En la aldea
21 mayo 2024

La sociedad culpable o bajo sospecha, de cara a los desafíos de la comprensión (II Parte)

“No caben en un mismo lugar dos proyectos de naturaleza distinta. ¿Puede pensarse desde aquí algún tipo de elección?, ¿en qué condiciones?, ¿se puede pensar la pérdida del poder? Con seriedad asumir que ellos no juegan y que no hay espacios compartidos. Así son las revoluciones de signo totalitarias, avanzan y se detienen para rectificar las formas, no el contenido ni el sentido”.

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Mirla Pérez | 16 febrero 2023

Desde finales del siglo pasado, en Venezuela hemos venido avanzando en la pérdida de la libertad. Signos inequívocos de estar viviendo el fin de la democracia, su crisis, su colapso y la irrupción de un sistema cuyo punto de partida es la anulación de la libertad y la antidemocracia como camino. El líder o, en alemán el Führer, anclado en el debilitamiento de las instituciones y en el vacío de liderazgo, avanzó desde el impulso que niega la humanidad del venezolano, su historia, su cultura, su identidad. Para la irrupción de un proyecto revolucionario había que anclar la acción en la nueva (vieja práctica) del hombre nuevo.

Pasados 24 años de revolución no es nada sorprendente encontrarnos en el punto en el que estamos. El movimiento ha sido parsimonioso y abrumador, claro, dubitativo en la formulación y firme en el propósito. Así son las revoluciones de signo totalitarias, avanzan y se detienen para rectificar las formas, no el contenido ni el sentido.

Iniciando la revolución bolivariana era difícil saber el alcance del control, la dominación, la coacción y la eliminación como líneas de acción a gran escala sobre toda la sociedad. No solo se trata de un poder tiránico en el espacio de la política, en lo público, sino la búsqueda constante de la anulación de la voluntad de la persona y del sujeto social o comunitario. Un sistema que se mete en la vida de cada cual, en su calle, en su familia, en su entorno íntimo. No teníamos la experiencia socio-cultural que nos condujera a poder pensarlo. No lo habíamos vivido.

“Irrumpen en la tradición, la destruyen; nuestra existencia depende de reconocer que ellos se saben solos y en su soledad eliminan”

La sociedad venezolana, la comunidad popular venezolana, no lo había vivido, ni siquiera podía ser pensado. Al final del siglo XX todo parecía un hilo continuo amarrado a la democracia. La propuesta pública de Hugo Chávez hacia el año 1996, después de la insurrección militar (fuera de toda consideración democrática), fue la Agenda Alternativa Bolivariana contraria a la Agenda Venezuela.

Dos agendas, dos países, dos proyectos. La agenda alternativa lo fue transitoriamente, hasta que se convirtió en la propuesta revolucionaria en la que se propuso exterminar el viejo orden, el “orden burgués” que se extendió como mentalidad a toda la sociedad. Según el chavismo, la mentalidad burguesa está tanto en la urbanización como en el barrio, lo popular se convirtió en el rehén de la revolución, se resignificó su sentido, “el poder popular” está del lado de los poderosos. Desde el lenguaje se desidentificó a la comunidad y a la cultura.

Cuando se nos culpó de ser burgueses, se nos culpó de ser contrarevolucionarios, de ser traidores, de ser apátridas, de ser escuálidos, de ser una sociedad que contiene todos los antivalores arriba descritos. Según la revolución, somos culpables no solo como personas sino como sociedad y comunidad. Como tales estamos bajo sospecha.

Somos culpables de ser una cultura matricentrada, de tener la relación y la convivencia como origen y sentido de nuestras prácticas, somos culpables porque somos solidarios, luchamos, somos desobedientes e insubordinados, somos culpables porque la dominación no es nuestro norte, porque antes que imponernos buscamos el acuerdo, la empatía y la entendimiento. Somos culpables porque somos fraternos, porque no creemos en el ‘hombre nuevo’ sino en la afectividad viva, porque la democracia no es solo un sistema político sino un modo de relacionarnos. ¿Cómo podrá eliminar estas prácticas el sistema de dominación que manda en Venezuela?

