En agosto de 2009, Farruco Sesto publicó un libro sobre cómo se gobierna, Notas sobre el arte de gobernar en revolución, escritas con la ayuda de un diablillo al oído, y lo imprimió él mismo como edición de autor, dentro de una colección suya que se llamaba Cuadernos para la Comuna. No tuvo editorial y nadie lo reseñó. Seis años más tarde lo volvió a publicar en formato digital, con pie de imprenta en Caracas, abril de 2015, que es como puede leerse hoy.
Dos meses más tarde, el 13 de octubre, Chávez firmó el Decreto N.º 6.966, que creó la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales y lo puso a usted al frente. Se publicó en la Gaceta Oficial N.º 39.289 del 21 de octubre.
En el prólogo, página 5, Sesto establece que esas páginas «están especialmente dirigidas a los cuadros de gobierno y, dentro de ellos, a los de nivel medio, donde con más frecuencia se sienten las contradicciones de esta época de transición».
El capítulo once se llama «El rigor» y empieza en la página 27. Ahí enumeró en qué cosas hacía falta. Rigor en el manejo de los datos, en el conocimiento de la realidad, en la planificación, en la conformación de los equipos, en el establecimiento de los tiempos. Rigor en el seguimiento, en los controles y evaluaciones.
Y cerró el capítulo así: «A quien no ponga un mínimo de rigor en lo que haga, se le debilitará su obra material o virtual, se le desdibujarán sus líneas, y cualquier viento podrá echarla por tierra… Para quien gobierna en revolución, el rigor no es un lujo, sino una condición necesaria».
Dos páginas después, en el capítulo 12, escribió que una estructura puede colapsar por un detalle. Y que en algo mal hecho, aunque su apariencia esconda los defectos por un tiempo, debe esperarse que en algún momento su naturaleza imperfecta sea revelada.
Lo que quiero preguntarle
En el capítulo 23, «Sana administración», usted afirma que administrar los recursos del pueblo con honestidad absoluta es una condición obligada, y que no hacerlo así es imperdonable, que más que un error sería un delito.
¿Cómo se resolvía en su oficina la tensión entre cumplir el plazo y completar un trámite pendiente? En ese mismo párrafo usted llama delito a administrar mal y cobardía a detenerse por prevención. Le pregunto: ¿dónde estaba, para usted, la línea entre una cosa y la otra? ¿Qué debía hacer un funcionario suyo que considerara que lo correcto era detener una obra?
A continuación dice: «Pero hay que advertir que esto no quiere decir que hay que alentar una posición conservadora en el uso de los recursos. No necesariamente la prudencia implica exceso de prevención, porque lo peor que puede pasar es acobardarse y no cumplir la misión por paralización administrativa».
Le pregunto: ¿qué era, en su oficina, una «paralización administrativa»? ¿A partir de cuántos días de retraso se consideraba que lo era? ¿Qué distinguía la prudencia del «exceso de prevención» que usted desaconseja ahí? ¿Recuerda alguna obra de la Opppe detenida por falta de un requisito técnico?
La enfermedad burocrática
En el capítulo 19, «Un canalla tras un escritorio», usted describió cómo se mete la enfermedad burocrática dentro del poder: «Infiltrado con leyes inconvenientes, con normas surrealistas, con trámites engorrosos, con un desprecio por el tiempo y por las metas, con controles innecesarios, todo enmarcado en una lógica de actuación que nace del concubinato entre la desidia, la resistencia a los cambios y la corrupción».
Le pregunto: ¿qué verificó usted personalmente en las obras del litoral y qué constancia escrita quedó de esas verificaciones?
Y en el párrafo siguiente, sin transición, pidió gobernar «sin despegarse de la ley, como debe ser», y que quien gobierna se meta él mismo en los problemas «para garantizar y verificar personalmente» que las cosas se hacen.
Le pregunto: ¿quién verificaba en su oficina que cada edificio cumpliera la norma sismorresistente y ante quién respondía esa persona? Usted llamó innecesarios a algunos controles y al mismo tiempo pidió verificar personalmente. ¿Qué controles le parecían innecesarios en una obra de vivienda? ¿Con qué frecuencia estuvo usted en las obras del litoral?
Cuando habla el diablo
Hay algo más en el libro y es su hallazgo formal. Cada capítulo va en dos voces. Primero la doctrina, en letra redonda, firmada por usted. Después, en cursiva, un apartado donde habla un diablo que usted inventó. Las exigencias están en su voz. Las acusaciones, en la del diablo.
Es el diablillo, y no usted, quien dice que en las instituciones venezolanas reina «la piratería, en el sentido de improvisación constante, provisionalidad perpetua y ligereza conceptual». Y es el diablillo quien avisa de que la falta de rigor de los equipos de gobierno la sufre en primer lugar, directamente, el pueblo.
En el prólogo usted se cubre: «Reconozco que es un diablo un tanto exagerado. Estoy seguro que la cosa no es exactamente como él la describe».
Le pregunto: ¿por qué atribuyó a un personaje la parte crítica del libro en lugar de firmarla?
Tres años más tarde, en noviembre de 2012, cuando su oficina ya construía en el litoral de La Guaira, el periodista Rubén Wisotzki le preguntó por escrito si habían sido eficientes. Usted le contestó mandándole un borrador que estaba escribiendo, una clasificación de dieciocho maneras de fracasar. Aquel intercambio se publicó tres años después en La cultura como poder. Nuevas conversaciones en dos tiempos, el tercero de los tomos de conversaciones entre ustedes dos, edición digital fechada en Caracas, junio de 2015.
Una de las dieciocho categorías dice que cuando faltan los elementos, los datos o las condiciones para tomar una decisión, eso ocurre porque alguien paralizó el proceso.
Le pregunto: ¿se dio en su oficina algún caso en que faltaran datos o condiciones para decidir? ¿Cómo se procedió?
Tres años separan los dos documentos y el movimiento es el mismo. Usted enuncia la exigencia y escribe a continuación la cláusula que la anula. Y la cláusula siempre dice lo mismo: que detenerse es peor.
Nada de esto es una profecía y no se lo estoy atribuyendo. Usted escribía sobre oficinas, taquillas y cuadros medios, sobre trabajo bien hecho y trabajo mal hecho. No escribía sobre suelos ni sobre terremotos, y no podía preverlos. Lo escribió sin sospechar nada.
Aquella oficina levantó en cuatro años cuarenta y tres torres en el litoral. Dieciséis se vinieron abajo el 24 de junio de 2026.
¿Existen los estudios de suelo, los cálculos estructurales y las actas de inspección de esas cuarenta y tres torres? ¿En qué archivo están? ¿Ha revisado usted esos proyectos después del 24 de junio? ¿Qué encontró?
Queda una frase suya sin citar. Es la última del capítulo diecinueve y la firmó usted, sin diablillo:
«Vale decir que quien gobierna, no importa en qué nivel está, es siempre responsable de la actuación de ese canalla tras el escritorio».
¿Sigue usted suscribiendo esa frase?
Señor Sesto, ¿a quién le corresponde responder por esas dieciséis torres?
¿La escribiría hoy igual?
