del infield, nueve contrarios fueron ponchados y tres se embazaron por errores de la defensa anfitriona. Blas Rodríguez había logrado una hazaña que bautizaba el coso de Los Chaguaramos. El público celebró mientras los compañeros del héroe del día lo alzaban en hombros. El galardón de Deportista Amateur del Año 1951 estaba en el bolsillo del lanzador.

Venezuela ganó la medalla de oro en béisbol de manera invicta, mientras que en la tabla general de los Juegos los de casa terminaron en la segunda plaza, detrás de Perú, que había conquistado también las dos ediciones anteriores. Sin embargo, aquella sería la última vez que los peruanos terminaran en el sitial de honor. A partir de la siguiente justa, Venezuela empezaría una seguidilla de 13 Juegos conquistados de manera consecutiva, hasta que en 2013 y 2017 Colombia le arrebatase el honor.

La ceremonia de clausura se celebró el 21 de diciembre. El país, y en particular Caracas, terminaban de vivir otra faena internacional, en este caso la más importante en cuanto a juegos multidisciplina albergados hasta el momento en nuestras tierras; pero que también regaló a nuestra sociedad dos estadios que de otra manera no hubiesen tenido esa dimensión, conseguida gracias a la feliz coincidencia de los III Juegos Bolivarianos. Bienvenido el Estadio Universitario de Caracas a la historia de nuestra pelota.

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Opinión