“Ellos no cohabitan. Tienen que romper la tradición, lo hacen con las élites, pero también con el pueblo”

La revolución y el nuevo proyecto revolucionario, desde el primer momento se instaló en un lenguaje descalificador, des-colocador, des-identificador, para poder producir un sistema de relaciones que lograra imponerse por negación, contradicción, no por convicción. Fuera de toda identidad. Las tiranías tienen como punto de partida la presunción de culpabilidad. Eres culpable como persona y como sociedad por el hecho de ser y vivir distinto, eres culpable cuando te manejas en la democracia o en valores externos al proyecto revolucionario. Al principio el sistema reacciona coartando, selectivamente, la libertad de cada sujeto, crecen los presos políticos, o los presos de conciencia, o los heridos en manifestaciones o los eliminados por el sistema.

El frágil contorno, es ahora fuerte, peligroso, se convierte en ley. Prohibido pensar distinto, prohibido creer en Dios, prohibido no obedecer. Queda prohibida la libre asociación, se aprueba una ley anti-ONG, es ilegal la democracia, el destierro es ahora la radicalización de la migración o el desplazamiento forzoso. Entre tantas culpabilizaciones y condenas, puede llegar a pensarse que la cohabitación es una vía de salvación, sin embargo, la historia, los pueblos y la experiencia dicen otra cosa. Invito a que pensemos en una advertencia clave, entre muchas, que coloca Hannah Arendt en este camino de comprensión del complejo e inusitado sistema totalitario:

“La originalidad del totalitarismo es horrible, no porque una nueva idea ha irrumpido en el mundo, sino porque sus acciones constituyen una ruptura con todas nuestras tradiciones; ha hecho estallar nuestras categorías de pensamiento político y nuestros criterios para los juicios morales”.

Surgió un nuevo sistema, su imposición no lo explican los tiempos precedentes, de una asociación de vecinos es imposible derivar un ‘jefe de calle’ o un ‘consejo comunal’. Vecinos y comuna no son equiparables, no son sinónimos, no responden a los mismos intereses ni prácticas, ni proyectos similares. Son dos mundos externos el uno al otro, no se pueden encontrar, son irreconciliables. La originalidad totalitaria camina en dirección de la eliminación, no es posible cohabitar con su negación. Ellos no cohabitan. Tienen que romper la tradición, lo hacen con las élites, pero también con el pueblo.

La Agenda Alternativa Bolivariana de Chávez, año 1996, se planteó como interlocutora a la Agenda Venezuela y a la democracia. La línea del tiempo que fue marcando la historia de aquella Venezuela fueron la agenda alternativa, la constituyente, el primer plan de la patria, en los que todavía había algunas líneas difusas de conexión con la tradición y la cultura democrática del país. A partir del año 2007, y es importante establecer este hito, se inaugura la revolución socialista con el primer plan socialista que sería el primer plan de la patria, de carácter constitucional que rige la revolución en el sexenio 2007-2013, seguido del lapso 2013-2019 y de 2019-2025.

El primer plan de la patria apenas nombra el Estado comunal, el segundo y el tercero, lo consagran como modelo de poder y aparato político de dominación. Aunque el poder totalitario no reposa en el aparato diseñado para tal fin sino en las redes imperceptibles, en el terror que doblega la voluntad, no podemos perder de vista los instrumentos de coacción, sus instituciones. Tener claro nuestro aquí y ahora es fundamental.

“En este sentido, la actividad de la comprensión es necesaria; si bien por sí misma no puede inspirar la lucha o suministrar objetivos que de otro modo se perdería, solo ella puede dar un sentido y propiciar nuevos recursos al espíritu y al corazón humano, que quizá solo logren desempañar un papel una vez que se gane la batalla” (Arendt).

Es imperativo llegar a fondo en lo que somos, en los riesgos que corremos, en las consecuencias de nombrarnos culpables. Comprender es un compromiso vital. No caben en un mismo lugar dos proyectos de naturaleza distinta. Con seriedad asumir que ellos no juegan y que no hay espacios compartidos. Irrumpen en la tradición, la destruyen; nuestra existencia depende de reconocer que ellos se saben solos y en su soledad eliminan. ¿Puede pensarse desde aquí algún tipo de elección?, ¿en qué condiciones?, ¿se puede pensar la pérdida del poder?

Nos vemos la próxima vez.


*Profesora Titular de la Universidad Central de Venezuela. Investigadora del Centro de Investigaciones Populares.
@mirlamargarita

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