En la aldea
18 abril 2024

El Béisbol en Venezuela: Ramón Monzant, un zuliano a la conquista de La Gran Carpa (I Parte)

Nació el 4 de enero de 1933, y no es difícil imaginar al niño creciendo con el modelo de los héroes zulianos del ‘41: José Antonio Casanova, Dalmiro “El Ovejo” Finol, Enrique “Conejo” Fonseca, Luis Romero Petit y Guillermo Vento. Los primeros pasos en la pelota los dio en su ciudad natal Maracaibo, con los equipos aficionados Crosley y Orange Victoria. Luego de jugar en Carora con un equipo clase A, la brisa del diamante llevó la figura de este joven zuliano hasta Don Carlos Lavaud, quien le abrió camino a Ramón Monzant en lo estaba por venir: conquistar La Gran Carpa.

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Mirá, tengo un reclamo que hacerte: ¿Cómo es posible que en el paseo por la historia de la pelota criolla vos hayas pasado por alto al paisano Ramón Monzant?”. Con estas palabras me interpeló hace unas semanas un amigo maracucho. “Por menos de eso te pueden dar una bofetada que deis vueltas en el aire hasta que caigas al piso muerto de hambre”… Los zulianos y sus maneras únicas de insultarte y que te dé risa.

Es cierto. Aun cuando no lo hemos pasado por alto, ¿cómo no dedicarle una entrega completa a uno de los grandes exponentes de la pelota en el país? Desde el día del reclamo esperé hasta este momento para hacerlo, cuando los eventos de 1957 nos traen su nombre de manera sublime. Con la desaparición del Magallanes en 1956 la capital del país pasó a estar representada, al menos de manera formal, por un solo equipo de béisbol profesional: Leones del Caracas. Como hecho curioso, en la ciudad de Nueva York, a 3.431 kilómetros de la Sultana del Ávila, ocurría algo similar.

Al fundarse los Yankees de Nueva York en 1903, la futura ciudad de los rascacielos pasó a contar con tres franquicias adscritas a la Major League Baseball (MLB). Las otras dos organizaciones eran los Gigantes de Nueva York y los Dodgers de Brooklyn (Superbas de Brooklyn para ese momento), que llevaban veinte años (1883) operando en la zona. Estas franquicias convivieron en la capital comercial de los Estados Unidos -Brooklyn fue anexada como un condado de la ciudad de Nueva York en 1898- hasta 1957, cuando los Gigantes y los Dodgers decidieron mudarse al otro extremo del país, California, a las ciudades de San Francisco y Los Ángeles, respectivamente. Así, Nueva York se quedaba solo con los Yankees, situación que duró un lustro hasta el nacimiento de los Mets en 1962.

“Ramón Monzat se convirtió en aquel momento en un extraño caso para la época, al debutar como profesional en el norte antes de haberlo hecho en Venezuela”

Los Dodgers se llevaron en las maletas al lanzador inmortal de Cooperstown Sandy Koufax, mientras que los Gigantes hicieron lo propio con el brazo del pícher venezolano Ramón Monzant, quien tres años antes debutó con el equipo y se convirtió en el quinto criollo y segundo lanzador nacido en estas tierras en arribar a La Gran Carpa.

Monzant nació el 4 de enero de 1933. No es difícil imaginar al niño Ramón creciendo con el modelo de los héroes zulianos del ‘41 muy presentes: José Antonio Casanova, Dalmiro “El Ovejo” Finol, Enrique “Conejo” Fonseca, Luis Romero Petit y Guillermo Vento. Los primeros pasos en la pelota los dio en su ciudad natal Maracaibo, con los equipos aficionados Crosley y Orange Victoria. Luego de jugar en Carora con un equipo clase A, la brisa del diamante llevó la figura de Monzant hasta la mirada del dueño del Magallanes, Don Carlos Lavaud. Ramón había empezado su andar aficionado cubriendo la tercera base, pero cuando Lavaud lo conoció, el marabino ya destacaba como lanzador.

