
Maromeros del siglo XXI
Félix Bigotte, el letrado que, tras criticar a Guzmán Blanco y purgar prisión, engulló las páginas de su propio panfleto en pleno Congreso para reconciliarse con el autócrata. Pino Iturrieta utiliza esta estampa para calibrar la degradación moral de un régimen contemporáneo que se dijo antiimperialista y ahora es devoto de Donald Trump, cuando antes fueron discípulos de La Habana
Es probable que la mayoría de los lectores ignore quien fue Félíx Bigotte, un intelectual de nuestro siglo XIX. Por fortuna, el académico Francisco Javier Pérez le ha hecho una espléndida biografía, El sabio en ruinas (Fundación Bigott, 2007), que reúne testimonios suficientes para el conocimiento de un autor digno de memoria.
Ahora no se quiere regresar a la obra de un erudito casi desconocido, sino usarlo para la crítica de los maduristas de la actualidad convertidos en la negación de lo que fueron, o más bien en su remedo más lamentable. Verán a continuación si se cumple el propósito. Parto del episodio que protagoniza un intelectual cuando se mete en el centro de las borrascas de su tiempo.
En 1877, durante el gobierno de Linares Alcántara, se produce una reacción contra el dominio que Guzmán Blanco todavía mantiene en las esferas políticas. Es entonces cuando Félix Bigotte se aleja de sus trabajos de investigación y creación literaria, para destacar en los movimientos reaccionarios. Obtiene un escaño en el congreso y escribe un folleto titulado Libro de oro del esclarecido ciudadano Ezequiel Zamora asesinado por el General Guzmán Blanco. En cuyas páginas acusa al Ilustre Americano de amasar una fortuna a través del ilícito manejo de un empréstito suscrito con Inglaterra. En adelante todos hablan del Libro de Oro y su autor alcanza celebridad. También lo toca la desgracia, debido a que es hecho prisionero cuando se anuncia el regreso triunfal del atacado.
Bigotte pasa seis meses encarcelado y regresa a su rutina de parlamentario, para sorprender a la sociedad con la escena que protagoniza cuando calienta de nuevo su curul. Muestra entonces un ejemplar del Libro de oro ante los colegas y, como muestra de arrepentimiento por el terrible error que había cometido al redactarlo, se come las páginas del impreso mientras trascurre la sesión de la cámara. Aquello no solo se convierte en la comidilla de la sociedad del momento, sino también en el fardo que acompaña la memoria del arrepentido.
Después del grotesco engullimiento no solo afirma que ha cometido un error escandaloso, sino también que se enorgullece de vivir en el siglo XIX venezolano porque es «el siglo de Guzmán Blanco». Estamos ante palabras suficientes para transportarlo a la posteridad como muestra proverbial de servilismo y oportunismo. En adelante apenas los especialistas se ocupan de sus faenas intelectuales. Que son muy dignas de atención, debido a la lamentable cabriola que protagonizó para arrimarse a la corte del dictador.
Fue algo terrible, escribe el historiador pro guzmancista González Ginán en sus Memorias cuando refiere el episodio. Cierto, hasta en el seno de una sociedad como la de entonces acostumbrada a las genuflexiones. Quizá sea el único caso realmente deplorable o resaltante en el circo de los trapecistas de la política venezolana que se fundó entonces. Aunque también sea apenas una pulsión individual, un testimonio de la condición humana sobre el cual se ceba la posteridad como si sus criaturas fueran impolutas. Y porque hacer leña del árbol caído es una operación accesible. Si, por ejemplo, se compara la conducta del letrado de marras con la de los «revolucionarios» que todavía dirigen los destinos de la sociedad venezolana, estamos ante una fruslería.
Los antiimperialistas convertidos en sirvientes de Donald Trump, los redactores del manual bolivariano del nacionalismo mutados en cagatintas de Marco Rubio. Los instruidos por el castrismo cubano transformados en acólitos diligentes de la CIA, los vigilantes de la riqueza de la tierra felices en el papel de sus subastadores, protagonizan, sin ningún tipo de ocultamiento, lo más parecido a un salto mortal sin red de protección que ha presenciado la historia de Venezuela. Una gambeta propia de circos pueblerinos y baratones.
Un brinco de la mentira a la indignidad, un retozo entre la demagogia y la cabronería desembozada. La más escandalosa exposición de inmoralidad y sinvergüencería que quería destacar desde el principio. Pero, como apenas necesitaba un párrafo para un trabajo tan fácil, para algo que no necesita argumentos porque salta a la vista de la inmensa mayoría de los lectores. Y porque en LaGran Aldea me piden textos de cierta extensión, intenté la resurrección del hoy indefenso Félix Bigotte.
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