El talento de Monzant debe haber deslumbrado a Don Carlos, que en 1952 se las arregló para montar en un avión al muchacho de 19 años y mandarlo a una escuela de liga independiente, la Liga de Carolina del Oeste, con un contrato clase D con el equipo Shelby Farmers (Carolina del Norte). Es decir, Ramón Monzat se convirtió en aquel momento en un extraño caso para la época, al debutar como profesional en el norte antes de haberlo hecho en Venezuela.

“El talento de Monzant debe haber deslumbrado a Don Carlos, que en 1952 se las arregló para montar en un avión al muchacho de 19 años y mandarlo a una escuela de liga independiente, la Liga de Carolina del Oeste, con un contrato clase D con el equipo Shelby Farmers”

En clase D Monzant abanicó a 164 rivales en 204 entradas, para ganar 16 encuentros y perder siete, y registrar la segunda mejor efectividad de la liga (2.43). La labor del muchacho venezolano fue clave para que los Shelby se coronaran esa temporada. Esto no pasó desapercibido para las organizaciones de Las Mayores, y en especial para los Gigantes de Nueva York, quienes le ofrecieron un contrato al muchacho y lo asignaron a la Liga Carolina para jugar el siguiente año con el Danville Leaf, equipo clase C de la organización.

Por supuesto que cuando el prospecto regresó a Venezuela en invierno, Carlos Lavaud lo tenía firmado para el Magallanes. Monzant debutó de inmediato con los turcos en la campaña 52-53, período en el que participó en 17 juegos, abrió siete y recorrió la distancia completa en tres de ellos.

De regreso a los Estados Unidos en abril de 1953, Monzant demostró una vez más que estaba preparado para retos mayores. En 37 aperturas con Danville, el criollo consiguió 23 victorias de las cuales 22 fueron juegos completos, para un total de 254 entradas, 232 ponches propinados (primero de la Liga) y una efectividad de 2.73. La labor del venezolano guio ese año a Danville hacia la conquista del torneo.

“En clase D Monzant abanicó a 164 rivales en 204 entradas, para ganar 16 encuentros y perder siete, y registrar la segunda mejor efectividad de la liga (2.43). La labor del muchacho venezolano fue clave para que los Shelby se coronaran esa temporada”

Monzant no hablaba inglés y estaba lejos de su familia, en un país con una cultura de rasgos muy distintos a los de su tierra natal. El trato a los jugadores de color le parecía una pesadilla, aunque él no lo sufrió por su piel blanca. Sin embargo, la idea de abandonar todo aquello jamás cruzó la cabeza del marabino, quien aseguró en distintas oportunidades que estaba feliz de estar allá demostrando lo que podía hacer.

En Venezuela, Monzant participó de nuevo con el Magallanes en la temporada 53-54. En esa campaña Ramón vio acción en 34 juegos, abrió 26 y completó 14, para acumular 181 entradas lanzadas en las que abanicó a 132 rivales, cifra tope para él en la Liga Venezolana de Béisbol Profesional (LVBP). Por supuesto, un trabajo intenso nada bueno para un brazo promesa.

En la primavera de 1954 los Gigantes montaron a Monzant en una catapulta y lo enviaron directo al tripe A con los Minneapolis Millers en la American Association, donde también pudo mostrar su calidad. Entonces llegó lo que tanto anhelaba. Ramón exhibía récord de siete victorias y un revés cuando recibió el llamado. Como si se tratase de un sueño, los Gigantes montaron de nuevo al marabino en un avión, pero esta vez el destino era nada más y nada menos que la ciudad de Nueva York. La persona que lo esperaba en el Aeropuerto Internacional de Nueva York (conocido como Aeropuerto Idlewild, actual John F. Kennedy) lo embarcó en un vehículo y en él atravesaron Queens y el East River, hasta llegar al Polo Ground en Manhattan. Ahí el marabino se encontró con su nuevo equipo, que estaba jugando en ese momento, y que exhibía en el jardín central a un joven que parecía hacerse el loco, de nombre Willie Mays.

La mesa estaba servida. El día grande estaba cerca y la adrenalina aumentaba. Pero calma, que aún falta lo mejor. Por ahora hagamos una pausa y volvamos a vernos con Ramón Monzant en la próxima entrega para conocer el resto de la historia.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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